Memoria

Memoria, recuerdo y agradecimiento

En varias ocasiones tuve la suerte de coincidir con Ricoeur, y charlar sobre las cuestiones más diversas. Una vez, en una cena, le pregunté sobre la función de la filosofía en nuestro mundo, y sin escamotear la cuestión se lanzó de lleno a contestarme y lo hizo de una forma brillante y apasionada. Posteriormente encontré estas reflexiones publicadas[1]. Sirva de homenaje, recuerdo y agradecimiento. Para él hay un cuadro que representa perfecta­mente la empresa filosófica y es el cuadro de Rembrandt “Aristóteles con­templando un busto de Homero”. Ricoeur señaló una serie de puntos.

En primer lugar, es un cuadro representativo de la actividad filosófica  porque en esta imagen se muestra que el filósofo no par­te de la nada, siempre hace filosofía desde algo, apoyándo­se en algo, y en concreto, el filósofo comienza a reflexionar a partir de la poesía (algo vivo, originario, radical).

En segundo lugar, la poe­sía parece estática, identifica­da y representada mediante un busto; la poesía se encuentra recogida en una obra. En cam­bio la filosofía está viva, continúa interpretando, “se mueve” alrededor de la poesía.

En tercer lugar, y a pesar del título, Aristóteles no mira el busto de Homero, sino que lo toca. El filósofo está en contacto con la poesía, parte de ella, reflexiona sobre ella, pero no la mira. Aristóteles no dirige su mira­da al busto sino que se pierde más allá de él. Quizás mira “hacia…. la ver­dad”, “hacia…. el ser…”.

En cuarto lugar, Aristóteles viste como un contemporáneo (como el propio Rembrandt), pues la filosofía es, debe ser, siempre actual, siempre contemporánea, debe hablarnos a nosotros aquí y ahora; la poesía no tiene esta pretensión de actualidad, de ahí que Homero se represente como anti­guo griego.

En quinto lugar, y algo que Ricoeur comentaba siempre con mucha gracia, en el cuadro hay tres personajes: Homero, Aristóteles y…..Alejandro Magno. La cabeza de Alejandro aparece en la medalla que Aristóteles lleva suspendida en la banda que le sirve de adorno. Marca la presencia de la po­lítica. El político ha de permitir el intercambio de discursos, que el poeta hable y lo haga también el filósofo, garantiza la continuidad del discurso. Pero la tarea de la política es también responsabilidad del filósofo, de hecho el filósofo “carga” simbólicamente con la medalla.

La filosofía por tanto supone un esfuerzo de reflexión a partir de lo que ella no es, lo poético, la experiencia, la vida; es una tarea de interpretación. Esta tarea no deja de tener una intención ética y política en la medida en que la vida en común exige nuestro cuidado y atención porque la hospitali­dad entre los seres humanos continúa siendo una meta que hemos de con­seguir.

Ricoeur confió hasta el fin de su vida en la eficacia de la palabra, en la palabra como posibilidad de hacer algo en el mundo, de cambiar el mundo. Su esperanza y su confianza alentaban su filosofía. Gratitud y reconocimien­to ha de ser nuestro homenaje, y más que ningún otro, seguir

leyéndolo y aprendiendo. Decía en sus últimas entrevistas que su gran miedo era caer en la tristeza y que quería “seguir vivo hasta la muerte”. Gracias a sus pa­labras, a sus textos, a su saber hacer, podemos decir que lo ha conseguido, incluso, vivo “más allá” de la muerte, y lo mismo que Aristóteles se presentaba con los ropajes de Rembrandt, Ricoeur se nos continuará presentando para invitarnos a seguir haciendo filosofía, y no por lujo, sino por necesidad. Decía Ricoeur:

“Yo creo en la eficacia de la reflexión, porque creo que la grandeza del hombre está en la dialéctica del trabajo y la palabra; el decir y el hacer, el significar y el obrar están demasiado mezclados para que pueda establecerse una oposición profunda y duradera entre “teoría” y “praxis”. La palabra es mi reino y no me ruborizo de ello; mejor dicho, me ruborizo en la medida en que mi palabra participa de la culpa de una sociedad injusta que explota el traba­jo, no ya en la medida en que originalmente tiene un elevado destino. Como universitario, creo en la eficacia de la palabra docente; como profesor de his­toria de la filosofía, creo en la fuerza iluminadora, incluso para una política, de una palabra consagrada a elaborar nuestra memoria filosófica; como miembro del equipo Esprit, creo en la eficacia de la palabra que retoma reflexivamente los temas generadores de una civilización en marcha; como oyente de la pre­dicación cristiana, creo que la palabra es capaz de cambiar el corazón, esto es, el centro manantial de nuestras preferencias y de nuestras actitudes. En cierto sentido, todos estos textos son una glorificación de la palabra que re­flexiona con eficacia y que actúa con reflexión”. (Historia y verdad)

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