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REALIDAD Y FICCIÓN
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ZENENTRAR Y SALIR EN EL AQUÍ Y AHORAMarco Antonio de la Rosa Ruiz Esparza
- En el eterno ahora (“nunc aeternum” ) de la teología cristiana -
La eternidad se actualiza en el ahora y aquí de cada acción. Taisen Deshimaru, Maestro Zen (1)
El ser despierto es el que vive el presente con autenticidad. Buda.
1. Entrar y salir es la esencia del Zen. De hecho esa actitud de entrar y salir, de fijarse en lo que se hace, de vivir el presente, es la esencia misma del Zen.
Es la espiritualidad de “esta” vida” que complementa, ya que no se opone, a la de la “otra” vida que tanto se ha fomentado en Occidente. Hemos insistido tanto en la importancia de la otra vida que nos hemos olvidado un poquito de ésta, y hemos subrayado tanto la eternidad que le hemos ido quitando importancia al tiempo. Las dos cosas nos hacen falta, y no existe la una sin la otra. Nuestra vida en el tiempo es la antesala de nuestra vida en la eternidad, y por eso hay que vivirla en plenitud para practicar aquí abajo lo que esperamos gozar allá arriba. Y la mejor manera de practicar es hacer lo que hacemos día a día y momento a momento de la mejor manera posible, dándole importancia, centrándonos en ello, viviendo el presente. Es la enseñanza fundamental del Budismo, del que deriva el Zen. (2)
La finalidad del Budismo en todas sus fomas es originar un cambio fundamental en el estado de consciencia diario del ser humano. Alan Watts (3)
Cada una de nuestras acciones es válida en sí misma. No estamos “ensayando”, “preparando”, “consiguiendo” nada. Estamos respirando, haciendo, viviendo. Y con eso estamos revalorizando nuestra vida y cada uno de sus momentos en sencillez y entrega a lo que nos viene, a lo que nos llega. Todo rostro es revelación. Esta actitud le devuelve la importancia a cada instante, trae novedad al día, refresca la vida. (4)
a) Entrar y salir.
Entrar y salir. Ahí esta la síntesis, el método, la experiencia de vivir la vida en toda su plenitud y gozar de la existencia en toda su promesa. Ahí está el ritmo del caminar, el palpitar de la búsqueda, la estrategia de la alegría, el secreto del ser. Ahí esta, sobre todo, la manera práctica de llegar a ser todo lo que podemos ser y a transmitir a nuestro paso por el mundo para bien de todos aquellos a cuyo lado caminanos y con quienes compartimos lo que queremos ser mientras aprendemos de ellos lo que su propia marcha nos inspira. Todo está en esas dos palabras: entrar y salir. Entrar y salir. Entrar del todo y salir del todo. La vida se compone de etapas, largas y breves; unas que duran años, y otras que se esfuman en segundos. Pero todas ellas importantes, esenciales, vitales. Tenemos que vivir cada una de ellas en la totalidad de su sentido y la profundidad de su presencia para ir recogiendo la porción de vida que se nos entrega en cada una de ellas y entregar el rompecabezas completo al final de la prueba, con todos sus colores, sus figuras y sus paisajes, que son nuestra biografía completa. Todas esas piezas juntan forman nuestra vida tal como es y tal como la recogeremos en nuestras últimas al “entrar” definitivamente en la morada prometida que nos espera después de “salir” para siempre del único entorno que hasta ahora hemos conocido. Cada entrada y salida de cada evento diario y cotidiano es un ensayo cumulativo y decisivo para el definitivo entrar y salir que marcará nuestra eternidad según haya marcado nuestra vida. El problema es que no respetamos la identidad separada de cada pieza del rompecabezas. Están relacionadas, claro, y gracias a sus bordes y sus dibujos y sus colores encontramos el sitio único de cada una en el lugar que le corresponde. Pero cada pieza es cada pieza, y una vez encaja una, debemos pasar sin interrupción a la siguiente. Y ahí tenemos el peligro de mezclarlas, confundirlas, arrastrarlas, perderlas. Un momento del día que debía haberse vivido con atención exclusiva para su plentitud infividual en el conjunto, queda emborronado por la intrusión de sus momentos vecinos, por la sombra de la memoria del seguir, por la distracción endémica, enfermiza, solapada, impalpable que todos llevamos dentro y que debilita con su temblores y sus fiebres las intensidades vitales de nuestros encuentros, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos. Nuestro paso no es limpio, y nos llevamos los barros de cualquier sendero a los pasillos bien fregados de nuestra mansión. Sufre el calzado y sufren las alfombras. Nuestro problema es que vivimos a medias. No vivimos del todo. Y vivimos nuestra vida a medias porque vivimos cada situación a medias. No entramos del todo en cada situación, y no salimos de todo de ninguna. (En el Zen se dice: estar con todo el cuerpo; estar de principio a fin). Siempre a medias, siempre a medias tintas, cabalgando entre momentos, divididos entre circunstancias. Momentos grandes o pequeños, acontecimientos de importancia o situaciones mínimas, crisis de al vida o rutinas diarias...: todo lo vivimos a medias. Un pie en una orilla y otro en la otra. Desayunamos leyendo el periódico, cenamos viendo la televisión, conducimos mirando el reloj, paseamos hablando por el celular, trabajamos pensando en casa, volvemo a casa pensando en el trabajo, contestamos sin escuchar, hablamos a uno mirando a otro... Simpre divididos, siempre a medias, siempre aquí y allá, siempre sin acabar de entrar del todo y siempre sin acabar de salir del todo. Así pasamos sin acabar de pasar por cada situación, cada vivencia, cada momento del día y de la vida. No es extraño que nos quede el sabor dudoso de hacerlo todo a medias, de no entregarnos del todo a nada, de no vivir en plenitud, porque no vivimos cada situación en su totalidad. + Salir de las cosas. No quedarse atrapado, no atascarse, no demorarse. Avanzar, progresar, crecer. Salir. Pero para salir, entrar; y para salir del todo, entrar del todo. No salimos limpios, porque no entramos limpios. Si sólo estábamos con un pie dentro, tenemos que traer el otro también dentro antes de intentar salir. Si no, se trata sólo de salir con un pie mientras entramos con el otro. Siempre a horcajadas entre dos mundos, siempre flotando incómodos sobre al situación que pasa. Nunca del todo con ambos pies firmes sobre la realidad actual. ¿Dónde estás cuando no estás contigo? Decimos que el alma está dentro del cuerpo. Ojalá fuera así. Es decir, que sí está dentro del cuerpo en realidad: pero en imaginación, en proyección, en fantasía y en recuerdo, nuestro pensamiento, nuestro deseo y nuestra atención están con repetida frecuencia lejos, muy lejos de donde se aloja des-animado nuestro cuerpo. Estamos divididos, y esa división íntima reblandece nuestra existencia. Una aclaración. No hablo aquí de un salir precipitado, incompleto, aturdido, impulsado por la impaciencia, las prisas o la veleidad, sino de todo lo contrario: hablo de salir en plenitud, cuando el fruto ha llegado a su madurez y el encuentro desemboca por sí mismo en despedida, completando siempre los ritmos de la vida. Salir cuando se ha de salir, ni antes ni después; pero entonces salir del todo, con generosidad y con entrega. Caminar con limpieza y claridad. (5)
El Maestro Zen Osho nos dice:
“Recuerda una cosa: No puedes salir de tu esfuerzo si queda incompleto; una vez que lo inicias, has de completarlo. Porque la mente tiene tendencia A completar lo que comenzó. Tu mente tiende a completar; por eso cualquier cosa sin completar te causa tensión.
Si querías reír y no has reído, sentirás tensión. Si querías llorar y no has llorado, sentirás tensión. Por eso has estado tanto tiempo enfermo: Porque todo los has dejado a medias.
Nunca has reído del todo, nunca has llorado del todo; nunca te has enfadado de todo, nunca te has pacificado del todo; nunca has odiado del todo, nunca has amado del todo. -todo lo has hecho a medias, Nada es de una pieza, nada es total.
Por eso se arrastra, y siempre tienes toda una serie de cosas en tu mente.
Por eso te sientes siempre tan incómodo por dentro, por eso nunca estás a gusto”.
(Tomado de “When the Shoe Fits”, pág. 8, traducción del P. Carlos G. Vallés, S.J.).
b) Haz lo que haces.
2. Aquí y ahora. “La eternidad se actualiza en el ahora y aquí de cada acción”. Taisen Deshimaru. (16)
Sé lo que eres. Haz lo que haces. Di lo que dices. Nuestros pensamientos, bien se al estudiar, al conversar o al orar, no siguen con facilidad un curso continuo, sino que se van interrumpiendo a sí mismos con ligereza desoladora. El estudiante se queja de que no puede concentrarse en lo que estudia, y el religioso pide consejo para combatir las distracciones que no le dejan rezar. Incluso en una conversación ordinaria nos perdemos muchas veces lo que el otro ha dicho y tenemos que pedirle muchas veces lo que el otro ha dicho y tenemos que pedirle que nos lo repita, porque estábamos distraídos. La misma palabra “distracción” es angustiosa: dis-tracción quiere decir, literalmente, tirar violentamente en direcciones opuestas, desgarrar, desmembrar. Cuando nos distraemos, nos desgarramos a nosotros mismos, nos hacemos pedazos, dejamos ser de un todo, una unidad; dejamos de ser lo que somos. Distraerse significa poniendo en escena las tramas inconmpletas de ayer. Y proyectando las preocupaciones de mañana en la pantalla de hoy. En cualquier caso, nos dividimos por dentro y nos incapacitamos para vivir la plenitud de la vida en el único momento en que puede vivirse, que el aquí y ahora. Según la terapia de la Gestalt, el hombre se vuelve neurótico cuando pierde el contacto consigo mismo, con los demás y con el hic et nunc, con el aquí y el ahora. (17) Los psicólogos definen al neurótico como “persona que se interrumpe a sí misma”, y me temo que la mayor parte de nosotros nos ganamos el título sin dificultad, si esa es la definición. Una vez que admitimos eso, podemos usar esas mismas interrupciones para conocernos mejor a nosotros mismos. Cada distracción, sea en conversación o en oración, es el hilo suelto que ha quedado colgado de una situación sin acabar que está clamando que la acabemos para permitirnos pasar a disfrutar de la siguiente. Esas barreras que llevamos dentro no nos dejan ser nosotros mismos, no nos dejan entregarnos de veras a lo que hacemos y responder con toda agudeza del entendimiento y el calor de los sentimientos. Se nos escapa el arte tan sencillo de cerrar puertas y dejamos a nuestro paso una estela de puertas abiertas que siguen dando portazos con el viento y distrayéndonos en nuestro andar. Si ha sido una experiencia desagradable, deja tras de sí un rastro de malestar contra uno mismo y contra todos los que han intervenido en ella; y, si ha sido una experiencia agradable, deja el deseo de prolongarla, de repetirla, de recordarla una y otra vez, de manera que ya no nos da placer, porque ha pasado, y no nos deja disfrutar de otros placeres, porque el recuerdo del pasado ensombrece la realidad del presente. Estas barreras reducen nuestra vitalidad y destruyen espontaneidad. (18)
3. El momento presente. Entrar profundamente en contacto es una práctica importante. Entramos en contacto con nuestras manos, con nuestros ojos, con nuestro oídos y también con nuestra atención vigilante. (19) La primera práctica que aprendí –nos dice Thich Nhat Hanh, Maestro Zen vietnamita- cuando era un monje novicio era inspirar y espirar conscientemente, entrar en contacto con cada respiración mediante mi atención vigilante, identificando la inspiración como inspiración y la espiración como espiración. Cuando se lleva a cabo esta práctica la mente y el cuerpo se alinean, los pensamientos errabundos se detienen y se está en lo mejor de uno mismo. La atención vigilante es la sustancia de un buda. Cuando se penetra profundamente en este momento se percibe la naturaleza de la realidad y esta comprensión libera del sufrimiento y la confusión. De alguna manera aparece la paz: el problema es si sabemos o no entrar en contacto con ella. La respiración consciente es la práctica budista más básica para entrar en contacto con la paz. Me gustaría ofrecerles este corto ejercicio:
Inspirando tranquilizo mi cuerpo. Espirando sonrío. Mirando en el momento presente, sé que éste es un instante maravilloso.
“Inspirando tranquilizo mi cuerpo”. Es como beberse un vaso de agua fresca. Se siente cómo la frescura permea el cuerpo. Cuando inspiro y recito esta línea experimento cómo mi respiración tranquiliza mi cuerpo y mi mente. En la meditación budista, el cuerpo y la mente se convierten en uno. “Espirando sonrío”. Una sonrisa puede relajar cientos de músculos en el rostro y convertirnos en dueños de nosotros mismos. Siempre que vemos una imagen de Buda aparece sonriendo. Cuando se sonríe con atención vigilante, se comprende lo maravilloso de una sonrisa. “Morando en el momento presente”. Recitamos esta línea al volver a inspirar y no pensemos en nada más. Sabemos exactamente dónde estamos. Por lo general solemos decir: “Espera a que acabe los estudios y obtenga mi licenciatura en Filosofía y entonces estaré vivo de verdad”. Pero cuando la hemos conseguido, nos decirmos: “Tengo que esperar hasta que tenga un trabajo para poder vivir realmente“. Después del trabajo, necesitamos un coche, y tras el coche, una casa. No somos capaces de vivir el momento presente. Siempre posponemos el estar vivos para el futuro, no sabiendo exactamente cuándo llegará. Es posible que no lleguemos a estar realmente vivos en toda nuestra vida. La técnica, si es que podemos hablar de una técnica, es ser en el momento presente, ser conscientes de lo que somos aquí y ahora, de que el único momento para vivir es el momento presente. Cuando espiramos decimos: “Sé que éste es un instante maravilloso”. Ser verdaderamente aquí y ahora y gozar del momento presente es nuestra tarea más importante. (20)
a) Respira, “aquí y ahora”: entra en el “instante”
“Entrega tu alma a la experiencia del momento”.
Como estamos acostumbrados a un mundo acelerado y agobiante, que solicita continuamente nuestra respuesta, nuestro movimiento, nuestra sintonía, resulta perfectamente “normal” que uno se sienta cansado cuando no se detiene y raro, extraño, desorientado cuando todo se detiene. La mente ofrece mucha resistencia a detenerse. No tiene sosiego, no se aquieta. La respiración, que refleja inevitablemente nuestra manera de ser y de estar, puede ser clave importante para crear sosiego y esa detención, sin trauma, y para facilitar la hondura creciente de nuestra conciencia, frecuentemente agobiada. Siempre que tengas tiempo, aunque sea sólo unos pocos minutos, “lentifica tu respirar”. En cualquier circunstancia en que te encuentres sentado, esperando en una antesala del doctor, en un autobús, en una conferencia aburrida, en la iglesia, lentifica tu respirar. Ordinariamente estamos alterando nuestra respiración, frenándola, inhibiéndola. Es un reflejo de nuestra mente. Se ha llegado a afirmar que:
“La inhibición de la respiración es el mecanismo fundamental de la neurosis”. W. Reich (1897-1957). (21)
Y también: “No existe neurosis sin tensión abdominal crónica”.
Cierra tus ojos y observa tu respiración: observa tu “respirar”; observa tu aliento entrando y saliendo, saliendo y entrando.
b) Encuentra tu hogar en tu respiración
Encuentra tu hogar en la “sensación” de tu respirar. Colócate en una posición en la que puedas sentirte cómodo durante quince minutos. Cierra los ojos. Suavemente centra la atención en tu respiración. No se trata de que pienses en la respiración; trata de experimentar la sensación física del aire que entra y sale de tu cuerpo. No hay nada que hacer, ningún lugar adonde ir. Sencillamente toma conciencia de la sensación de respirar. Siente el recorrido del aire, cómo pasa por tu nariz, por tu garganta, tu pecho y tu abdomen. Experimenta la corriente natural del aire al entrar y salir. Sin tratar de controlar ni cambiar la respiración, déjala ser tal como es, “que la respiración respire”, sin comentarios. Si es lenta, que sea lenta, si es superficial, que sea superficial, si es rápida o profunda, que sea rápida o profunda. Si surgen pensamientos, déjalos marchar amablemente y vuelve a centrar la atención en la respiración. Deja que todos los demás pensamientos pasen, manteniendo suavemente la atención centrada en la respiración, en el suave movimiento de subir y bajar. No te desanimes. Al principio tu pensamiento divagará muchas veces. Cada vez que lo haga sencillamente adviértelo y vuelve a concentrarte en la respiración. Imagínate que creas tu hogar en la respiración. Nota la sensación de hogar en ese lugar del abdomen donde reside el aire inspirado. Siente abierto ese espacio de tu cuerpo y recibe el aliento que lo hace tu hogar. Pasado un rato podrás acompañar en silencio la espiración con la palabra “hogar”. Observa cuando tengas la sensación de hogar, observa cómo se eleva y baja esa sensación de hogar. La función respiratoria, a la vez vegetativa involuntaria y voluntaria, está indisolublemente ligada a la vida mental. Es expresión de la calidad de la mente. Y gracias a que interfiere con la mente, puede convertirse en un magnífico instrumento para la reeducación de la mente. La respiración es una gran oportunidad para tranquilizar la mente; para adentrarnos en nuestro cuerpo, y para crear una elemental conciencia de estar en presentes: “aquí y ahora”. La respiración es un ancla en medio de las mareas de circunstancias y emociones que no cesan de cambiar. En nuestro hogar; ahí es donde vivimos y “somos”. El aire nos hace “ser” –de alguna manera-, existir, sentirnos, vivirnos: ser y estar. En esa observación nada es rechazado; lo aceptas todo: el ruido de la calle, ¡está bien!, lo acepto, no me estorba. Yo sigo observando mi respiración; alguien no para de toser a mi lado, está bien!, lo acepto, no me estorba. Yo sigo observando mi respiración. Recuerda: ¡nada es rechazado! Estás respirando y construyendo, al mismo tiempo tu presencia: Estás en presente, es una de las prácticas más importantes. Es la base de todas las prácticas restantes: fundamentalmente la meditación y, sobre todo, la oración. Es tener la conciencia puesta exactamente donde uno está ahora y en este momento, en lugar de estar pendiente de lo pasado o de lo que se cree que va a ocurrir. Estar presente experimentarse tal cual se es en este momento: “aquí y ahora”. Y experimentarse en algo tan básico como es el hecho de “respirar”. En el presente uno siempre se serena. La serenidad siempre está relacionada con estar “aquí y ahora” sin recuerdos ni proyectos ni proyecciones. Volver al presente, además de volver a la serenidad, es volver a ese ámbito donde todo puede ocurrir. Todo lo que ocurre, ocurre siempre en presente: nunca en pasado ni en futuro. El “aquí y ahora”, la serenidad, nos prepara para que nos ocurra Dios, cuando nuestra fe asuma ese momento de serenidad, de estar en casa, de sentirse integrado y abierto.
“Dios siempre ocurre en presente. Dios está siempre presente. ¡Dios es presencia!”
El hombre, el orante, frecuentemente está ausente. Necesita educarse para sintonizar con esa Presencia, que es Dios. Estando en presente la mente y el cuerpo se relajan; la conciencia se libera; el tiempo parece que se detiene; se obtiene una reanimación y renovación interior saludable, que irá aumentando con el tiempo.
“La persona, aunque sea por unos momentos, se libera de las presiones y de las tensiones de la vida ordinaria”. (22)
c) Dios en el momento de la vida cotidiana
En nuestro camino espiritual intentamos llegar al momento presente y hacernos uno con lo que estamos haciendo en ese preciso instante. Es allí donde Dios nos es más íntimo. La acción más insignificante debería estar acompañada de la mayor atención interior; por ejemplo, cuando subimos las escaleras, abrimos la puerta, nos lavamos las manos o estamos esperando un semáforo. Cuando vamos al trabajo, hacia la estación o de compras, andamos de forma diferente. Ya no estamos con nosotros mismos. Ya no estamos en el momento presente. Ya no estamos en la Vida. La Vida está únicamente en el instante. Hay santísimas ocasiones de ejercitar la vida auténtica, es decir, de estar completamente con nosotros mismos, de estar totalmente en lo que hacemos. Puede que entonces resulte difícil leer y escuchar música al mismo tiempo; no será posible. Debemos aprender de nuevo cómo se come, cómo se limpia la lechuga, cómo se va al trabajo, cómo se pasa el tiempo libre. Muchos que se encaminan al Zen o a la contemplación tienen expectativas erróneas. No se trata de ningún estado separado del mundo sino de la experiencia del mundo en este preciso instante. (23) Zen es espiritualidad cotidiana. (24)
d) Fluyendo en el presente eterno
Sólo de la mente serena surge la plenitud del presente, en el no-yo. Jordi Vilanova (25)
La meditación Zen es un método excelente para fundir el pasado y el futuro en el instante presente. El Zen enseña la práctica y la filosofía del instante presente. Nuestra existencia es ahora. Vivimos ahora y aquí. La vivencia plena del presente nos libera de la carga pesada del pasado permitiéndonos una gran libertad de crear nuestra vida instante tras instante. Al mismo tiempo nos hace ver la futilidad de nuestras proyecciones sobre el futuro. No obstante, la experiencia del aquí y ahora de la que nos hablan los maestros Zen no puede ser concebida totalmente desligada del pasado ni del futuro. Ello sería un acto de irresponsabilidad extrema. Lo que el Zen viene a decirnos es que el momento presente, aunque no sea exactamente el pasado, es la cristalización actual de todos los acontecimientos pasados y, al mismo tiempo, constituye la semilla del futuro. El momento presente del Zen no es una estación intermedia en la línea ferroviaria que viene del pasado y que se dirige hacia el futuro. El momento presente es sencillamente el único que existe, el único que es real. Su realidad incluye, no excluye, todos los instantes pasados y todos los instantes futuros. Lo único que existe, instante tras instante, es el momento presente. Por lo cual, podemos decir que la vida fluye incesantemente de un instante a otro sin abandonar nunca el presente. Al experimentar de esta forma el tiempo evitamos las percepciones extremas del tiempo percibido como un círculo cerrado sobre sí mismo o percibido como una línea continuamente proyectada hacia el futuro. El tiempo fluye y al mismo tiempo es siempre presente. Un presente eterno. Por ello, la mejor manera de experimentar el tiempo es fluyendo en el presente eterno. (26)
O como nos dice la Maestra Zen Aoyama Shundo: “Debes eliminar todos los pensamientos sobre lo que te gustaría hacer y dedicar toda tu energía, aquí y ahora, a la función que se te ha asignado”. (27)
El Maestro Deshimaru nos explica lo que es el Zen en la vida cotidiana: “Concentrarse en lo que se hace aquí y ahora, estar plenamente atento a la acción presente. Ser y estar siempre en lo que se hace, tal es el espíritu del Zen. Debes concentrarte en cada acción cotidiana. Cuando comas no hables, no mires la televisión, no leas el periódico., Sobre todo, evita hacer preguntas. Es lo que hace todo el mundo hoy día. Las personas que hablan comiendo no están concentradas. Por otro lado, las que hablan mucho no son demasiado cuerdas. Cuando camines no hace falta que hagas kin-hin (Zen caminando); camina más rápido pero concentrado, y cuando conduzcas ten cuidado, no hables con los pasajeros, no los preocupes mientras estés al volante. Zen es concentrarse en cada instante de la vida cotidiana. La vida moderna vuelve las cosas muy difíciles; aunque uno se resista a ello, nadie lo negará. Algunos de nuestros contemporáneos se dan cuenta de la situación, pero debido a su dispersión no se molestan en enseñar a los niños a concentrarse, ni tampoco a desarrollar su intuición y sabiduría. Aquí y ahora significa estar enteramente en lo que se hace y no pensar en el pasado o en el futuro, olvidando el instante presente. Si no sois felices aquí y ahora, no lo seréis jamás. Cuando se tiene que pensar se piensa. Se piensa aquí y ahora, se trazan planes aquí y ahora, se recuerda aquí y ahora. La sucesión de aquí y ahora se hace cósmica y se extiende hasta el infinito. (28)
Zazen es tomarse el tiempo de ser. Zazen es ser, aquí y ahora. Zazen es sentarse y sentirse. Sentir lo que somos aquí y ahora. Zazen no significa atrapar algo, ni siquiera la iluminación. No tenemos nada que atrapar puesto que cuando somos, lo somos todo, incluida la iluminación. Zen significa mirarse a sí mismo, conocerse a sí mismo, hacerse íntimo consigo mismo. Zazen significa sentirse a sí mismo. En el Zen no se trata de obtener nada, sea lo que sea. No se trata de correr detrás de algo, ni siquiera la iluminación. No se trata de aprender teorías ni de adoctrinarse en una nueva religión. Zazen significa sentarse y sentirse, nada más y ni nada menos. Al sentarnos en zazen nos tomamos el tiempo de ser lo que somos, aquí y ahora. No nos sentamos para dejar de ser lo que somos y llegar a ser otra cosa. Zazen es un camino en el que no se va a ningún sitio distinto del aquí y ahora. Sentarse en zazen significa abandonar todas las perspectivas, todas las expectativas de nuestra mente egoica. La mente egoica no tiene nada que hacer durante el zazen, nada a lo que aferrarse. Zazen es el abandono de todas las expectativas. No tratamos de llegar a ser santos, ni sabios, ni budas. No huimos de la basura interna. Simplemente nos sentamos y nos sentimos. Es todo. Durante el zazen, por el simple hecho de sentarnos y sentirnos totalmente, sin categorías ni limitaciones, rompemos con la imagen mental, parcial e ilusoria que teníamos hasta entonces de nosotros mismos. Simplemente por el hecho de sentarnos, callarnos y sentirnos. Es muy simple: sentir la respiración, sentir los latidos del corazón, sentir los movimientos de las tripas, del estómago... Esto es muy importante. En la vida diaria estamos tan ocupados en llegar a ser que nunca somos aquí y ahora. Zen no es llegar a ser nada, sea lo que sea, sino ser aquí y ahora. La Vía del Zen es una vía de conocimiento y de sabiduría muy antigua. Ha sido transmitida de generación en generación, de maestro a discípulo. Todos los budas, todos los Maestros Zen han alcanzado este ser, esta plenitud de ser, sentándose, solamente sentándose y sintiéndose. (29) Zen es recuperar naturalmente la pureza de ser, la calidad de ser, que el crío tiene antes de que los adultos los pervirtamos. Zen es volver al niño que somos. Descubrir nuestra vida a cada instante. Ser de nuevo a cada instante. El ser que somos ahora no tiene nada que ver con el ser que fuimos hace una hora. Es otra cosa. (30)
Zazen es ante todo tomar conciencia de nuestra posición de ser humano. Tomar conciencia del espacio, del aquí, y tomar conciencia del momento, del ahora. Tomar conciencia aquí y ahora de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu. Siguiendo el sentido común, podríamos decir que zazen no es una vía espiritual, de desarrollo del espíritu, porque no se apoya tan sólo en el espíritu sino también en el cuerpo, en lo material tanto como en lo espiritual. No busca una iluminación especial, ni un contacto extraterrestre, ni un poder que nos sitúe entre los dioses. Zazen es caminar con el cielo encima de nuestra cabeza y con la tierra debajo de nuestro pies, es encontrar nuestra condición normal como seres humanos. El Zen es estar de pie. El Zen es sentarse. El Zen es caminar. A cada momento nos encontramos en presencia de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu. Los dos juntos son nuestra vida aquí y ahora. Zazen es la posibilidad para el hombre de encontrar su verdadero sitio en el seno del universo, su sitio en el seno de la humanidad, es en ese momento cuando puede aparecer la verdadera vocación espiritual. (31) Lo importante es darse cuenta del valor verdadero del más mínimo fragmento, de la más minúscula de las cosas que vienen a nosotros en nuestra vida diaria. (32) El lugar último de reposo del Zen, la vida del Budismo, es el Zen-en-acción, es no desviarse de la actividad natural de la vida cotidiana ordinaria. (33)
4. Vivir el presente con entrega y desprendimiento.
Vivir el presente no es tarea fácil como parece. Paradójicamente, cuesta una vida entera aprender el valor de un día, y hacen falta muchas horas para lograr concentrarse en un solo instante. Es el difícil arte de estar plenamente donde estoy y plenamente dispuesto, al mismo tiempo, a pasar a la próxima situación en cuanto se presente. Entrega y desprendimiento. Entrada y salida. Las raíces del roble y las alas del águila. Dispuestos a permanecer cuanto haga falta y dispuestos a volar en cuanto la vida se mueva y la creación siga su curso. Tan fácil de decir. Y tan difícil de poner en práctica. Quien lo haya intentado sabe lo que digo. Vivir el presente. Liberarse de miedos y condicionamientos para llegar a ser uno mismo día a día, en creación renovada. No hay atajos para las cosas que de verdad valen en la vida. No hay fórmulas mágicas, no hay remedios infalibles, no hay revelaciones instantáneas. Angosto es el camino y estrecha es la puerta. Si hubiera atajos, la meta no merecería la pena. El camino es largo y la noche oscura. El paso dudoso, las caídas frecuentes, el terco desánimo, la esperanza súbita, el destello deslumbrador, la celebración anticipada, la nueva subida, el esfuerzo repetido, la confianza íntima, la alegría, el miedo, la larga paciencia en prueba de fe... ¿Quién puede describir el camino de la mayor aventura del hombre sobre la tierra, la determinación de ser él mismo, de encontrar su rostro, desafiar su destino, encontrar su alma con la determinación intrépida que lo llena de valor hasta la muerte, y de fe más allá de la muerte, hasta la otra vertiente de la eternidad, en la presencia misma del Padre que lo creó a su imagen y semejanza y que es el único que puede darle la gracia de llegar a descubrir su divina identidad en el espejo de la fe? Nada hay que pueda reemplazar a la entrega personal a la fe y a la verdad en la presencia de ángeles que contemplan y rezan. ¿No se colocó al hombre justo por debajo de los ángeles, tocando el borde de sus alas? Un par de anécdotas para aliviar la tensión del fervor apasionado en la búsqueda vital de la última identidad. Después de muchos años de humilde aprendizaje espiritual en disciplina y obediencia, el impaciente y frustrado discípulo le preguntó al maestro: “Hace años sin cuento que os he servido con toda fidelidad en busca de la sabiduría y la salvación; he hecho todo lo que me habéis dicho y he aprendido todo lo que me habéis enseñado; y, sin embargo, no he adelantado nada y no me habéis descubierto el secreto de la iluminación. ¿A qué esperáis?” El maestro respondió: “Estaba esperando a que me hicieras esa pregunta”. Y las cosas siguieron exactamente como hasta entonces. Un impaciente buscador del espíritu no pudo ya contenerse, consiguió la dirección de un afamado maestro, se presentó en su casa y pidió, sin más ceremonias, que le enseñara el camino de la iluminación del alma. Ésta es la respuesta que obtuvo: “He de decirte tres cosas. Primera: Estás en este momento tan excitado que no serías capaz de entender nada que yo te explicara ahora. Segunda: Me estás pisando el dedo gordo del pie. Tercera: Te has equivocado de dirección; el maestro a quien buscas vive en la casa de al lado”. El método inglés para obtener un céspeda perfecto: preparar el terreno. Arrancar todas las raíces dañinas. Echar las semillas. Esparcir abono. Regar regularmente durante seiscientos años. Este último método es el que más se acerca a la verdadera actitud para que florezcan los campos del alma. Espera. Siembra la semilla y descansa. Relájate. Observa. Ten todo presente en la mente. Estate siempre alerta, siempre despierto. No pierdas contacto. No abandones la escena. Visita el césped todos los días. Fíate de la naturaleza. Invita a la lluvia. Deja que el sol juegue con la hierba. La manera de vivir el presente, de ser uno mismo, de econtrar la realidad, de vivir la vida, de abrirse a la gracia, de preparar los caminos del Señor, es estar siempre atentos, lámpara en mano, pies en el suelo, la mirada sobre el horizonte y el corazón en las nubes. La virgen prudente. El siervo fiel. El amigo ferviente. Observar mis propios pensamientos, descubrir las raíces de mis condicionamientos, el nacimiento de mis prejuicios, la formación de mis miedos. Observar, descubrir, levantar. Sacar a la luz todo lo que sucede en la oscuridad que hay dentro de mí. Hacer salir a la superficie consciente todo lo que ocurre en oculto subconciente. Basta con saber, descubrir, sacar a luz. Nada de propósitos, reformas o violencias morales. La naturaleza es sabia y la gracia se nos concede con que nos abramos en la sencillez de saber dónde estamos y qué es lo que necesitamos. Por eso, vigila y observa. Día a día. Hora a hora. Toda la vida. El guardián bíblico que espía el primer rayo del sol naciente y deja que su luz le llene el alma con gratitud cósmica. Quien aprende a observarse a sí mismo se encuentra a sí mismo. La mayores aventuras del hombre sobre la tierra han sido descubrimientos. Un contintente, una cumbre, un elemento químico, una estrella... El gran descubrimiento que nos aguarda a cada uno de nosotros, atrevido en su audacia y consolador en el premio, es el descubrimiento de nosotros mismos. Conocerme a mí mismo. Ser yo mismo. ¿Cuándo llegará el hombre, el gran descubridor, a descubrirse a sí mismo? (34)
a) El desprendimiento interior.
Los apegos a las cosas y a las personas son los que nos precipitan al “entrar” y nos dificultan el “salir”. Lo dice la palabra: estar pegado. No nos movemos con facilidad. Perdemos el flujo de la vida, el impulso del movimiento, la suavidad del deslizarse por la existencia. La expectativa del evento feliz difumina todo lo que precede con el enfoque cambiado de lo que va a venir, y enturbia también todo lo que sigue con la mirada atrás que entorpece el camino adelante. Por eso el desprendimiento interior es la gran virtud de la vida que realza cada situación al no subordinarla a las demás. Es paradoja real y evidente que el distanciamiento racional de un evento nos ayuda a disfrutarlo más, así como a los que lo precedieron y lo seguirán. El entusiasta loco de un equipo de futbol apenas ve el partido en que su equipo se juega el título, preocupado como está sólo por los goles y el resultado, que o bien lo llevará al éxtasis si triunfa el equipo, o bien lo dejará por los suelos si pierde; mientras que el aficionado razonable que entiende de futbol y sabe lo que es un buen partido y está también a favor de un equipo, pero sin enloquecerse por la victoria, lo pasará mucho mejor con cada jugada durante todo el partido, y sabrá seguir luego con cada jugada durante todo el partido, y sabrá seguir luego con la vida ordinaria que le sigue, sin traumas por un lado ni celebraciones desorbitadas por el otro. El equilibrio en las emociones ayuda a sentirlas mejor y a hacer que nos ayuden, en vez de estorbarnos. El desprendimiento bien entendido –que no es ni pasividad ni indiferencia ni cinismo- es gran ayuda de vida en el entrar y salir que constituye nuestro paso por el mundo. La manera práctica de ir limpiando los canales de nuestra existencia para que no se nos peguen sus adherencias y no se entorpezca nuestro fluir, es estudiar y dominar los apegos que nos atan a personas y objetos a nuestro paso por la vida. No es que no haya que amar, gozar, entregarse a lo que se hace y disfrutar de lo que se puede. Al contrario, el vivificar el presente nos realza su gozo. Pero hay que hacerlo sin compulsión, sin ansiedad, sin agresividad. El ser posesivo destruye a la larga la posesión. Todas las religiones han enseñado el valor del desprendimiento, y todas las psicologías el valor de la ecuanimidad. El aferrarnos a las cosas o a las personas debilita nuestra relación con ellas. El miedo a perder algo en el futuro estropea el gozo de poseerlo en el presente. Hay que saber entregarse a lo que hacemos, precisamente para que no nos quede el resquemor de no haberlo hecho cuando estábamos en ello. Entrega con desprendimiento y desprendimiento con entrega: he ahí la paradoja eficiente de las cosas bien hechas. Ni el equilibrio entre el apego y la indiferencia es delicado. Ni un extremo ni otro. Ni podemos vivir sin nada y sin nadie, ni podemos pensar que no podemos vivir sin algo o sin alguien. La docrina es clara, y sus aplicaciones difíciles. Por eso en el Oriente se cuentan cuentos para animar el esfuerzo sin imponer sus condiciones. Su tradición está llena de historias de desprendimiento como base de todo avance en el reino de la espiritualidad. Hay que estar siempre alerta y siempre relajados. Hay que saber entregarse al presente con toda el alma, y despedirse también con toda el alma. Despedir la noche con paz para poder recibir la mañana con alegría. La despedida limpia prepara la bienvenida abierta, y esa actitud continuada revaloriza cada acción en la vida. (35)
b) Vivir en contacto. Estar donde estoy.
“Lo importante no es hacer, moverse mucho, sino saber estar en su sitio, vivir respondiendo.” Ana Ma. Schlüter Rodés, Kiun an. Maestra Zen. (36)
Veíamos arriba “no perder contacto”, ahora veremos “vivir en contacto”. Estar donde estoy. Hacer lo que hago. Ver lo que veo. Día tras día y hora tras hora. Ésa es la asignatura de la vida. No se trata de acontecimientos grandes o pequeños. Todo vale. Lo importante es dar valor a cada uno con la presencia atenta en el momento dado. No hacen falta acciones heroicas, sino vivencia constante. Si hay mayor mérito, está en valorar las acciones ordinarias y los momentos triviales. Si estamos plenamente presentes en ellos, lo estaremos con más facilidad en los de trascendencia. (37) ¿Dónde estás ahora? ¿No es ésta tu casa? No en el sentido, noble pero superficial, del amigo que ofrece su casa al huésped con el gesto elegante que dice: “Ésta es tu casa”, sino en el sentido mucho más profundo y trascendental de que mi casa es donde estoy, que yo vivo de lleno donde me encuentro en cualquier momento, que hago contacto con mi entorno, que no soy extranjero ni huésped en ninguna parte, pues el mundo es mi hogar, el momento presente es mi existencia, y las circunstancias de la vida son la piel de mi alma. ¿Hasta cuándo voy a estar viviendo en un sitio y añorando otro? ¿Hasta cuándo voy a estar pendiente del calendario marcando como un año escolar los días que faltan para acabar el curso y volver a casa? ¿Hasta cuándo voy a medir distancias, soñar lejanías, acariciar sueños? ¿Hasta cuándo voy a estar en el colegio deseando ir a casa, y en casa deseando ir al colegio? ¿Hasta cuándo voy a forzar reformas, imponer ideales, retorcer la vida? Estoy donde estoy. Vivo donde vivo. Ésta es mi casa. Éste es mi hogar. Que los planes de hazañas futuras no me roben nunca la realidad del contacto presente. Que los muros de la casa en que nací no me impidan ver la anchura de los horizontes que se me abren a cada momento en mi camino pro la vida. ¿Cuándo podrá ir a casa? Vamos traduciendo: ¿Cuándo alcanzaré la liberación? ¿Cuándo aprenderé a meditar? ¿Cuándo dominaré mi genio? ¿Cuándo disfrutaré con mi trabajo? ¿Cuándo llegaré a entender el sentido de la vida? ¿Cuándo averiguaré quién soy? Preguntas todas que tienen su respuesta precisamente en dejar de ser preguntas. La búsqueda acaba, no cuando se encuentra la respuesta a la pregunta, sino cuando la pregunta desaparece por sí misma. Ya he llegado, ya medito, ya soy este que está aquí en este momento, ya siento que el hoy es al eternidad. Si no me encuentro en casa en donde estoy, no me encontraré en casa en ninguna parte; y si siempre estoy anhelando llegar a algún sitio, no descansaré nunca. Mi casa está aquí. Me encuentro a gusto en cualquier instante. Mi dirección postal es el trozo de terreno que ocupan mis pies. Mi número de teléfono es el que cantan los pájaros al vuelo en mi camino. Llamadme, y ellos sabrán dónde encotrarme. Soy amigo de todos los caminos del mundo. (38)
c) Estar pero sin dejar huella.
Estar del todo en la tierra, en lo que a la vida práctica concierne, pero estar al mismo tiempo desprendido, desatado, despegado. No dejar huella del paso por la tierra, ni recuerdos, ni ataduras. Nada que pueda anclar el pasado o condicionar el futuro. Pasaje libre, como el viento por las copas de los árboles en las horas tempranas de un día de primavera. Llegar a todas partes y no atascarse en ninguna, ir y venir, entrar con suavidad y despedirse con alegría. No cargar a la mente con equipaje de recuerdos, apegos, resentimientos o lamentos, sino tenerla siempre limpia y libre para moverse con facilidad por las rutas de la vida. La alegría de la mente viajera. No es fácil salir de cada situación en la vida sin quedar marcado por ella, sin que algo de ella se nos pegue y nos estorbe en nuestras etapas futuras. No atravesamos con claridad desprendida los encuentros, sucesos, pruebas o placeres de esta complicada vida, y siempre se nos queda pegado algún resto que empaña la limpieza de nuestro ser. Todo suceso deja rastro en nosotros, y las capas del pasado pronto ocultan la nitidez del presente. Si consiguiésemos aprender a pasar sin contaminarnos por cada ocasión de la vida, andaríamos con mucha más gracia y alegría por sus caminos. ¿Cómo, pues, salir limpios de cada incidente? La respuesta es sencilla, casi tautológica, y nos introduce en un círculo vicioso. Por eso la respuesta no es respuesta, y así como ha de ser, ya que no hay soluciones finales ni recetas mágicas para los problemas de la mente. Es tan sólo una manera de ir diciendo lo mismo una y otra vez con ligeras variaciones, con la esperanza de que eso vaya creando una nueva atmósfera a nuestro alrededor y, al respirar aires nuevos, la mente despierte algún día también con renovada vitalidad. Ésta es, pues, la respuesta que no es respuesta, la respuesta que es sólo eco de la pregunta, explicación provisional de la queja permanente: ¿Por qué no llegamos a salir del todo de los sucesos de nuestra vida? No llegamos a salir del todo, porque tampoco llegamos a entrar del todo. Eventos grandes y pequeños, asuntos diarios o aventuras importantes, todo lo hacemos a medias, sin entregarnos del todo al principio y, por consiguiente, sin poder salir del todo al final. No hay contacto completo al comenzar, y por eso tampoco lo hay al acabar. Entramos a medias y salimos a medias. Y ya, para completar el evidente círculo vicioso, ¿por qué no entramos del todo en cada suceso? Porque no hemos salido del todo del anterior. Sólo queda ya por elegir en qué punto queremos romper el círculo. No me entrego del todo a la vida en sus múltiples manifestaciones de cada día, porque empiezo por no poseerme del todo a mí mismo. Si no soy del todo dueño de mí mismo, ¿cómo voy a comprometerme del todo con cualquier cosa? No me conozco a mí mismo, no me fío de mí mismo, no me domino a mí mismo. Tengo miedo al sufrimiento y tengo miedo al placer, pues aún no he aprendido a disfrutar de las cosas con buena conciencia. No estoy satisfecho conmigo mismo, me encuentro impaciente, ansioso, nervioso. ¿Cómo puedo meterme en nada con toda el alma cuando tengo el alma dividida, cada parte por su lado? Y en medio de todo eso descubro en mí mismo una tendencia que desbarata todos mis intentos de recobrar la totalidad en mi ser y hacerla funcionar. Esa tendencia es pura pereza, una cierta tacañería mental, una resistencia interior a entregarme de lleno al trabajo, aun sabiendo que iba a ser para bien mío. Llevo dentro un avaro escondido que no me deja e | |