Benito
Pérez Galdós
Creo que fue Wieland quien
dijo que los pensamientos de los hombres valen
más que sus acciones, y las buenas novelas más que
el género humano. Podrá esto no ser verdad; pero
es hermoso y consolador. Ciertamente, parece que nos
ennoblecemos trasladándonos de este mundo al otro,
de la realidad en que somos tan malos a la ficción
en que valemos más que aquí, y véase por qué, cuando
un cristiano el hábito de pasar fácilmente a mejor
vida, inventando personas y tejiendo sucesos a
imagen de los de por acá, le cuesta no poco trabajo
volver a este mundo. También digo que si grata es la
tarea de fabricar género humano recreándonos en ver
cuánto superan las ideales figurillas, por toscas
que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado
bullen, el regocijo es más intenso cuando visitamos
los talleres ajenos, pues el andar siempre en los
propios trae un desasosiego que amengua los placeres
de lo que llamaremos creación, por no tener mejor
nombre que darle.
Esto que digo de visitar
talleres ajenos no significa precisamente una labor
crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas
en vez de amarlas; es recrearse en las obras ajenas
sabiendo cómo se hacen o cómo se intenta su
ejecución; es buscar y sorprender las dificultades
vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con
poderoso esfuerzo; es buscar y satisfacer uno de los
pocos placeres que hay en la vida, la admiración, a
más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión
u oficio, pues el admirar entendiendo que es la
respiración del arte, y el que no admira corre el
peligro de morir de asfixia.
El estado presente de
nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo, con
desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión,
nos impone la crítica afirmativa, consistente en
hablar de lo creemos bueno, guardándonos el juicio
desfavorable de los errores, desaciertos y
tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa
en todos los órdenes, que por ella quizás hemos
llegado a la insana costumbre de creernos un pueblo
de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta
crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos
casos negación de las cualidades de nuestros
contemporáneos, nos han traído a un estado de
temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar
un paso, por miedo de caerse. Pensamos demasiado en
nuestra debilidad y acabamos por padecerla; creemos
que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y
que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y
pensarlo nos vemos agobiados de crueles
sufrimientos. Para convencernos de que son
ilusorios, no sería malo suspender la crítica
negativa, dedicándonos todos, aunque ello parezca
extraño, a infundir ánimos al enfermo, diciéndole:
«Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia
proviene del sedentarismo. Levántate -VII- y
anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la engaña,
sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea
errónea de que para nada sirves ya, y de que vives
muriendo». Convendría, pues, que los censores
disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando
que alzasen la voz los que repartan el oxígeno, la
alegría, la admiración, los que alientan todo
esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea
feliz, todo acierto artístico, o de cualquier orden
que sea.
………………………..
Para corroborar lo dicho,
ningún ejemplo mejor que La Regenta, muestra
feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la
calidad y ser de su origen, empresa para Clarín
muy fácil y que hubo de realizar sin sentirlo,
-XII- dejándose llevar de los impulsos
primordiales de su grande ingenio. Influido
intensamente por la irresistible fuerza de opinión
literaria en favor de la sinceridad narrativa y
descriptiva, admitió estas ideas con entusiasmo y
las expuso disueltas en la inagotable vena de su
graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo La
Regenta, lo que no excluye de ella la seriedad,
en el fondo y en la forma, ni la descripción
acertada de los más graves estados del alma humana.
Y al propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las
bromas y las veras, fundidas juntas en el crisol de
una lengua que no tiene semejante en la expresión
equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la
verdad siempre; pero en el arte seduce y enamora más
cuando entre sus distintas vestiduras poéticas
escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es
sin duda la que mejor cortan españolas tijeras, la
que tiene por riquísima tela nuestra lengua
incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa
de los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima
cantidad de sal que Clarín ha derramado en
las páginas de La Regenta da fe la tenacidad
con que a ellas se agarran los lectores, sin
cansancio en el largo camino desde el primero al
último capítulo. De mí sé decir que pocas obras he
leído en que el interés profundo, la verdad de los
caracteres y la viveza del lenguaje me hayan hecho
olvidar tanto como en esta las dimensiones,
terminando la lectura con el desconsuelo de no tener
por delante otra derivación de los mismos sucesos y
nueva salida o reencarnación de los propios
personajes.
Desarróllase la acción de
La Regenta en la ciudad que bien podríamos
llamar patria de su autor, aunque no nació en ella,
pues en Vetusta tiene Clarín sus
raíces atávicas y en Vetusta moran todos sus
afectos, así -XIII- los que están sepultados
como los que risueños y alegres viven, brindando
esperanzas; en Vetusta ha transcurrido la
mayor parte de su existencia; allí se inició su
vocación literaria; en aquella soledad melancólica y
apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas
literarias y filosóficas: allí estuvieron sus
maestros, allí están sus discípulos. Más que ciudad,
es para él Vetusta una casa con calles, y el
vecindario de la capital asturiana una grande y
pintoresca familia de clases diferentes, de varios
tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien el
pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista
encarcelado durante los años en que las impresiones
son más vivas, ni un sedentario la estancia en que
ha encerrado su persona y sus ideas en los años
maduros. Calles y personas, rincones de la Catedral
y del Casino, ambiente de pasiones o chismes,
figures graves o ridículas pasan de la realidad a
las manos del arte, y con exactitud pasmosa se
reproducen en la mente del lector, que acaba por
creerse vetustense, y ve proyectada su sombra sobre
las piedras musgosas, entre las sombras de los
transeúntes que andan por la Encimada, o al
pie de la gallardísima torre de la Iglesia Mayor.
Comienza Clarín su
obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de
verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de
vida de casino provinciano que más adelante se
encuentra. Olor eclesiástico de viejos recintos
sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas,
visos negros de sotanas raídas o elegantes, que de
todo hay allí, llenan estas admirables páginas, en
las cuales el narrador hace gala de una observación
profunda y de los atrevimientos más felices. En
medio del grupo presenta Clarín la figura
culminante de su obra: el Magistral -XIV- don
Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan
humana por el lado de sus méritos físicos, como por
el de sus flaquezas morales, que no son flojas,
bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera
proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a
quien por mal nombre llaman Glocester, el
Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado D.
Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador
ardiente y asceta. Pronto vemos aparecer la donosa
figura de D. Saturnino Bermúdez, al modo de
transición zoológica (con perdón) entre el reino
clerical y el laico, ser híbrido, cuya levita parece
sotana, y cuya timidez embarazosa parece inocencia:
tras él vienen las mundanas, descollando entre ellas
la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz
de la beatería bullanguera, que acude a las iglesias
con chillonas elegancias, descotada hasta en sus
devociones, perturbadora del personal religioso. La
vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un
campo muy restringido, permite que estas diablesas
entretengan su liviandad y desplieguen sus dotes de
seducción en el terreno eclesiástico, toleradas por
el clero, que a toda costa quiere atraer gente,
venga de donde viniere, y congregarla y nutrir bien
los batallones, aunque sea forzoso admitir en ellos
para hacer bulto lo peor de cada casa.
………………………………………………
De D. Álvaro, fácil es
pasar a la gran figura del Magistral -XVII- D.
Fermín de Pas, de una complexión estética
formidable, pues en ella se sintetizan el poder
fisiológico de un temperamento nacido para las
pasiones y la dura armazón del celibato, que entre
planchas de acero comprime cuerpo y alma. D. Fermín
es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que
atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en
reservas mundanas y en transacciones con la realidad
física y social. Si no fuera un abuso el descubrir y
revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que
Fermín de Pas es más que un clérigo, es el estado
eclesiástico con sus grandezas y sus
desfallecimientos, el oro de la espiritualidad
inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de
nuestro origen. Todas las divinidades formadas de
tejas abajo acaban siempre por rendirse a la ley de
la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la
humildad de aspiraciones, el arte de poner límites
discretos al camino de la imposible perfección,
contentándonos con ser hombres en el menor grado
posible de maldad, y dando por cerrado para siempre
el ciclo de los santos. En medio de sus errores,
Fermín de Pas despierta simpatía, como todo atleta a
quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas
un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre.
Hermosa es la pintura que Alas nos presenta de la
juventud de su personaje, la tremenda lucha del
coloso por la posición social, elegida erradamente
en el terreno levítico, y con él hace gallarda
pareja la vigorosa figura de su madre, modelada en
arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos.
Las páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a
su cría por el camino de la posición con un cariño
tan rudo como intenso y una voluntad feroz, son de
las más bellas de la obra.
………………………………………………
No referiré el asunto de
la obra capital de Leopoldo Alas: el lector verá
cómo se desarrolla el proceso psicológico -XVI-
y por qué caminos corre a su desenlace el problema
de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que
discernir si debe perderse por lo clerical o por lo
laico. El modo y estilo de esta perdición
constituyen la obra, de un sutil parentesco
simbólico con la historia de nuestra raza. Verá
también el lector que Clarín, obligado en el
asunto a escoger entre dos males, se decide por el
mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal
eclesiástico, pues tratándose de dar la presa a uno
de los dos diablos que se la disputan, natural es
que sea postergado el que se vistió de sotana para
sus audaces tentaciones, ultrajando con su
vestimenta el sacro dogma y la dignidad sacerdotal.
Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al
interés de los lectores, sólo mencionaré los
caracteres, que son el principal mérito de la obra,
y lo que le da condición de duradera. La de Ozores
nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía,
acabado tipo de la corrupción que llamamos de buen
tono, aristócrata de raza, que sabe serlo en la
capital de una región histórica, como lo sería en
Madrid o en cualquier metrópoli europea; hombre que
posee el arte de hacer amable su conducta viciosa y
aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza
de observación ha fundido Alas en este personaje las
dos naturalezas: el cotorrón guapo de buena ropa y
el jefe provinciano de uno de estos partidos
circunstanciales que representan la vida presente,
el poder fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas!
Ambas naturalezas se compenetran, formando la
aleación más eficaz y práctica para grandes masas de
distinguidos, que aparentan energía social y
sólo son materia inerte que no sirve para
nada.
…………………………………………………………
Pero no entraré en el
estudio integral del carácter literario de Clarín,
como creador de obras tan bellas en distintos
órdenes del arte y como infatigable luchador en el
terreno crítico. Su obra es grande y rica, y el que
esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara
síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera.
Otros lo harán con el método y serenidad
convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al
ilustre hijo de Asturias la consagración solemne,
oficial en cierto modo, de su extraordinario
ingenio, consagración que cuanto más tardía será más
justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está -XIX-
la literatura oficial en apremiante deuda con
Leopoldo Alas. Esperando la reparación, toda España
y las regiones de América que son nuestras por la
lengua y la literatura, le tienen por personalidad
de inmenso relieve y valía en el grupo final del
siglo que se fue y de este que ahora empezamos,
grupo de hombres de estudio, de hombres de paciencia
y de hombres de inspiración, por el cual tiende
nuestra raza a sacudir su pesimismo, diciendo: «No
son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril
como afirman los de fuera y más aún los de dentro de
casa. Quizás no demos todo el fruto conveniente;
pero flores ya hay; y viéndolas y admirándolas,
aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,
obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el
árbol».
B. Pérez Galdós
Madrid, enero de 1901.
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