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REALIDAD
Y FICCIÓN
LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN
2º Bach Web de la profesora Mercedes Laguna |
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Página 178
— ¿Qué es esto? —preguntó. —Aquí le llaman un rezo —dijo el secretario; y explicó que era una costumbre que se tenía de ir a las casas donde había muerto alguno a rezar el rosario.
—Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo idea su tamaño —dijo Andrés. —Pues subiremos aquí, a este cerrillo —indicó el secretario. —Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer una visita —dijo el médico.
Se despidieron de él, y el secretario y Andrés comenzaron a subir un cerro rojo, que tenía en la cumbre una torre antigua, medio derruida.
Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada por lomas grises, tostada por el sol; en el fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus paredes blancas, sus tejados de color ceniza y su torre dorada en medio. Ni un boscaje, ni un árbol, sólo viñedos y viñedos se divisaban en toda la extensión abarcada por la vista; únicamente dentro de las tapias de algunos corrales una higuera extendía sus anchas y oscuras hojas.
Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía no tener realidad; se hubiera creído que un soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer como nube de polvo sobre la tierra enardecida y seca.
En el aire había un olor empireumático76, dulce, agradable. —Están quemando orujo en alguna alquitara —dijo el secretario.
Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por la noche. Había refrescado; aquella impresión de irrealidad del pueblo se acentuaba. A un lado y a otro de las calles, languidecían las cansadas lámparas de luz eléctrica.
Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dormía en el silencio; en los balcones centrales encima del portón, pintado de azul, brillaban los geranios; las rejas, con sus cruces, daban una impresión de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento; por encima de alguna tapia, brillante de blancura como un témpano de nieve, caía una guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, grande, desierto, silencioso, bañado por la suave claridad de la luna parecía un inmenso sepulcro. (pp. 190-191)
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