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Literario

 

 

                             

Esas historias…

Eva Martínez Arredondo

 

En alguna ocasión; seguro, os habrá tocado escuchar esas entrañables batallitas de guerra que cuentan nuestros abuelos. Así como también les habréis oído decir lo duro que era trabajar en el campo o la poca libertad que tenían en sus tiempos…

Cualquier momento es bueno para que nos cuenten unas de estas historias: el día de Navidad, en tu cumpleaños o simplemente en una calurosa tarde de verano.

Ya sé que, a veces, estas historias nos pueden parecer aburridas, pues pensamos:

“eran otros tiempos…” Quizás si nos detuviéramos a escuchar, de verdad, nos daríamos cuenta de que detrás de esas humildes palabras se esconden increíbles valores. 

 

Era 28 de Agosto, el sol se reflejaba en los cansados rostros de los trabajadores del campo y un árido viento mecía el polvo de la tierra seca.

Estaba yo sentada en la puerta, triste, muy triste, sin a penas saber por qué. Mi abuelita, Esmeralda; salió con su cogido en el pelo y su sonrisa en aquel rostro que irradiaba dulzura, para ver qué me pasaba:

- Mi niña, ¿qué te pasa? ¿Es que acaso el sol se ha llevado la alegría de mi casa?

- ¡Abuela déjame!

- ¡Vaya! Parece que sí. Además a cambio me ha dejado una niña enfadada y de cara fea.        ¡Con lo guapa que es mi niña!

- ¡Ya está bien abuela!, (dije con la cara enrojecida por el sol y por la rabia que sentía). Además, no me llames niña, porque ya no lo soy.

- ¡Ah! Es eso…ya eres una mujercita tienes problemas de amores, ¿eh? Aunque para mí siempre serás mi niña.

- ¿Cómo lo has sabido? ¿Es que te ha dicho algo el duendecillo?, (el duendecillo es mi hermano que, a pesar de lo mucho que le quiero…a veces es muy bocazas).

- No hace falta que nadie me diga nada. Tu cara de ensueño, tus ojos brillantes y tu voz que lanza las palabras arraigadas a suspiros me lo dicen todo.

- De todos modos, tú no me puedes comprender.

- Oye mi niña, ¿a caso crees que yo siempre fui la ancianita que hoy soy? Yo también tuve 17 años, y sé cómo se viven los amores a esa edad. Todo es más intenso, más puro y sincero…se goza de un amor dulce así como ingenuo.

- ¿Cómo lo vas a saber? Si con mi edad tú solo ayudabas en casa y a penas salías a la calle. Es más, tú no conociste al abuelo hasta después de la guerra, que para entonces tú ya tenías más de 20 años, ¿verdad?

- Pues si, 21 años recién cumplidos tenía yo cuando conocí al abuelo…

 

Mi abuelita se quedó muy pensativa, con la mirada perdida y su cara notablemente cambiada. Pasó de su habitual dulzura a una amarga y nostálgica expresión.

Fue entonces cuando un extraño e incómodo silencio irrumpió aquella pequeña discusión entre mi abuela y yo. Así que me empecé a sentir culpable por lo borde que le había contestado e interrumpí aquel silencio diciendo:

- Perdona abuela, es que estoy algo molesta y lo he pagado contigo…

 

Seguía sin pronunciar palabra, como si la leve brisa cálida que azotaba nuestras caras se hubiese llevado sus palabras. Como si su voz hubiera quedado disipada cual trozo de hielo que se derrite al sol y evapora su interior llevándolo a lo más alto.

Muy incómoda por la situación, le di un beso y abrazo, volviéndole a pedir perdón.

 

- ¿Qué?, ¿perdón por qué?

- Por cómo te he hablado antes...no debí responderte así.

- No pasa nada, es más, estaba pensando en otra cosa.

- ¿En qué, abuelita?, ¿en qué?

 

Se levantó muy decidida y sin dar respuesta a mi pregunta, entró en casa. Aquella reacción de la abuela me intrigó mucho, demasiado.

No sólo porque no me quiso contestar a la pregunta, sino porque desde ese momento estuvo muy seria. Preocupada, le volví a preguntar qué era lo que le sucedía, mas no me lo quiso decir. Al pasar unos días, decidí investigar el asunto, pues mi vena periodística, (profesión que ejerceré en el futuro), era más fuerte que yo.

La verdad que no sabía por dónde empezar… ¡no tenía nada! Entonces le pregunté a mamá haber si ella sabía algo, pero no. Según mamá, la abuela no conoció al abuelo hasta que no tuvo 21años; por lo antes de esa edad la abuela no pudo tener problemas de ese tipo. Después pensé que igual mis abuelos se conocieron antes de lo que los demás sabían. En ese caso, podrían haber estado viviendo una apasionante historia de amor a escondidas como la de Romeo y Julieta o Calisto y Melibea…

Me di cuenta de que si eso hubiese sido así, tenía que hablar con el abuelo.

 

- Oye abuelo, ¿en qué año conociste a la abuela?

- Pues como bien debes saber, la abuela y yo nos pusimos novios en el año 1939…

- Ya, ¿pero no os conocisteis antes de empezar a salir?

- Claro que no mi niña, porque tu bisabuelo, que en gloria esté, estaba destinado en Marruecos; y yo nunca he salido de esta tierra mía que me vio nacer. -(mi abuelo se refería a Málaga, lugar dónde siempre a vivido y por el cual, lógicamente, siente un profundo aprecio).- Por lo tanto, yo no conocí a la abuela hasta que no acabó la guerra.

- Bueno abuelo…, (dije algo desanimada).

- ¿Y a qué vino tanto interés?

- Por nada abuelo, por curiosidad.

 

Después de varios días y tras mis fallidos intentos por descubrir una historia apasionante dentro de mi familia, decidí dejar de un lado el tema. Mas me di cuenta de que todo fue pura imaginación y que tales fantasías sólo existían en mi cabeza. Pero cuando ya se me había olvidado todo, mi abuela se acercó a mí y me dijo:

- Ven niña, que te quiero decir algo. ¿Te acuerdas cuando el otro día te dije que comprendía lo que te pasaba? Pues bien, te voy a contar un secreto que llevo guardando todos estos años.    

 

Yo me quedé muy intrigada y sin a penas  querer entorpecer su palabra, le pedí que por favor me lo contara.

 

- Cómo te decía, es algo que llevo callando durante muchos años y de veras te digo niña que no conviene que nadie más lo sepa.

El año 1935, cuando yo tenía tú edad, tuve la suerte de de poder crecer junto a una cultura muy diferente a la nuestra, pues vivía en Marruecos.

Allí las cosas eran bien distintas, la gente tenía miedo los unos de los otros, miedo a “infectarse” de la cultura y saber del contrario. Yo no podía jugar  con esos pequeños negritos cual sonrisa animaba el alma más dolorida. Por suerte o por desgracia, yo debía andar todo el día en casa aprendiendo a bordar y a ser una futura esposa ejemplar. Esto me hacía estar aislada de todas las cosas malas que podían estar pasando a mi alrededor.

 

- Entonces abuela, ¿tú no tenías amigas, no salías a la calle?

- Amigas no tenía, pues era difícil. Ya que aquellas pobres mujeres eran tan prisioneras de su religión y de los hombres de sus familias como de ellas mismas.

Aunque bueno, padre y madre me dejaban salir siempre y cuando estuviera con tu tía Carmen y su novio, su prometido, por aquellos entonces…

- ¿Qué?, ¿te refieres a tía Carmen? Si ella vivía en el convento Sierpes de Sevilla…

- Mira niña, tú tía no ingresó allí por devoción sino por obligación…

- Eso ya lo sabía, pero si tu padre las obligó fue por los difíciles tiempos de la guerra y para protegerla, no entiendo como si tenía novio las cosas pudieron pasar de ese modo.

- Es que esa es una historia, que siempre se quiso olvidar. Aunque ya puestas en conversación, te diré lo que pasó con tía Carmen. Ella estuvo muchos años con aquel hombre y a pesar de que se querían casar, el estar fuera de nuestra casa y en “tierra de moros” como madre decía, dificultaba las cosas. El caso es que Fernando, novio de tía Carmen, parecía que no estaba dispuesto a esperar el tiempo convenido para estar con ella. Claro, cuando digo “estar con ella” creo que sabes a lo que me refiero. - mi abuela aunque yo la consideraba muy moderna, debido a su educación, sentía verdadero pudor al tener que tratar algunos temas-. El caso es que no supo esperar y con nuestra más fiel lavandera se puso a intimar. Sin vergüenza alguna y con todo el descaro del mundo, no tuvo recato alguno en que toda la gente del patio les viera. Además para engrandecer tal villanía, fue contando a todo el escuadrón de padre cómo había vencido la resistencia de la hija mayor del general…Entonces esto llegó a los oídos de padre y la hizo de inmediato volver a Sevilla e internarla en el convento.

- ¡Un momento! Si estuvo con otra, ¿por qué decía lo contrario?

- Porque no le convenía perder su buena condición de yerno del general…

- Oye, ¿y es que la gente del patio no pudo ver quién era la muchacha?

- Claro que no, las ventanas de las habitaciones estaban muy altas y…

- No es por faltar, pero si nadie pudo reconocerles desde el patio… igual era verdad lo que decía…cosa que yo en estos tiempos no veo mal.

- ¡No, no y mil veces no!

- No te enfades abuela, pero tampoco puedes poner la mano en el fuego por algo así.

- ¡Sí, sí que puedo! Porque yo en ese momento iba hacia mi cuarto, cuando mis ojos sin quererlo ni buscarlo descubrieron tal engaño.

- ¿Y por qué no ayudaste a tu hermana? Era vuestra palabra contra la de aquel hombre.

- Porque ella no quiso. Cuando padre la mando a llamar, él le preguntó que si era verdad la deshonra que a sus oídos había llegado. Ella con lágrimas en sus ojos y con voz baja pero firme dijo: - Sí, padre.- Él se puso rojo como el fuego y empezó a preguntarle una y otra vez la misma pregunta: - ¿Es cierto que ya no eres como Dios te entregó a mis brazos? – y ella respondía cada vez más fuerte y con firmeza: -Sí, padre.

 

Tras unos instantes, donde la tensión crecía por momentos, padre le dio una gran bofetada. Fue como un tremendo trueno que después de la tempestad llegó un calmado silencio. Entonces madre me dijo que fuese con ella y así lo hice.

Al día siguiente, cogió el primer barco para la península y se instaló en Sevilla. Padre no le dijo no adiós… A mí me dio un fuerte abrazo y al ver su tristeza le dije:

- ¿Por qué?

- Por amor. –fue lo que me respondió. En ese momento no podía entender como protegía a alguien que no la amaba. Pero a día de hoy y con mis 78 años creo que sí. Ya que a veces es tan fuerte el amor que nos une a las personas que somos prisioneros de nuestros actos dando completamente la espalda a la razón.

 

- Abuela, yo no sabía nada de eso y a pesar de que me parece una historia de amor infinito, no logro entender a tía Carmen… ¿y qué pasó con ese tal Fernando?

- Al comienzo de la guerra, lo destinaron a Valencia y no supimos más de él.

- ¡Vaya! Todo lo que me has dicho me ha dejado de piedra, pero, era sobre ti de quién estábamos hablando. Me gustaría mucho que me contases tu historia.

 

-¡A comer, vamos, a comer!, (dijo mi madre en ese momento, por lo que mi abuela y yo tuvimos que aplazar la conversación).

Mientras comíamos y yo estaba impaciente por estar a solas con mi abuela. Así que después de comer me fui con ella a dar un paseo.

Llevábamos mucho rato caminando y ella estaba algo cansada, entonces nos sentamos en un banco. Allí retomamos nuestra conversación:

- Bueno, abuela, por qué no me sigues contando tu historia…

- Claro, pero antes de nada me gustaría decirte que si te cuento todo esto, que ni mis hijos saben, es porque te quiero muchísimo y para poder enseñarte lo que la vida me ha enseñado a mí…, (en ese momento me abrazó con mucha fuerza).

Como te iba diciendo; después de que mi hermana, Carmen, se marchase a Sevilla yo me sentía muy sola. Fue entonces cuando un día, al salir al mercado con una empleada que se llamaba Marina; mi vida cambió. Yo estaba esperando a que Marina comprase en un puesto de fruta, y, de repente, un chico sin querer se cruzó en mi camino. Él iba con muchos libros, corriendo y despistado. Tal era su prisa, que ni pudo darse cuenta de mi presencia, todo lo contrario que me pasó a mí. Pues durante todo el día no era capaz de quitarme de la cabeza aquel muchacho alto, moreno y con una mirada que al transcurso de las horas penetraba en mi alma como una lanza ardiente pasa el corazón de un soldado. No lograba entender aquel sentimiento que había aparecido en mí ser. No sabía si era nuevo, traído por los vientos de una nueva edad. O quizás eso siempre estuvo en mí, dormido y nadie había sabido despertarlo. De todos modos, ese deseo de querer conocerle, saber de él, crecía por momentos y no hallaba consuelo a tal enredo.

Por ello, desde aquel día iba todas las mañanas al mercado, y después de tres semanas, no pude encontrarlo. Me sentía mal y agobiada. Pero todos estos malestares cesaron cuando una noche mi madre y fuimos a ver a una vecina. Al entrar en su casa vi encima de una preciosa mesilla de madera oriental los mismos libros que llevaba aquel chico en el mercadillo. No sabía como preguntarle a la dueña de la casa por los libros, para no ser indiscreta. Por suerte, llegó la propietaria de los libros, era una niña pequeña.

Nada más llegar, cogió los libros de la mesilla y dijo:

- Me los llevo a mi alcoba, madre, para cuando mañana venga el profesor.

- ¿Qué profesor?, (dijo mi madre), No es por ser entrometida, entienda, pero es que aquí en estas tierras mestizas no puede una fiarse de nadie.

- No te disculpes, que somos amigas. Además no caigas en preocupación porque el muchacho que viene es natural de Barcelona….

 

 

Como ya era tarde, madre y yo nos marchamos a casa. A pesar de lo cansada que estaba y del sueño que tenía por la hora que era pasé toda la noche pensando en que cada vez estaba más cerca de conocerle.

Por la mañana, mientras tomaba el desayuno, le comenté a madre que quizás debería recibir clases, que ya estaba aburrida de estar todo el día en casa… A ella no le agradó la idea, pues pensaba que siendo una buena esposa ya lo tenía todo hecho en esta vida. Menos mal que mi padre comprendió que era muy importante que continuase con mis estudios y decidió que empezase a dar clases en aquella casa.

El primer día que fui estaba muy nerviosa, no sabía ni siquiera que ropa ponerme… ya ves, igual que tú cuando sales con tus amigas.

- ¡Eso es verdad!, bueno, ¿y que pasó cuando fuiste a esa casa?

- Pues me abrió la puerta la niña y ella me llevó a un cuarto de la azotea. Y allí estaba. Me sentía la chica más feliz del mundo… Él estaba escribiendo en una hoja rasgada mientras silbaba una famosa canción. Al verme entrar paró de escribir y guardó aquel papel. Entonces se levantó de la silla y se presentó:

- Hola, soy Manuel, ¿y tú quién eres?, - me preguntó al tiempo que besaba mi mano-.

- Me llamo Esmeralda, y me gustaría dar un par de clases a la semana para…

- ¿Para qué? Según tengo entendido has estado estudiando hasta el año pasado.

- Ya, pero cuando vuelva a Sevilla me gustaría estudiar magisterio y me vendría muy bien aprender algo más de lo que sé…

- Claro que sí, Esmeralda, a mí me parece bien.

 

Al volver a casa no podía dejar de pensar en esa maravillosa tarde. En la que sus palabras me sonaban a cantos primaverales y todo lo que me enseñó al final era más de lo que imaginaba. Estuve un día tras otro yendo a esa casa y cada vez iba descubriendo a la persona más increíble que jamás hubiese conocido.

En una ocasión, se me hizo un poco tarde, padre estaba muy ocupado, madre no podía venir a recogerme y Manuel se ofreció a acompañarme:

  - Es un poco tarde para que una joven tan dulce y hermosa vaya sola a su casa. Además yo no podría permitir dejarte ir sin mi compañía… A no ser que tú no lo quieras así…,

- Sí no es molestia, para mí sería un placer que me acompañases.

- Esmeralda, tú eres diferente…

-¿Diferente? No digas eso porque yo soy una persona normal.

- No. Tú me tratas cómo las personas de tu entorno y no hace falta que te diga que este trabajo es para poder volver a Barcelona.

- Yo trato a las personas por su corazón, y lo demás no importa. Por cierto, ¿por qué viniste aquí? Si toda tú familia esta allí.

- No lo sabes, ¿en serio? Vine buscando a mi padre…él es natural de aquí, es árabe. En concreto, es uno de los ladrones más buscados del momento. Quizás ahora pienses de manera diferente respecto a mí, igual crees que soy como mi padre.

- Pues sí. Tú debes ser otro ladrón, porque desde que te vi por primera vez hace unos meses en el mercado, me robaste el corazón. –en ese instante creí no ser yo, porque todo aquello era impropio de mí, hasta avergonzada me sentía. Todo ese pesar cesó cuando después de una sincera e intensa mirada, me besó.

 

- ¡Abuela!, ¿fue ese tu primer amor?, ¿qué pasó entonces?

- Sí que lo fue. Nunca lo he olvidado. Llegué a casa y no podía pensar en otra cosa. Manuel me hacía sentir libre, hacia un mundo idílico con su ternura y con esa carita de ángel que Dios le había dado…

- ¿Y qué pasó?

- A la mañana siguiente estalló la guerra y de inmediato volvimos a Sevilla.

- ¿Y no le volviste a ver?

- Sí, cuando montaba en el barco pasó corriendo y dejó caer a mis pies aquel papel rasgado que un día estaba escribiendo. En él había una poesía que decía:

 

                                   

 

                              - Hoy estuve en el cielo y no en el mercado,

                                 pues creo haber visto un ángel.

                                 no sé si lo volveré a ver,

                                 más sé que nunca le olvidaré.

                                

                               - Espero que ese ángel no sea verdadero,

                                 pues sueño con sentir su cuerpo

                                 aunque esto sólo son deseos puros y sinceros.

 

                                - Esta noche, supe que ese ángel es una mujer,

                                 única, por lo menos en este mundo,

                                 ya puede pasar cualquier cosa,

                                 hasta estallar una guerra,

                                 porque por siempre esta mujer será la primera.

 

 

 

                                                                                                 Por siempre: Manuel.

 

- Ese papel lo tuve guardado durante años, pero…

- ¡Abuela! ¿Qué te pasa?, ¿te estás mareando?

 

 

La abuela empezó a toser, marearse… de inmediato llamé a mis padres y la llevaron al hospital. Al caer la noche, mamá vino llorando a casa y…. mi abuela se había ido.

Fueron unos meses difíciles, pero tenía el consuelo de la confianza que mi abuela había depositado en mí. Este fue un secreto que a día de hoy no se lo he dicho a nadie, porque pertenecía a su pasado y ¿quién era yo para contarlo?

Como yo decía, sólo era una más de esas historias…

 

                                 

  

                                                               EVA MARTÍNEZ ARREDONDO

 

 

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©  Eva Martínez Arredondo, alumna del I.E.S. "Jiménez Montoya", curso 2005-2006

 

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