En
un sueño sin fin,
me
querías dejar.
Tu
voz lenta y en calma,
recaía sobre mis oídos
en
palabras que mi corazón
nunca entendió.
En
mis sueños rotos,
enredando sombras
en
la profundidad de la soledad,
mis
ojos querían bañarse
de
nuevas lágrimas,
guardándose entonces
mis
pensamientos,
en
el libro del silencio.
Ahogué mis penas
en
un gran llanto salado,
y
todo se volvió gris…
a
cada paso que daba
la
música de mi vida se ralentizaba.
Pero
al volver a mi realidad
me
di cuenta que lo pasado
fue
un sueño infernal,
comprendí que no podía vivir sin ti.
Aunque mis palabras no lleguen
a
vibrar en mis folios,
el
corazón llega más allá
de
mi pensamiento.
Me
acuerdo entonces,
de
aquellas tardes,
las
mejores de mi vida,
en
las que mariposas de color tostado
caían al suelo.
Nuestros corazones se unían,
a la
vez que yo veía
las
respuestas de mis preguntas,
en
tus áureos ojos…
y
mientras la noche caía,
un
puñado de estrellas
se
situaban al azar en el cielo.
A
veces, imagino y pienso
en
pasar un día entero junto a ti,
hasta que el negro manto de la noche
nos
arrope,
y el
embrujo de la luna recaiga.
Y
mientras que la luz anaranjada
salga por el este,
nuestros deseos se unan en un cálido beso.
Ojalá
estuvieras cada mañana
junto a mí,
aunque eso no haga falta,
porque siempre te llevaré en mi corazón.
Y es
que sólo quiero vivir cada minuto,
cada
segundo…
para
estar cada día más cerca de ti.