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LA HISTORIA DE NUESTRO PAÍS: UNA REALIDAD VIVA, COMPLEJA, VARIADA Y APASIONANTE
¿Conoces tu país? ¡Os animo a emprender un paseo por la Historia!
La vida del ser humano no ha sido igual a lo largo del tiempo. Todo va cambiando y resulta muy interesante saber cómo se vivía en épocas anteriores y cómo las personas fueron descubriendo otras formas de vida hasta llegar a la actual que, sin duda, seguirá evolucionando. Por tanto, el mundo que vemos y tenemos no es un dato quieto e inmutable, sino que es la consecuencia de un desarrollo lento y nada rectilíneo.
La Historia como ciencia tiene por objeto el estudio de la dinámica de las sociedades humanas; y la materia histórica la constituyen los tipos de hechos -de masas, institucionales y acontecimientos- que son necesarios analizar para conocer esas sociedades. Inmediatamente al hablar de esta ciencia surge una pregunta: ¿la Historia es objetiva?. Muchos autores han tratado y defendido sus ideas al respecto. Unos afirman que hay que tomar partido políticamente hablando de ella. Si no se hace así, eso para ellos es un defecto; mientras que para otros es, a mi modo de ver, una virtud, como bien defiende Raymond Carr. A mí, particularmente me gusta la opinión de Fernand Braudel el cual afirma que “todo trabajo histórico descompone el tiempo pasado y escoge entre sus realidades cronológicas según preferencias más o menos conscientes”. Analiza los hechos históricos según el concepto de duración que puede adoptar tres escalas:
Opino que hay que fomentar una historia objetiva e imparcial respetando las opiniones e inclinaciones personales de los demás. No la confundamos con una relación pormenorizada de cualquier cosa pasada, una simple recopilación de datos, aunque sean necesarios unos mínimos para situarnos en el tiempo, en el espacio y los acontecimientos. Debemos razonarla y descubrirla como un conjunto de múltiples hechos que siempre ocurren por unas causas internas y externas a los países y personas, y, que produce unos efectos o consecuencias. Nosotros somos el resultado de lo que ha acontecido antes en la humanidad y el cimiento sobre el que se construye el futuro. Debemos conocer el pasado, pero, también ser conscientes de que la historia se hace día a día. Por eso, hay que estar atentos a todo lo que nos rodea, y, a los acontecimientos externos. La historia es, por tanto, algo vivo. Es un pasado en continua evolución.
A continuación voy a dar unas “pinceladas sueltas” sobre algunos aspectos de la historia de nuestro país considerando que podemos calificarla como una realidad viva, compleja, variada, profunda y apasionante con un desarrollo histórico grande, complicado y, en ocasiones, difícil. El objeto de estas páginas es, pues, el de suscitar el interés por reflexionar críticamente sobre éstas u otras cuestiones (en momentos posteriores) de nuestra historia, aclarándolas con mi aportación en la medida de lo posible. También pretendo que todos la descubramos, la conozcamos, y, si es posible, la amemos un poquito.
LOS PRIMEROS PUEBLOS DEL CENTRO Y NORTE PENINSULAR
“Las raíces de un pueblo se ocultan bajo el manto de los siglos, al igual que en un árbol están en lo más profundo de la tierra. No por ello debemos olvidar a nuestros antepasados e historia más lejana, puesto que son el cimiento de nuestro presente y futuro. Remotas raíces son, las que estos pueblos dejaron, alejados en el tiempo y casi en el olvido... Muchos otros vinieron más tarde, y con ellos nuevos aires, nuevas culturas, sangre diferente que forjó su impronta en la Historia y que también lucharía por su supervivencia personal, y lo más importante, que lucharía por sus costumbres, su forma de vida y su pensamiento. Estas tribus, cántabros, vacceos, edetanos... son nuestros antepasados más lejanos y por tanto, los primeros que lucharon por ésta, nuestra tierra: amaron su libertad”. (Víctor de Burgos)
“Son nuestras más profundas raíces”.
El marco que vamos a trazar en esta síntesis histórica parte de los inicios de la historia de nuestros pueblos hasta el reinado de los Reyes Católicos, incluyendo referencias variadas: cultura material, estructura económica, social, política, religiosa, arte… La misma diversidad de autores y, en especial, la compleja problemática que ofrecen regiones y temas tan diferentes, exige también dejar planteada una visión muy superficial que nos anime a profundizar posteriormente en estos conceptos. Si la dificultad de este objetivo es evidente, aún lo es más el del periodo histórico analizado. En él aparecen las primeras referencias a los pueblos históricos conocidos de la Península Ibérica que pueden considerarse, con fundamento, como la raíz o el componente étnico esencial de la población actual, lo que le añade un mayor interés.
Partimos del periodo que generalmente es conocido en los estudios prehistóricos como Bronce Final y Edad del Hierro sin hacer referencia a los periodos precedentes, si bien sí se valora su esencial papel a nivel de substrato cultural. Coincidiendo con la introducción de la metalurgia del cobre se produjo el desarrollo de la primera arquitectura funeraria: la dolménica o megalítica. En la Edad de los Metales en la Península Ibérica se produce en la llamada Cultura de los Millares o Bronce Antiguo, aunque en ningún yacimiento de esta cultura se ha hallado bronce, pues sólo han aparecido objetos de cobre. Este periodo comienza a mediados de III milenio y comienzos del II, y su duración es muy variable.
La introducción de la metalurgia del cobre en la Península se ha puesto en relación con la expansión occidental de los prospectores de metales egeo - anatólicos. Éstos establecerían sus focos iniciales en Almería y desde ahí hacia zonas ricas en cobre, plata y estaño. Grupos que trajeron consigo el rito funerario de los enterramientos colectivos en sepulcros megalíticos y en cuevas artificiales, rito que anuncia nuevas concepciones religiosas. No se puede hablar de una cultura megalítica como tal, pero sí de una arquitectura megalítica, que abarca desde los sepulcros circulares almerienses a los poligonales portugueses.
La arquitectura megalítica tiene en común un fin y es el de servir se sepulcro colectivo, con el ritual funerario caracterizado por el tipo de enterramiento de inhumación colectiva; extendiéndose por las costas mediterráneas y atlánticas europeas Los más grandes monumentos se hallaron en Andalucía occidental. En la Península podemos establecer tres grandes divisiones: sepulcro de corredor, galería cubierta y dolmen.
Para dar una visión global de este periodo es preciso resaltar su complejidad. Por una parte, hay que valorar la gran diversidad existente en el marco geográfico de la Península Ibérica, que obliga a considerar la existencia de varias áreas. Junto con la creciente integración peninsular en distintos ámbitos culturales a causa del aumento progresivo de contactos que caracterizan los últimos periodos prehistóricos y que ahora se intensifican. No olvidemos la situación de la Península Ibérica como extremo suroccidental de Europa y, a su vez, borde occidental del Mediterráneo. Como consecuencia de estos complejos y graduales procesos, de incremento en las relaciones entre distintas culturas, se pueden distinguir varias regiones culturales asociables a grandes agrupaciones étnicas:
En el Mediodía peninsular: sudeste, en contacto directo con los pueblos coloniales, se formó el mundo de Tartessos como foco cultural más desarrollado. La cultura tartésica, al evolucionar, dio origen a la turdetana en Andalucía Occidental y, paralelamente, al difundirse, a la Cultura Ibérica, que recibió importantes estímulos griegos y que se extendió por las regiones mediterráneas desde el Sureste y Levante hasta más allá de los Pirineos. Sabemos que los iberos desarrollaron un importante sistema urbano, con núcleos amurallados y una compleja cultura material. Formaban un sistema de sociedades de base tribal cuyos principales grupos fueron, de norte a sur, indigetas, layetanos, ilergetas, cosetanos, ilercavones, edetanos, contestanos, mastienos, bastetanos y turdetanos.
La Cultura Ibérica, a su vez, influyó en las gentes que habitaban al interior, en el Sistema Ibérico y el este de la Meseta: zona centro y noroeste peninsular. Menos desarrolladas, su progresión hacia la vida urbana fue más lenta por ser de tradición cultural distinta, ya que su lengua y cultura eran celtas, pues pertenecían a dicho pueblo, aunque al asimilar elementos ibéricos se les denominó como celtíberos. Las regiones occidentales y septentrionales, dado su mayor aislamiento, ofrecían un menor desarrollo cultural, lo que explica que el hierro y el urbanismo llegaran aún con mayor retraso. El norte, especialmente la zona pirenaica occidental, mantuvo un substrato muy antiguo del que proceden la población y la lengua vascas. Estos pueblos aunque eran muy diferentes, tenían algunos rasgos comunes: conocían el hierro y su economía era agrícola y ganadera. En la zona oriental de la Meseta vivían los celtíberos; los lusitanos y los vetones en el valle del Duero. En el noroeste habitaban las tribus galaicas. En la cornisa cantábrica estaban los astures y cántabros.
LA ROMANIZACIÓN
Cartago, antigua ciudad, situada en la costa septentrional de África, cerca de la actual Túnez. Fundada hacia el 800 a.C., fue una de las más grandiosas ciudades de la antigüedad. Su ejército, que combatió contra las tropas de Roma, tuvo a generales tan eminentes como Amílcar Barca y Aníbal. La historiografía ha determinado que los fenicios establecieron Cartago como puesto comercial probablemente hacia finales del siglo IX a.C. La ciudad era conocida por sus habitantes púnicos (nombre por el que los romanos identificaban a los cartagineses) o fenicios como la Ciudad Nueva. Construida en una península que sobresale del golfo de Túnez, Cartago tuvo dos espléndidos puertos, conectados a través de un canal.
Roma, ciudad y capital tanto de Italia como de la región del Lacio y de la provincia de Roma, situada junto al río Tíber, en la parte central del país. Según la leyenda, la ciudad fue fundada por Rómulo y Remo en el año 753 a.C. Esta pequeña aldea fundada en el siglo VIII a.C., dominaba cinco siglos más tarde toda la Península Itálica e iniciaba su expansión por el Mediterráneo. Con el tiempo llegaría a constituir un vasto imperio que abarcaba desde la Península Ibérica y las Islas Británicas, al oeste, hasta Egipto y Mesopotamia al este.
La romanización. A través de Roma, el occidente y parte del centro de Europa entraron en la órbita del máximo nivel cultural de la cuenca mediterránea. A la vez, todo este gran conjunto de territorios adquirió la conciencia de pertenecer a una unidad. Este es el significado y la importancia de la romanización. Grecia y Roma constituyen la plataforma de nuestra cultura occidental. El proceso de romanización se plasmó básicamente en la expansión de la lengua latina y del Derecho romano. En todo el imperio se hablaba la misma lengua: el latín, que luego se ha ido transformando en las lenguas que hoy hablamos. También eran las mismas leyes las que existían para todos los habitantes de ese gran territorio. La capital del imperio fue Roma y en ella comenzaban grandes vías o calzadas que la comunicaban con el resto del imperio y construyó abundantes obras públicas. En el ámbito de la vida espiritual, Roma estaba interesada en primer lugar en promover el culto imperial, siendo los romanos politeístas, es decir, creían en la existencia de muchos dioses a los que adoraban en sus templos respectivos. Pero, también llegó a Hispania en ese tiempo el cristianismo, que ya estaba sólidamente arraigado en el resto del Imperio romano desde el siglo II d.C.
Factores de romanización.- El imperio romano aunque ha dejado de existir hace muchos siglos como construcción política, vive en los idiomas, las instituciones y las formas de vida de los pueblos que formaron parte de él, porque no se limitó a establecer un dominio material, sino que, con la base del mundo helénico (griego) y sus propias aportaciones, creó una cultura cuyas raíces todavía están vivas bajo la forma de:
“La paz romana” que vivió el mundo mediterráneo durante los dos primeros siglos de nuestra era fue, por tanto, un don dado por Roma a las naciones ribereñas del Mare Nostrum que fructificó en una espléndida unidad cultural, confirmada políticamente en el año 212 d.C.
La crisis del siglo III afectó a las provincias de Hispania. Al tiempo que decaían las ciudades se ampliaba la distancia que había, desde el punto de vista social, entre los grupos más poderosos (potentiores) y los más débiles (humiliores). En esas condiciones, a comienzos del siglo V (409) tuvo lugar la invasión de la Península Ibérica por los denominados pueblos “bárbaros”, todos ellos de origen germánico (suevos, vándalos y alanos). De estos pueblos sólo los suevos se asentaron en Hispania, concretamente en la provincia de Galaecia. Poco después llegaron a la Península Ibérica los visigodos, aunque su establecimiento definitivo en Hispania no se produjo hasta después del fin del Imperio romano de Occidente (476).
LA CRISIS DE LA CIUDAD
“Nuestra historia no es solamente la de las conquistas de la razón, sino también la de sus cegueras, sus extravíos y su autodestrucción”.
(Edgar Morin)
Tras un proceso relativamente muy corto en la historia de la civilización, el Imperio Romano y Roma misma a la cabeza, marcaron la cima del proceso de urbanización en el mundo antiguo, construyendo obras que todavía hoy despiertan nuestra admiración. A excepción de los ricos Patricios que poseían excelentes fincas fuera de las ciudades, general aspiración humana era vivir “in urbis”. Pero, cuando Roma y el mundo hasta donde extendía su potente brazo la “pax romana” habían arribado a expresiones muy elevadas en las artes, las ciencias, las leyes y la vida urbana, entonces sobrevino la crisis. Terminal e implacable, en donde el modo de vida de las sociedades antiguas y sus bases de sustento económico, político y militar se agotaron, con la consiguiente descomposición de los Estados, siendo las ciudades abandonadas por sus habitantes.
Durante los siglos posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente, señalada como término del Mundo Antiguo, la actividad humana se concentró en villorrios rústicos y en feudos relativamente pequeños, autosuficientes y descentralizados, característicos de la Edad Media europea.
Como en una nueva vuelta de espiral, aleatoria y gradualmente, con el paso de los siglos, desde la ruralidad comenzaron a florecer nuevamente el comercio y la actividad artesanal, afluyendo recuas de mulas y carretas cargadas con mercancías a las rutas cada vez más transitadas. Consecuencialmente, surgen y se desarrollan numerosos centros de producción e intercambio, los “burgos”, que serán un precedente de las grandes ciudades que a través de los años irán imponiendo un estilo de vida y de ocupación del espacio acorde con las crecientes necesidades de manufacturas y servicios que, por supuesto, propendían a la concentración de la población.
LA EDAD MEDIA
Duró unos diez siglos de abundantes e importantes intercambios culturales, con dos grandes etapas (algunos autores hablan de tres) cuya separación vino marcada en torno a mediados del siglo XI:
I. Alta Edad Media del siglo V al XI: su punto de arranque se situaría en el período de la crisis del imperio romano y de las invasiones de los bárbaros. Su conclusión la finalizamos en vísperas de la gran expansión que protagonizó Europa, después del año mil. Fue esta una época de creación, en la que era preciso construir un nuevo edificio. El imperio romano había legado materiales diversos, pero su posible uso había que adaptarlo al nuevo espíritu de la época. Los pueblos germánicos constituían la “savia nueva”, pero carecían de la suficiente experiencia histórica. El cristianismo proporcionaba el sustrato espiritual e ideológico de aquella sociedad, más no pasaba de ser una doctrina para la salvación. ¿Cómo elaborar un sistema de vida, de gobierno, de relaciones sociales, de creencias, de actitudes, con tan variados ingredientes?. Este era el gran reto. Por si fuera poco, la cristiandad del occidente de Europa tenía dos vecinos poderosos: Bizancio y el Islam. Pero las dificultades se fueron salvando. Carlomagno puso en práctica el primer intento de unidad europea. Los invasores fueron detenidos o asimilados. El sistema feudal demostró su capacidad para encuadrar a los distintos grupos sociales. Si bien, en líneas generales, se puede afirmar que estos primeros siglos del medievo se caracterizaron por la actitud defensiva del occidente de Europa, así como por la rigidez de sus estructuras sociopolíticas y la escasez tanto de bienes materiales como no materiales.
Originariamente, se caracterizó el feudalismo en lo político por la decadencia del poder real y el aumento de la autoridad de los señores; la monarquía no desapareció pero el rey era una simple pieza dentro de un conjunto “piramidal” en el que la amplia base la formaban los campesinos y artesanos, seguidos de la nobleza y clero y en la cúspide el rey, un señor más. En lo económico estuvo marcado por la debilitación del sentido de la propiedad y por la escasez de la moneda, que obligó a cambiar unas mercancías por otras y a pagar los servicios con concesiones de tierras. La sociedad se caracterizaba por la generalización de las relaciones de dependencia, que funcionaban a distintos niveles. Feudo significa cualquier tipo de bien concedido por un señor a un vasallo a cambio de diversas obligaciones contraídas por este último; en un principio recibió el nombre de Beneficio; a veces era una donación hecha por el vasallo buscando la protección del señor, quien la restituía en calidad de feudo. La concesión se hacía por medio del Homenaje, ceremonia en la que el vasallo se arrodillaba, ponía las manos entre las de su señor y le juraba fidelidad. En un principio el feudo no se entregaba con carácter hereditario, aunque pronto la práctica así lo convirtió.
Esta primera etapa de la edad media se cierra en el siglo X con las segundas migraciones germánicas e invasiones protagonizadas por los vikingos procedentes del norte y por los magiares de las estepas asiáticas, y la debilidad de todas las fuerzas integradoras y de expansión europeas al desintegrarse el Imperio Carolingio. La violencia y dislocación que sufrió Europa motivaron que las tierras se quedaran sin cultivar, la población disminuyera y los monasterios se convirtieran en los únicos baluartes de la civilización.
II. Baja Edad Media del siglo XI al XV: nos muestra una Europa cristiana más segura de sí misma, capaz de romper el cerco en el que había vivido y de iniciar una ofensiva contra sus enemigos exteriores a través de las Cruzadas, expediciones militares dirigidas a rescatar Los Santos Lugares, en poder de los musulmanes. En esta empresa junto al ardor religioso, la aventura y el afán de enriquecerse fueron importantes. Aunque las Cruzadas fracasaron como empresa militar, tuvieron importantes consecuencias políticas, económicas y sociales. Impulsaron el comercio mediterráneo, pues la conquista cristiana de los puertos de Siria reforzó la actividad de las ciudades comerciales del sur de Europa. Además, los cruzados trajeron a Occidente el gusto por el lujo e introdujeron una serie de artículos (tapices, sedas espejos...) que no sólo impulsaron el comercio, sino que fueron un estímulo para la industria europea. Los saqueos y botines aportaron a Europa grandes cantidades de metales preciosos. A la par, se aceleró la ruina del feudalismo. Todo ello dentro de un marco de progreso social generalizado. Por de pronto creció la población y se diversificó la economía. La vieja sociedad de guerreros, monjes y campesinos se hizo más compleja, al aparecer una nueva clase social: la burguesía. Se produjo, además, una auténtica explosión cultural y artística, de la que son buena muestra la difusión de los grandes estilos internacionales, el Románico y el Gótico, o la aparición de los nuevos centros del saber: las Universidades.
Durante la alta edad media la Iglesia católica, organizada en torno a una estructurada jerarquía con el papa como indiscutida cúspide, constituyó la más sofisticada institución de gobierno en Europa occidental. El Papado no sólo ejerció un control directo sobre el dominio de las tierras del centro y norte de Italia sino que además lo tuvo sobre toda Europa gracias a la diplomacia y a la administración de justicia (en este caso mediante el extenso sistema de tribunales eclesiásticos). Además las órdenes monásticas crecieron y prosperaron participando de lleno en la vida secular. Los antiguos monasterios benedictinos se imbricaron en la red de alianzas feudales. Los miembros de las nuevas órdenes monásticas, como los cistercienses, desecaron zonas pantanosas y limpiaron bosques; otras, como los franciscanos, entregados voluntariamente a la pobreza, pronto empezaron a participar en la renacida vida urbana. La Iglesia ya no se vería más como una ciudad espiritual en el exilio terrenal, sino como el centro de la existencia. Toda la población, laicos o clérigos, hombres o mujeres, letrados o analfabetos, podían disfrutar potencialmente una experiencia mística. Concebida ésta como un don divino de carácter personal, resultaba totalmente independiente del rango social o del nivel de educación pues era indescriptible, irracional y privada.
Si la alta edad media estuvo caracterizada por la consecución de la unidad institucional y una síntesis intelectual, la baja edad media estuvo marcada por los conflictos y la disolución de dicha unidad. Fue entonces cuando empezó a surgir el Estado moderno -aún cuando éste en ocasiones no era más que un incipiente sentimiento nacional- y la lucha por la hegemonía entre la Iglesia y el Estado se convirtió en un rasgo permanente de la historia de Europa durante algunos siglos posteriores.
En el siglo III d.C. la Península fue objeto de invasiones y ataques enemigos, en el norte por los Francos que penetraron en las provincias catalanas y en el sur por los Moros que hicieron incursiones en Andalucía. Más tarde en el año 409 d.C., un año antes del saqueo de Roma protagonizado por el rey visigodo Alarico, algunas tribus germánicas arrasaron las Galias y llegaron hasta España, atravesando los Pirineos. Los altos y rubios bárbaros nómadas, que desdeñaban la urbanizada civilización de los romanos, estaban compuestos por Suevos, Vándalos y Alanos. Del año 415 en adelante los Visigodos también extendieron su poder por la Península. Bajo el mandato de Teodorico II (453-66) disminuyó la oposición a los bárbaros dentro de España y los visigodos empezaron a controlar nuestro territorio sin depender del poder romano.
El REINO VISIGODO
Hacia el siglo V d.C. los visigodos eran ya un pueblo romanizado, que se consideraba a sí mismo heredero del difunto poder imperial. Alrededor de la mitad de ese siglo, la triple incursión de los suevos por el Oeste -Galicia-, los pastores cántabro-pirenaicos por el Norte y los bizantinos por el Sur, -la Bética-, les obligaron a establecer la capital en Toledo, en el centro de la Península. Esta decisión tenía implicaciones de gran significación:
Los visigodos se defendieron bien de los suevos en Galicia y los derrotaron en el siglo VI d.C.; sin embargo, en el norte los vascones, los cántabros y los astures tuvieron más éxito en la resistencia al ataque de los visigodos que el que tuvieron en la resistencia a los romanos, y fueron casi tan expertos como lo fueron contra las moros. Desde el siglo VI al IX d.C. la Bética constituyó una excepción en Europa occidental. A diferencia de la Europa continental que progresivamente se cerró y se fragmentó, la Bética conservó su cultura urbana y sus conexiones comerciales y culturales en el ámbito mediterráneo: en primer lugar con el Imperio Romano oriental, con Bizancio y más tarde con el Califato musulmán. Son años destacados de este periodo los siguientes: 587: Recaredo, heredero de Leovigildo, se convierte al catolicismo y levanta las barreras que había entre los godos y los hispano-romanos. 633: El IV Concilio de Toledo se atribuye el derecho a confirmar a los reyes electos. Se obligó a los judíos a bautizarse. La lengua vernácula, de origen latino, prevalece sobre la de las visigodos. 711: Las tropas musulmanas cruzan el Estrecho de Gibraltar y derrotan al rey visigodo Don Rodrigo en la batalla de Guadalete. 712: Muza ben-Nosair culmina la conquista musulmana. Fin del periodo visigodo.
El control visigodo de la Península continuó hasta la invasión musulmana a principios del siglo VIII. En estos tres siglos la sociedad hispánica sufrió importantes cambios. La población hispanorromana, aunque todavía en mayoría, se disolvió y se fragmentó. Esto tuvo consecuencias para las ciudades de mayor importancia que habiendo sido el núcleo de la cultura romana, empezaron a decaer. La población germánica se constituyó como minoría no asimilada que se recluía en asentamientos rurales más que urbanos. Las divisiones entre los visigodos y los hispanorromanos se volvieron muy profundas. Estos últimos eran patricios con cultura, de origen urbano, propietarios de tierras y que profesaban una religión católica. Los otros pertenecían a una raza nómada y guerrera compuesta por una estructura tribal. En su gran mayoría eran analfabetos, poco proclives a lo urbano y de religión cristiana aria. Estas importantes diferencias se veían agravadas por una mayor, de tipo religioso: la existencia de una importante comunidad judía ampliamente perseguida durante el periodo visigodo. La falta de unidad religiosa entre los cristianos fue oficialmente eliminada con la conversión del rey Recaredo al cristianismo en una ceremonia pública que tuvo lugar durante el Tercer Concilio de Toledo (589). Sin embargo, la falta de unidad racial y social, no se solucionó con tanta facilidad, y los problemas políticos causados por el principio visigodo de monarquía electiva condujo eventualmente hacia un mayor desorden que propició la entrada de los musulmanes en Hispania.
UN ESTADO ISLÁMICO
La invasión de la Península Ibérica comienza en el 711. El reino visigodo se está descomponiendo. Los musulmanes no encuentran excesiva resistencia por parte de la población hispanovisigoda, ya que para ellos sólo significó un cambio de señor feudal. Muza y Tarif avanzan hasta las estribaciones de la Cordillera Cantábrica y los Pirineos. En el 722 (según la tradición en el 718) Pelayo detiene la incursión en Covadonga, al mismo tiempo que comienzan los problemas internos en Al-Ándalus. Los musulmanes comienzan a perder territorios al norte del Duero. Sin embargo, están plenamente asentados en la Península, y las conquistas consolidadas. En el año 756 Abderramán llega a Al-Ándalus e independiza el territorio de los califas abasíes, creando un Estado unitario. Los árabes introdujeron en nuestro país su religión, sus costumbres, su lengua y numerosos productos: nuevas variedades de ovejas, el caballo árabe se hizo muy famoso por su velocidad y resistencia; perfeccionaron el sistema de regadío y construyeron canales, acequias, acueductos y norias; igualmente dieron a conocer la filosofía aristotélica.
Los musulmanes llamaron Al-Ándalus al territorio que conquistaron en la Península Ibérica. Así nació el nombre actual de Andalucía. Los territorios dominados por los musulmanes se dividían en califatos, siendo el Califato de Córdoba uno de los más importantes de la época. En cada califato había un califa que era la persona que tenía la máxima autoridad política y religiosa; además dictaba las leyes que el pueblo debía cumplir y era el juez más importante. Fue ésta una sociedad difícil de conciliar y en continua mutación con Córdoba como crisol y gran centro cultural de los siglos X y XI, que a su vez influyó en la sociedad occidental, siendo Al-Ándalus el puente entre Oriente y Occidente. Las traducciones del griego al árabe y del árabe al latín fueron importantes en el florecimiento posterior de las escuelas europeas de Paris, Oxford y Estrasburgo. Así llegó también el pensamiento de Aristóteles; siendo destacables, igualmente, las reuniones poéticas celebradas en los palacios califales.
Hoy día las construcciones que nos dejaron son monumentos de gran interés que visitan anualmente millares de personas de todo el mundo: Alhambra de Granada, Mezquita de Córdoba, Giralda sevillana, Alcazabas de Almería y Málaga… Cuando los musulmanes construyeron sus edificaciones lo hicieron con unas formas y características determinadas. A esta manera de construir se le llamó estilo islámico. Por primera vez en nuestra tierra se usaban ladrillos y yeso, arcos con forma de herradura; adornándose los interiores de los edificios con patios, fuentes, inscripciones epigráficas, atauriques, azulejos y decoración geométrica. Crean una arquitectura que mira hacia el interior, vertida hacia sí misma, con un deseo de soledad e intimidad considerables.
Recordemos que una manera de entender cualquier civilización es la contemplación de una obra de arte que encierre en sí misma la esencia de todo su legado.
La llamada a la Cruzada de Urbano II en Clermont (1095):
“¡Que vayan pues al combate contra los infieles -un combate que merece la pena emprender y que merece terminarse en una victoria- los que se dedicaban a las guerras privadas y abusivas en perjuicio de los fieles!. ¡Que sean en adelante caballeros de Cristo los que no eran más que bandidos. Que luchen ahora en buena ley contra los bárbaros los que combatían contra sus hermanos y parientes!. Estas son las recompensas eternas que van a conseguir los que se hacían mercenarios por un miserable salario: trabajarán por el doble honor aquellos que se fatigaban en detrimento de su cuerpo y de su alma. Estaban aquí tristes y pobres; estarán allá alegres y ricos. Aquí eran los enemigos del Señor; allá serán sus amigos”.
(F. DE CHARTRES, "Historia Hierosolymitana". Recoge A. Lozano y E. Mitre, "Análisis y comentarios de textos históricos", Madrid, 1979, p. 182).
El inicio de la resistencia al Islam (siglos VIII al X) Al entrar los musulmanes en la Península, la sociedad hispanovisigoda sigue distintos derroteros: unos permanecen en sus campos, pueblos o ciudades, acatando de mejor o peor grado a los recién llegados (por lo que tienen que someterse a sus impuestos y régimen de "aparcería"); mientras que un reducido número (en su mayoría pertenecientes a los estamentos más privilegiados, caso de la nobleza visigoda o de algunos eclesiásticos) huyen hacia el norte de España, desde donde iniciarán el lento y gradual proceso de reconquista y repoblación, a veces con sus lógicos retrocesos.
La Reconquista es el proceso por el que los hispanogodos recuperaron el territorio perdido por el reino hispano de los visigodos frente al imperio musulmán. Empezó en el año 718 con la gran victoria de Don Pelayo en la batalla de Covadonga sobre el ejército mandado por Ambasa (general del califa de Damasco) y terminó en 1492 con la toma del Reino Nazarí de Granada. Sus características fundamentales fueron: -La participación individual de los cristianos en la lucha, a diferencia de los musulmanes que se defendían con ejércitos mercenarios. -La misión de cruzada que consiguió el apoyo de Europa. -La conciencia de los reyes de sentirse herederos del reino hispanogodo y, por lo tanto, con el deber de recuperar la unidad perdida frente al imperio árabe.
El siglo XI fue el que más cundió a los cristianos en la reconquista, coincidiendo con las cruzadas a Tierra Santa para rescatar los Santos Lugares del poder de los infieles. Muchos cristianos ultrapirenaicos ayudaron militarmente a los hispanos. Durante este dilatado periodo los reyes de los distintos reinos peninsulares casaron a los príncipes entre sí para recuperar también la unidad política perdida por los visigodos frente al imperio islamista.
A partir del siglo XI, las tierras reconquistadas ya ocupan una notable extensión, repartidas entre cuatro estados: . El reino de León: el mayor de todos ellos, pues abarcaba desde el Cantábrico al Duero (Galicia, Asturias, León, norte de Portugal y parte de Castilla). . El reino de Navarra: compuesto por Navarra, La Rioja y lo que hoy es el País vasco. . El reino de Aragón: que entonces era muy pequeño, entre el Ebro y el Pirineo. . Los condados catalanes, con el de Barcelona a la cabeza. En la segunda mitad del XI y primera mitad del XII surgen algunos cambios: se independiza Portugal, Castilla y León consiguen la hegemonía, desaparece el reino de Navarra (repartido entre León y Aragón) y se crea la Corona de Aragón (al unirse el reino de Aragón con los condados catalanes).
En la segunda mitad del XII y casi todo el siglo XIII la situación quedó del siguiente modo: . León y Castilla se separan temporalmente, lo que no impide que cada uno de ellos prosiga la reconquista contra el islam (Alfonso VIII de Castilla derrota a los almohades en las Navas de Tolosa, y su primo Alfonso IX de León recupera importantes territorios extremeños). Hasta que vuelven a unirse definitivamente con Fernando III el Santo en 1230, cuando Castilla toma la supremacía, formando un poderoso reino que incrementa la reconquista a costa del sur de Extremadura y Andalucía (en 1248 San Fernando conquista Sevilla). Su hijo Alfonso X el Sabio destaca más en temas jurídicos y culturales (como el Código de las Siete Partidas, donde se recogen las leyes más importantes de la Edad Media). . Navarra vuelve a reaparecer, pero perderá Vascongadas en favor de Castilla y acaba por unirse a los franceses (hasta 1512). . Según decíamos, en el siglo XII se crea la Corona de Aragón (aunque Cataluña y Aragón mantenían sus propias instituciones). Pero será en el XIII cuando consigue su gran expansión: sobre todo a partir de Jaime I el Conquistador, que recupera las Baleares y el reino de Valencia (el año 1236 toma la ciudad). Poco después inician su expansión por el Mediterráneo. . Portugal avanza hacia el sur, ampliando su territorio a costa de las tierras tomadas a los árabes.
La Repoblación fue el reparto y la ocupación por los cristianos de las tierras reconquistadas a los reyes musulmanes. Fenómeno que empezó en el mismo momento de la conquista de ciudades y territorios, pero que se prolongó lentamente en el tiempo mucho después de que los musulmanes perdieran el poder político en España. Se enmarca dentro de la explosión demográfica que tuvo lugar en Europa occidental durante los siglos XI, XII, XIII y primera mitad del XIV. La necesidad de defender los territorios reconquistados hizo que las ciudades o concejos, los repobladores cristianos y los labradores gozaran de unas libertades que no tuvieron los campesinos europeos, por lo que la opresión feudal fue más leve en la España cristiana. En los primeros siglos fue frecuente la repoblación espontánea por “presura”, por la que un labrador describía con un surco de arado la tierra que iba a cultivar. Pero, a partir del siglo XI fue casi siempre oficial, es decir concedida por el rey según varios tipos: monacal, concejil, señorial y de órdenes militares.
La(s) España (s) de las tres culturas: los grupos sociales Con el progresivo avance de la reconquista se hace cada vez más numerosa la población hispana y cristiana, sobre todo con las incorporaciones de los mozárabes. La sociedad hispanocristiana se asentó sobre dos pilares básicos: la condición de “cristiano viejo” y la riqueza territorial. Entre estas mayorías sobresalían: - La nobleza y el alto clero: constituida (por este orden) a su vez por señores (la nobleza propiamente dicha), ricos hombres (o magnates) e hidalgos (con títulos o herencia de sangre, pero a veces sin fortuna ya), basados en la técnica habitual del feudalismo (con su vasallaje y beneficio o feudo); y por los obispos, arcedianos y abades, dentro del ámbito religioso, en el que muchos fueron también señores. Los miembros más destacados de ambos estamentos formaban la Curia Regia, que asesoraba al rey. - Los campesinos, que trabajaban la tierra y evolucionaron notablemente a la vez que la cronología: al principio de la Reconquista destacan los pequeños propietarios, pero poco a poco perdieron esa aparente libertad y comenzaron a depender de los señores, cuyas tierras trabajaban en enfiteusis (arrendamiento por un largo período de tiempo, a cambio de abonar una cuota fija). - En los núcleos urbanos descollaban los comerciantes y artesanos, que formaban cofradías de oficios (asociados los de una misma actividad, bajo la advocación de un santo-patrón y que en algunos casos formaron auténticos gremios). Adquieren tanta importancia que desde finales del siglo XII algunos pasan a englobar la Curia Regia: que después se convierten en Cortes, y sería el germen de los actuales Parlamentos. Pero también destacaban otras minorías, como eran éstas: . Los mudéjares, o musulmanes que se quedan a vivir en territorio cristiano, que se dedican fundamentalmente a dos actividades: como campesinos, especialmente en Aragón y otras regiones agrarias de regadío (en lo que eran grandes especialistas); o empleados en labores artesanales (sobresaliendo la construcción), caso de Castilla, donde vivían en morerías (barrios extramuros de las ciudades). . Los judíos, que solían morar en las ciudades (en barrios llamados aljamas, donde conservaban sus autoridades religiosas y judiciales) y dedicados a actividades artesanales, comerciales y profesiones liberales (médicos, prestamistas, etc.). Al principio fueron bien tolerados (y en otras ocasiones, cuando interesaba), pero desde mediados del siglo XIII se les obligó a llevar un distintivo para su reconocimiento (el famoso sambenito). A finales del siglo XV serán expulsados por los RR.CC. . Los francos (franceses), que llegaron en gran número, sobre todo en los siglos XI y XII y se establecen junto al Camino de Santiago y otras ciudades del valle del Duero (incluso en Toledo). Su dedicación favorita sería el comercio (fueron buenos mercaderes) y la artesanía.
Manifestaciones artísticas y culturales Las primeras fueron similares a las de otros reinos europeos, y se desarrollaron especialmente en las iglesias, donde la pintura y escultura (sobre todo en los capiteles y portadas) sirvieron para educar en la fe cristiana. El capital para edificar esos templos y sufragar ese arte procedía básicamente de cuatro estamentos: botín de guerra, impuestos que abonaban los reinos musulmanes (parias), diezmos (canon obligatorio que pagaban los cristianos) y donaciones (destacando en este caso la nobleza). En el estilo arquitectónico constructivo destaca el Románico: primero en Cataluña (ya al comenzar el siglo XI, con la variedad lombarda), después a lo largo y ancho del Camino de Santiago, más tarde en los monasterios cistercienses y finalizando en las ciudades castellano-leonesas (Zamora, Salamanca, Ávila, etc.). Con el proceso reconquistador el Románico también llega a Extremadura. A finales del siglo XII aparece el Gótico (Ávila, Tarragona y Lérida), que durante el XIII se desarrolla y extiende con gran esplendor (León, Burgos, Toledo y un largo etcétera). También nos legará un rico repertorio en Extremadura, en sus diferentes tendencias. Las manifestaciones culturales eran muy variadas, dependiendo de las “tres culturas” (cristiana, judía y musulmana; aunque en seguida prevalecerá la cultura de la cristiandad latina) y de si afectaba a la mayoría o a las minorías. Destacamos la progresiva transformación del latín (desde el siglo VIII) y el origen de las primeras lenguas románicas (lo que se consigue a partir del XIII): gallego, castellano y catalán, con sus correspondientes variables o dialectos (leonés, aragonés, etc.); aunque no afectó al euskera. El papel de los cantares de gesta y romances, trovadores y juglares, fue fundamental en esa evolución idiomática. Obras como el Mío Cid, las de Gonzalo de Berceo, Cantigas de Alfonso X y otras varias se recuerdan aún como hitos de nuestra lengua y literatura. A destacar también las devociones populares (romerías, reliquias, generalización de devociones y cultos, etc.), el nacimiento de las Escuelas (de Traductores, Monacales, Catedralicias, Municipales, etc.) y de las Universidades (como las de Salamanca, Valladolid, Huesca y Lérida, tras el intento fallido de la de Palencia).
Dos pequeñas Citas:
“España es como un sombrero, con una meseta elevada en el centro, y el ala que la rodea al nivel del mar. La Meseta es pobre y de clima duro, continental. Los hombres que viven y han vivido en ella se han acostumbrado a las duras condiciones de existencia, desarrollando un espíritu independiente, así como un sentido integrador de toda la Península. Por el contrario, los bordes son ricos y de climas benéficos. Sus gentes tienden a la dispersión, a los contactos con el exterior, y su espíritu es comunicativo y viajero. La periferia es materialista y centrífuga; la Meseta, espiritualista y cohesionadora. La historia de España, en sus líneas generales, muestra este juego entre el casquete que sostiene y el ala imaginativa que quiere volar”.
José María Carandell.
“El verdadero castellano es indomable, no le reduce ni el frío ni el calor ni el hambre ni la tortura, ni la paz ni la guerra, es altivo y libre bajo una apariencia humilde y sencilla; y desde remotas épocas, mientras otros pueblos y razas de la historia vivían en la servidumbre, él sólo impera por la generosidad y el heroísmo. Antes morir que entregarse. Fue aventurero e independiente, con orgullo y dignidad de su pobreza llega a mendigante, pero no a esclavo. En cambio se rindió siempre al que le llamó amigo”.
Luis Pérez Rubín "Flor de la vida"
Su lectura nos traslada inmediatamente a muchos de los escritos de la generación del 98 (Azorín, Machado, Pío Baroja, etc). “Lo que señala de un modo inequívoco al hombre de esta generación es el pensar España, el querer a España por encima de sus restantes actividades, convirtiéndola en tema absolutamente preferido de ocupación mental, de visión, de arte y de vida”. Recordemos, por ejemplo, los poemas escritos por Antonio Machado en la última parte de Campos de Castilla. Poemas de indignación ante la España tradicional pero con la esperanza de un nuevo florecer:
Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza. Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.
Por otra parte, se debe mencionar cómo al final del Poema de Mio Cid, el matrimonio definitivo de las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar emparenta a éste con los linajes regios hispanos, de tal modo que el autor afirma: «Oy los reyes d'España sos parientes son; / a todos alcança onrra por el que en buena ora naçio» (6). Menéndez Pidal ya vio un «valor nacional» en esta expresión y en todo el Poema, y no deja de tener interés el hecho de que viene a mostrarse así al Cid como un vínculo entre las casas reales hispanas, con lo cual incluso podemos considerar que, de ser un héroe castellano, pasa a convertirse en un héroe español.
Sánchez Albornoz insistió siempre en el papel de la Reconquista en la configuración de España. Y de hecho, ese ímpetu reconquistador que acabará triunfando es aquel que se inició en el reino de Asturias, de donde pasó al de León, y luego al reino de Castilla y León, donde ya Asturias desapareció nominalmente. Así, hoy día, en el protocolo y la diplomacia lo que cuenta es la antigüedad, dándose un reconocimiento objetivo de que la monarquía española procede de la monarquía asturiana - aunque no por línea sanguínea, pero sí institucional -.
Las divisiones políticas que, por necesidades de tiempos muy duros, llegarían a producirse, no alterarían la conciencia de unidad. España llegará a ser una suma de reinos dentro de una misma nación. Más allá de la frontera musulmana se organizaron núcleos de resistencia, envueltos en curiosas leyendas que apelaban a milagrosas intervenciones de la Virgen María o del apóstol Santiago. Es a partir de Alfonso II el Casto con el “descubrimiento” del cuerpo de Santiago en Compostela, cuando los reyes francos hacen un uso político de este camino para unir el norte peninsular con el imperio franco, lo mismo que crearan otro hacia Roma con el mismo fin. El rey Alfonso preocupado por la reestructuración del reino leonés siguiendo los cánones del imperio carolingio y necesitando vencer también las resistencias de Al-Ándalus, va a utilizar el camino de Santiago como una barrera con el centro y sur peninsular, haciendo de este apóstol el símbolo permanente de la lucha contra el Islam.
A principios del siglo X ya detectamos una conciencia de que Hispania no se había perdido del todo, y que, en breve tiempo, sería restaurada. Las características esenciales de esta España que resucitaba eran:
Entre 1085 y 1140, se hizo el primer ensayo de unidad política, asumiendo los reyes Alfonso VI y Alfonso VII esa calidad de regir la “tota Hispania”, aunque sobreviviesen administraciones distintas. Las fuertes reacciones africanas, almorávide y almohade, inclinadas cada vez más rigurosamente al fundamentalismo musulmán, lo impidieron. La guerra imponía la división en cinco sectores que pudieran resistir la acometida, sin que pudiera librarse esa batalla resolutiva. Sin embargo, la conciencia hispana se mantuvo: el autor del Poema de Fernán González diría que, «de toda España, Castilla es lo mejor», mientras que la Crónica de Pedro el Ceremonioso insistiría en llamar a Cataluña la mejor tierra de España. Y los cinco reinos consideraban que su unidad de destino les empujaba a una recuperación de la España perdida, fijando sobre el mapa los límites del espacio que, a cada uno, debía corresponder. Esta tarea se concluyó a mediados del siglo XIII. Y entonces se planteó a los monarcas peninsulares la ardua pregunta de cómo hacer compatible la unidad deseada con la conservación de estructuras de gobierno que afectaban a los intereses de muchas personas. Nunca han faltado, tampoco, minorías que, por egoísmo posesivo, preferían renunciar a las ventajas de la unidad que establece comunicación y mayores dosis de libertad. Tampoco faltaron respuestas equivocadas: Alfonso X pensó en adoptar el sistema europeo del Imperio, y un descendiente suyo, Pedro I quiso recurrir a las armas para doblegar resistencias. Esto no podía conducir a libertad, sino a odio. Fue Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso, quien dio el primer paso decisivo descubriendo la diferencia que existe entre soberanía y administración:
Cuando en 1410 se produjo una vacante difícil en la Corona de Aragón, los reinos dijeron que la unidad, superior, debía ser a toda costa conservada. Después de 1368, los Trastámara, que utilizaron el Ordenamiento de Pedro IV para sus propias reformas, añadieron dos principios más:
Pero esta unidad política sin traumas no se presentaba como destrucción del pasado, sino como término de llegada de una comunidad que, por ser esencialmente cristiana, garantizaba a todos –leyes de Guadalupe– la libertad sin servidumbres, la comunicación económica interna y lo que los pensadores de la Escuela de Salamanca llamaron derechos de gentes, aunque es preferible referirse a ellos como derechos naturales humanos. La clave fundamental, que hacía compatible esa pluralidad de base con la unidad esencial de la nación, estaba precisamente en el cristianismo, que reclamaba el sometimiento de las leyes a un orden moral objetivo y preexistente.
LA HISPANIA DE LOS CINCO REINOS
Entre
los siglos XI al XIII inclusive, se desintegró el Califato de
Córdoba y se dividió en los reinos de taifas, se produjo la
reconquista y avanzó la repoblación cristiana. Los reinos de León,
Castilla, Portugal, Navarra, Aragón y Cataluña se configuran como
entidades distintas, aunque se unen o separan políticamente, según
las circunstancias y los intereses. Los siglos XIV y XV, hasta la llegada al trono de Castilla y Aragón de los Reyes Católicos, al final del siglo XV, son una etapa de transición entre dos momentos cumbres de la historia de España: la vitalidad de los últimos siglos medievales y el nuevo Estado moderno, produciéndose un cambio en los ideales, en las instituciones e incluso en los perfiles geográficos que adquieren los reinos peninsulares. Como en el resto de Europa, será un período con épocas de fuerte recesión económica, luchas por el poder político y brotes de agitación social, que acaban por remover instituciones e incluso dinastías. Se dan fuertes contrastes en los que cada reino peninsular perfila sus caracteres peculiares.
“España es el país de la “patria chica”. Cada pueblo, cada ciudad, es el centro de una intensa vida social y política. Como en los tiempos clásicos, un hombre se caracteriza en primer lugar por su vinculación a su ciudad natal o, dentro de ella, a su familia o grupo social, y sólo en segundo lugar a su patria y al Estado. En lo que puede llamarse su situación normal, España es un conjunto de pequeñas repúblicas, hostiles o indiferentes entre sí, agrupadas en una federación de escasa cohesión. En algunos grandes períodos (el Califato, la Reconquista, el Siglo de Oro) esos pequeños centros se han sentido animados por un sentimiento o una idea comunes y han actuado al unísono; mas cuando declinaba el ímpetu originado por esa idea, se dividían y volvían a su existencia separada y egoísta. Esto es lo que ha dado su carácter espectacular a la historia de España. En lugar de unas fuerzas que se van formando lentamente, como es el caso de otras naciones europeas, se han sucedido alternativamente los minúsculos conflictos de una vida tribal y unas grandes explosiones de energía que, económicamente hablando, surgen de la nada (…)”.
(Gerald Brenan)
Bibliografía:
-Brenan, Gerald: El laberinto español. Ed. Plaza Janes. Barcelona, 1984.
-Carr, Raymond: España 1808-1975. Ed. Ariel. Barcelona, 1985.
-Braudel, Fernand: La Historia y las Ciencias Sociales. Alianza Editorial. Madrid, 1979. -Fontana, Josep: Historia. Ed. Crítica-Grijalbo. Barcelona, 1982.
-Santacana, Juan y Zaragoza, Gonzalo: Historia. Ediciones SM. Madrid, 2003.
-Burgos Alonso M., Amador Parra A., García Fuentes L., García Guinaldo M., García Lorca, A., y Jaramillo Cervilla, M.: Geografía e Historia de España. Ed. Algaida. Madrid, 1987.
Artículos-Internet:
-Almagro Gorbea, Martín y Ruíz Zapatero, Gonzalo: La Paleoetnología de la Península Ibérica.
-Robert Lauer, A.: Roma y la romanización de la Península.
-Medina Molera, A.: Origen de la identidad y causa morisca.
-Pérez de Urbel, F.: ¿Por qué Cides?. Leyenda y realidad histórica del Cid Campeador.
-La web de Víctor (información publicada por Celtiberia.Net -artículos generales-): - Raíces Profundas. - Castilla.
-Albert Gutiérrez, F. J.: - Reconquista y Repoblación. - La Hispania de los cinco reinos.
-Cantera Montenegro, S.: Los Reyes Católicos, reyes de España.
Eva Raquel Castaño Morcillo (Baza, 30-11-2004)
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