REALIDAD Y FICCIÓN                                                                          LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN
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Escritura autobiográfica

 

LA ESCRITURA AUTOBIOGRÁFICA

Mercedes Laguna González, 1997

 

         La escritura de forma autobiográfica es la literatura de lo íntimo, que indaga en lo personal; aparecen en ella, de muy diversas maneras, temas relacionados con la vida del individuo, con su forma de ser, con sus sentimientos, con sus ideas.

            Hemos llamado a la escritura autobiográfica literatura[1], por tanto, indirectamente, la estamos considerando un género literario, y, en consecuencia, nos tropezamos de lleno, desde el principio de esta exposición, con el dilema ficción / realidad, que es clave en todas las cuestiones relativas a la literatura.

           

            La escritura autobiográfica es una forma de expresión y se puede manifestar de distintos modos, a la vez que puede responder a distintas intenciones del autor y a distintas lecturas por parte del lector destinatario. Establecemos una primera clasificación para situarnos en el corpus tan inmenso como heterogéneo de la escritura autobiográfica:

 

1.   SEGÚN LA INTENCIÓN DEL AUTOR Y LA INTERPRETACIÓN QUE HACE EL LECTOR RESPECTO A LA CONSIDERACIÓN DEL AUTOR (PERSONA REAL) COMO REFERENTE DE LA OBRA  :

 

a)  Obras de forma autobiográfica cuyo referente es el autor (persona real): autobiografías, memorias, biografías, epistolarios, confesión, autorretratos, diarios.

b)  Obras ficticias, de forma autobiográfica, cuyo referente no es el autor: novelas, poemarios, etc.

 

 

2.   SEGÚN LA TÉCNICA QUE SE UTILIZA PARA LA COMPOSICIÓN DE LA OBRA (TENGA UN REFERENTE REAL O NO):

           

a)  Obras en las que se cuenta la vida de alguien a través del tiempo (siguiendo un orden cronológico, yuxtaposición de tiempos, etc.): Autobiografías, biografías, memorias, confesión.

           

b)  Obras en las que aparecen temas relacionados con lo personal (ideas, sentimientos, formas de ser…), pero que no se presentan a través del tiempo sino enclavadas en el presente (sea ficitivo o real): diarios, autorretratos (aunque también pueden aprovechar el juego que da la distancia temporal);

·      Las cartas (o epistolarios) estarían situadas entre los dos grupos ya que pueden hacer referencia al presente y al pasado.

 

 

            Hemos partido de esta clasificación porque nos ha parecido que era necesario fijar las diferencias más claras de los distintos modos de escritura autobiográfica para poder pasar a estudiar las cuestiones más debatidas por la crítica, aquellas que agradan o difuminan las diferencias entre las modalidades señaladas.

 

 

 

 

2. RASGOS GENERALES de la escritura autobiográfica 

 

 

            Romera Castillo (1981:14) establece los características propias de la escritura autobiográfica, señalando que, precisamente por presentar un conjunto de rasgos que la caracterizan y la diferencian de otras modalidades, constituye, la escritura autobiográfica un género literario.

            Los rasgos diferenciados de la escritura autobiográfica serían, según Romera Castillo los siguientes:

 

           

1. El yo del escritor queda plasmado en la escritura como un signo referencia de su propia exis­tencia.

 

2. Existe una identificación del narrador y del héroe de la narración.

 

3. El relato debe abarcar un espacio temporal suficiente para dejar rastros de la vida (la extensión es libre: puede ocupar varios volúmenes o una página).

 

4. El discurso empleado, en acepción de Todorov, será el narrativo, como corresponde a unas acciones en movimientos (el retrato, sin incluirlo en la dinámica actancial, sería por sí solo una des­cripción estática).

 

5. El sujeto del discurso se plantea como tema la narración sincera (si no en su plena integridad, sí parcial­mente) de su existencia pasada a un receptor (testigo nece­sario de le discursividad de la literatura intimista).

 

6. La for­ma utilizada para expresar su historia puede ser variada: la primera persona (el yo), o monólogo puro, donde la tinta recae sobre el emisor del discurso más que en sus acciones; la segunda persona (tú), como obra San Agustín en sus Con­fesiones al hacer a Dios destinatario de su discurso, para que el receptor se vea implicado; la tercera persona (él), que sirve—sobre todo en los relatos autobiográficos de ficción, según veremos luego—de máscara tras la que el escritor se esconde, ya sea por humildad, cobardía o simple ficción litera­ria; o la alternancia de personas gramaticales.

                                                             Romera Castillo (1981: 14)

 

 

         Como vemos el tipo de escritura autobiográfica a la que pertenecen estos rasgos definidos por Romera Castillo en 1983, pertenecen a la modalidad a) de nuestra primera división; es decir, se trata del conjunto de rasgos comunes que se pueden encontrar en las obras cuyo referente es el yo existencial del autor que firma la obra; por lo menos ésa es la intención del autor y así lo interpreta el lector (consecuencia del pacto autobiográfico establecido entre ambos, como señala Lejeune (1994).

           

            Avisa también Romera Castillo que hay “un tipo de literatura referencial intimista con mayor pureza y otros que, integrados en un espectro, se vayan mixtificando paulatinamente” (1981:13).

 

 

 

 

3. RASGOS GENERALES DE LA ESCRITURA AUTOBIOGRÁFICA. Estudio de las cuestiones polémicas en torno a la escritura autobiográfica

 

            Analizaremos a continuación estos seis rasgos que Romera Castillo considera diferenciadores de la escritura autobiográfica, haciendo referencia a los estudios más destacados sobre autobiografía y literatura intimista. Estudiaremos las cuestiones polémicas de cada uno o los agruparemos para tratar algunos temas interesantes.

            Hemos de destacar, antes de comenzar el análisis, que la crítica se ha centrado especialmente en una de las modalidades de la escritura autobiográfica: la autobiografía. Por tanto, muchos de los puntos que vamos a tratar están referidos a la autobiografía. Los autores, en general, estudian las características de la autobiografía y, en relación a ella -señalando diferencias o semejanzas- tratan las otras modalidades de la escritura autobiográfica.   

           

 

3.1. El “yo” del autor en el relato. La sinceridad del escritor

 

            Unimos, en primer lugar, los rasgos 1º y 5º de los señalados por Romera Castillo, porque plantean uno de los problemas estudiados con mayor profundidad por la crítica: la cuestión del “yo” del autor en el relato autobiográfico y la sinceridad del escritor en relación con lo que dice respecto a su propia vida en el texto. 

 

            1. El yo del escritor queda plasmado en la escritura como un signo referencia de su propia exis­tencia.

            5. El sujeto del discurso se plantea como tema la narración sincera (si no en su plena integridad, sí parcial­mente) de su existencia pasada a un receptor (testigo nece­sario de le discursividad de la literatura intimista).

 

 

            Se trata de un problema que, a su vez, incluye otras tantas cuestiones en torno a la forma autobiográfica de la escritura. Vamos a intentar sintetizar agrupando los distintos estudios en dos tendencias significativas. En el fondo, como decía Pozuelo Yvancos (1993), la polémica de la crítica alrededor de la escritura autobiográfica es sólo cuestión de ideología.

 

a) Capacidad / incapacidad del lenguaje para expresar (y construir) la (propia) vida.

 

            Se dan dos tendencias críticas enfrentadas, aparentemente; cuentan cada una con representantes destacados:

 

1)  Los que ponen el acento en la capacidad de la escritura autobiográfica de ser portadora de datos reales referidos a la existencia verdadera del autor. El representante más destacado de esta tendencia es Philippe Lejeune.

2)  Aquellos que insisten (influidos por la filosofía deconstruccionista de Jacques Derrida) en la incapacidad de la autobiografía (y por extensión de la escritura autobiográfica) para expresar la realidad de la vida del autor. Negando, en especial, la capacidad del lenguaje para expresar la vida. Paul de Man se ha situado a la cabeza de esta corriente deconstruccionista de la autobiografía.

 

La “cuestión palpitante” (diremos utilizando la expresión de E. Pardo Bazán referida al naturalismo) de la autobiografía gira en torno a la posibilidad e imposibilidad del lenguaje para ser expresión de la realidad, concretamente de la realidad individual -que parece la más inasible-. Y, avanzando por el camino de la capacidad del lenguaje, la posible competencia de éste para ser constructor del propio individuo. Algo impensable para Paul de Man, Jacques Derrida, etc., para quienes el lenguaje y todo lo que puede construir el lenguaje queda en el ámbito de la ficción.

Nos encontramos, pues, como indicamos al principio, en uno de las claves de la cuestión autobiográfica y, en consecuencia, de la literatura en su conjunto: la relación-oposición ficción / realidad.

No olvidemos que estamos considerando la escritura autobiográfica como un género literario, partícipe, por tanto, de las condiciones de la literatura, aunque con sus características especiales o rasgos diferenciadores.

 

b) Ficción / Realidad en la literatura y en la escritura autobiográfica

 

Antonio Garrido Domínguez en su libro sobre los textos narrativos estudia los puntos claves de la relación realidad-ficción haciendo un repaso de las opiniones más destacadas en relación al tema. Presentamos a continuación una síntesis del trabajo de Garrido Domínguez (1993: 27 y ss.):

 

En primer lugar, Garrido Domínguez parte de la pregunta: ¿Cuál es el referente de un relato literario?. Para contestar a esta pregunta se ha de partir de las relaciones entre el mundo de la fantasía y el mundo real. ¿Cómo se ve la realidad desde el arte? ¿Cómo un representación mimética o cómo ilustración de la misma? Por medio de las convecciones del arte, se pueden sugerir aspectos de la realidad, aunque el autor no pretenda ser fiel al mundo objetivo[2].

En la Poética, Aristóteles presentaba la literatura dramático-narrativa como mímesis de acciones. El relato literario, apunta Garrido Domínguez consiste en una realidad descomprometida respecto al mundo objetivo, enmarcándose en el dominio de lo posible. Lo característico de la literatura es su verosimilitud, lo que sin ser real, es creíble y convincente.

 

En cuanto construcción imaginaria, el relato de ficción implica la creación de mundos, mundos alternativos al mundo objetivo, sustentados por la realidad (interna o externa) que hace posible el texto.

La experiencia estética que el texto facilita implica la realción entre el mundo del autor -textualmente proyectado a través de los signos y las convecciones literarias- y el mundo de los lectores. El lector debe cooperar intencionalmente con el fin de completar las inevitables lagunas que todo texto literario implica por su esquematismo. Es el lector el que, con ayuda de sus facultades (afectividad, imaginación, inteligencia, memoria literaria, etc.) y experiencia vital, da forma al objeto, al referente de la ficción, a partir de las instrucciones del texto (Albadalejo, 1986: 75-79).

La simbiosis entre la realidad efectiva y los elementos ficcionales dentro del texto de ficción admite diferentes grados de intensidad (M.L. Ryan, 1980: 415 ss): la ausencia total de elementos de la realidad en los relatos fantásticos[3].

La realidad y la ficción conviven generalmente en el marco de los textos ficcionales, pero siempre sin confundirse, ya que sus modos de existencia son peculiares e imprescindibles.

Para Martínez Bonati (1992: 167-177) el fundamento de la experiencia artística reside en que no buscamos ninguna verificación empírica para el objeto que la obra contiene; éste tiene sus puntos de anclaje en el ámbito de la imaginación. De esa desvinvulación de la realidad efectiva procede precisamente la riqueza (y la ambigüedad) del objeto ficiticio. Es la ficción la que establece, de acuerdo con las convecciones artísticas, su propio campo de referencia, la que decide su coherencia interna.

Según Ricoeur (1983:134), la realidad humana permanece siempre como horizonte último, inevitable de la obra de ficción. El significado de un relato surge de la relación entre el mundo fantástico, creado por el autor, y el mundo real o sensorial.

Precisamente la teoría de la ficción trata de dar cuenta de las relaciones que se establecen entre la realidad efectiva y la ficción en el marco del texto ficcional.

                     (Garrido Domínguez, 1993: 27 ss)

 

Hasta aquí el resumen del estudio de Garrido Domínguez. Volveremos a él en adelante para examinar temas decisivos en la investigación sobre la escritura autobiográfica.

 

 

 

c) El modo de conocimiento que supone la literatura

 

            Para presentar el modo de conocimiento que supone la literatura vamos a acudir a dos estudiosos de la obra literaria: Mª. del Carmen Bobes Naves y Juan Oleza. Utilizaremos el análisis del modo de conocimiento que supone la novela como género y la novela histórica en particular como ejemplo del modo de conocimiento que significa la autobiografía (o la escritura autobiográfica) en cuanto género literario.

 

            Mª. del Carmen Bobes Naves (1993) estudia en su libro sobre la novela el modo de conocimiento del mundo que supone este género literario. Aunque en nuestro trabajo nos interesan las novelas, en principio,  sólo en cuanto que pueden ser novelas de ficción autobiográfica, también nos será útil este estudio sobre la novela para la autobiografía como género literario, como veremos más adelante.

            Nos detenemos, pues, en la novela.

            Por el hecho de pertenecer al conjunto de las creaciones artísticas producidas por el hombre, está vinculada a las obras anteriores y a los sistemas culturales coetáneos.

            La novela, como toda la literatura, es al mismo conocimiento y juego. Conocimiento del hombre y  del mundo, y juego como acto lúdico para el que escribe y para el que lee.

La novela puede suponer para el lector un vehículo que le ayude a interpretar la realidad, una explicación de este mundo, presente y pasado, y una aproximación al conocimiento de otros mundos posibles.

            María del Carmen Bobes Naves (Bobes Naves, 1993: 22), al explicar las distintas funciones de la literatura, afirma que la novela es “un medio que tranquiliza al hombre al servirle de expresión y ofrecerle respuestas a cuestiones antropológicas que se plantea respecto al pasado y al presente (…) La novela puede ser considerada como un proceso de conocimiento, pues puede dar una explicación de las personas, de sus conductas, de los motivos por los que actúan y de las consecuencias de sus acciones”.

Una obra novelística que consigue ser para el lector un “proceso de conocimiento” necesariamente ha sido creado por una persona capaz de ver de manera privilegiada el mundo.

Decía Émile Zola (1987: 183) que la capacidad para “ver el mundo” es aún más escasa que la capacidad de crear, y que eran pocos (en su época) los escritores que poseían el don de penetrar con exactitud lo real para transmitirlo después en sus obras.

 

Juan Oleza (1994) presenta un trabajo sobre la novela histórica a finales del siglo XX en el que realiza un estudio de las relaciones entre realidad y ficción tal y como se presentan en el discurso narrativo, especialmente de la novela histórica, que resulta muy esclarecedor para el tema que estamos tratando.

Presentamos en síntesis el artículo de Juan Oleza:

 

 

· Al imponer una trama a los acontecimientos reales no se refleja la vida tal como es sino una imagen de la vida, que es y sólo puede ser imaginaria, y al ponerle un fin, se dota a la secuencia de una significación moral, pues los acontecimientos no son tales sin una trama que los seleccione, destaque y ordene.

· Para White (1978), la Historia y la Ficción operan de manera básicamente semejante a la hora de enfrentarse a lo real, pues ambas utilizan la narración como modo de conocimiento de lo real, ambas constituyen un único discurso simbólico, cuyo mayor poder no es el informativo, sino el de generar imágenes de lo real.

· La trama de una narración histórica no reproduce el pasado, no lo imita, tampoco lo explica, lo comprende y lo simboliza, se constituye en un correlato alegórico.

· Ricoeur (1985): el relato supone una “pretensión de verdad” por parte del autor.  El lector es la clave para interpretar esa intención de verdad del escritor.

 

· Las Autobiografías, etc. (Memorias, Crónicas, Diarios…) son formas híbridas entre la Ficción y la Historia.

 

LA HISTORIZACIÓN DE LA FICCIÓN

· Tanto la novela histórica como las formas híbridas señaladas (autobiografía, etc.) nos llevan a la cuestión de la ficcionalidad del discurso literario, o su cara opuesta, la referencialidad del discurso histórico.

 

PRAGMÁTICA

· El lenguaje literario no es sino un uso especial del lenguaje, un juego de lenguaje (reglas, convenciones, tipo de situación comunicativa)

Los lectores son que lo aceptan como literario un determinado texto.

· El objetivo de esta clase de actos de habla es no sólo producir creencia (como las aserciones) sino también implicar imaginativa y afectivamente al lector en el estado de las cosas representado, incitarle a tomar partido, a evaluarlo.

 

FENOMENOLOGÍA

· Paul Ricoeur (1980):  proporciona una última clave para las bodas entre Historia y Ficción: devolver al concepto de representación sus posibilidades de juego. Relacionando la capacidad de representar lo real por medio del discurso literario con el concepto de mímesis: redefinición de la mímesis como un proceso en tres fases, que conduce desde la prefiguración  de los acontecimientos reales por el autor, a su configuración en el texto por medio de la trama, para llegar a su transfiguración por el lector. El texto literario, otra forma de lo real, tendiendo un puente entre nuestra capacidad de experiencia humana como agentes y nuestra facultad de transformarla en experiencia estética por medio de la lectura.

El texto, la trama en que se ordenan nuestras experiencias resulta así un mediador fundamental.

                                   (Oleza,1994: 83 ss) 

 

 

 

d) Posiciones enfrentadas. Una cuestión de ideología

 

1. Facultad del lenguaje para expresar lo real:

 

n   Autoinvención en la autobiografía: el momento del lenguaje:

En el extremo de esta primera posición (defensa del poder del lenguaje para expresar la realidad) encontramos la postura de J. Eakin y de E. Bruss.

                        John Eakin (1991) afirma que “el yo existe y éste crea el mundo a través del lenguaje”. Habla del papel determinante de la referencia en el reconocimiento de cualquier texto como autobiográfico[4]: “siendo, por supuesto, la referencia principal  la identidad explícitamente postulada entre el personaje principal y el narrador del texto, por una parte, y del autor del texto por la otra”[5] (1991: 80).

Eakin cita a James Oleny para insistir en que “el punto de vista que Paul de Man expone sobre el dsicurso de la autobiografía en particular y sobre el lenguaje en general contradice la concepción tradicional de la autobiografía como teatro de la autoexpresión, el autoconocimeinto y el autodescubrimiento” (Eakin: 1991: 81).

         Para asentar su teoría sobre bases sólidas, Eakin echa mano de las teorías de Benveniste sobre el lenguaje.

         “Los tratamientos contemporáneos más prometedores sugieren que el yo y el lenguaje están mutuamente implicados en un único e interdependiente sistema de comportamiento simbólico. (...) Para comprender la condición del hombre en el lenguaje, E. Benveniste advierte que debemos abandonar “las viejas antinomias del “yo” y el “otro”, del individuo y la sociedad. (…) Según Benveniste: “es literalmente cierto que la base de la subjetividad  está en el ejercicio del lenguaje”. Define la subjetividad como la capacidad del hablante de proponerse a sí mismo como sujeto. (…) El lenguaje es el modo de autorreferencia más importante.” (Eakin, 1991: 82).

 

         Y cuando expone lo que él llama “el momento del lenguaje” trae a colación las tesis de E. Bruss, quien “identifica el yo y la autobiografía como estructuras lingüísticas homólogas. (…) E. Bruss aboga por un acercamiento a la autobiografía basándose en el modelo de acto de habla”. Bruss conceptualiza “la autobiografía como una forma de elocución; (…) propone propone que es una tarea del crítico de la autobiografía, trabajando a partir de claves lingüísticas o registros incluidos en el texto, para reconstruir el contexto del habla original y conseguir así una llave del mundo privado del autobiógrafo”. (Eakin, 91: 86).

         Terminamos esta síntesis del estudio de Eakin con sus palabras sobre la capacidad de la autobiografía: “Si aceptamos la escritura de la autobiografía como una especie de habla y si postulamos la “intención” de un texto así es comunicar la naturaleza del yo autor (el “efecto”), entonces puede que consideremos la posibilidad de que la autobiografía, como el habla, pueda proporcionar un medio en el cual, tanto para el autobiógrafo como para su lector, el yo pudiera aprehenderse en su presencia viva.” (Eakin, 91: 87).

 

n    Georges May:

         Georges May (1979) concluye que el postulado básico de la autobiografía es que el hombre existe, y sobre este postulado descansa la fortuna de la autobiografía. Toda autobiografía entraña, explícitamente o implícitamente un testomonio. El autobiógrafo pretende reencontrar en sí mismo a la especie humana. La intimidad conduce a la universalidad.

                        Incluye May  esta conclusión sobre la autobiografía en el apartado en el que habla de “La paradoja fundamental de la autobiografía”: “La narración que hace el autor de su propia vida tiene por virtud, quizá inesperada, quizá mágica, la de reflejar también, aunque de otra manera, la de su lector”. Para avalar esta opinión, Georges recuerda las palabras de Simone de Beauvoir: “Cuando un individuo se expone con sinceridad, casi todo el mundo entra en el juego”.

 

 

 

n    Paul Jay:

         En 1984, Paul Jay escribió El ser y el texto, traducido al español en 1993 en Megazul. El propósito del libro es, según nos dice su autor: realizar “un análisis histórico del impacto que han tenido las ideas en constante transformación acerca del “yo” psicológico y del sujeto literario sobre las formas de autorrepresentación literaria, a lo largo de los siglos XIX y XX” (1993: 17).

         Se trata de un trabajo muy interesante en cuanto a la interpretación de las obras de forma autobiográfica (lo que Paul Jay llama “formas de autorrepresentación literaria”) como presentación psicológica del sujeto; a la vez, que un estudio de las distintas formas en las que aparecen:

                        “El análisis de la autorrepresentación literaria que expongo posee una doble vertiente: por una parte, recorre la evolución de las estrategias textuales que han proliferado en la composición de la literatura autorreflexiva a medida que surgen a manera de respuesta ante las cambiantes concepciones del sujeto” (1993: 17).

         El libro me parece acertado sobre todo en los siguientes aspectos:

n     En primer lugar, el término que utiliza para referirse a la escritura autobiográfica: literatura autorreflexiva o formas de autorrepresentación literaria. Ya que resulta más esclarecedor para englobar a las distintas modalidades y no confundirlas con la autobiografía propiamente dicha.

n     Después me parece interesante el estudio comparativo que hace entre la literatura autorreflexiva y el psicoanálisis, además de todas las cuestiones filosóficas que están en continua relación con la escritura autorreflexiva.

n     Aunque el análisis de las Confesiones de San Agustín es un tema que tratan de forma repetida los distintos estudiosos de la escritura autobiográfica, este de Paul Jay me ha parecido especialmente sugestivo para acercarnos a la obra en particular y a toda la literarura autorreflexiva en particular. Dice Paul Jay del libro de San Agustín que todas y cada una de “están igualmente atentas a su renovación y transformación, operada a mediada que escribe. Agustín existe en su propia narración no tanto como sujeto que sea preciso recordar en el lenguaje, sino más bien como sujeto que ha de ser transformado por medio del lenguaje (…) Su “alma en ruinas”, espera que Dios le ayude a “reconstruirla de nuevo”. Escribe sobre el pasado con objeto de “curar” en el presente lo que él mismo denomina su “enfermedad”(…) Agustín, el sujeto de las Confesiones se vincula a Agustín, el autor de las Confesiones, en un esfuerzo de representación que se propone, mediante el recuerdo de aquél, la transformación de éste”. (Jay, 93: 29)

 

 

 

 

n    Ángel Loureiro:

Aunque Loureiro en sus estudios sobre la escritura autobiográfica parece dudar, en principio de la capacidad del lenguaje para ser representación o construcción del individuo, en el artículo de 1993 (“Direcciones de la autobiografía”), presenta una puerta abierta a cierto poder del lenguaje en relación al conocimiento del sujeto. Es el camino de la alteridad. Veamos las palabras de Loureiro:

“El estudio de la alteridad podría resultar fructífero si lo abordamos en el contexto de las concepciones del poder y del sujeto de Focault. Tal vez podrían soslayarse muchas de las dificultades apuntadas si no partimos de que en la autobiografía nos hallamos ante un ser autónomo, íntegro, propio, autodeterminado o autoconsciente sino que, al contrario, vemos al sujeto en el sentido de Foucault: “sujeto a alguien por medio del control y de la dependencia; y sujeto a su propia identidad por una conciencia o autoconocimiento”(…) La confesión sería una de las formas privilegiadas de creación de la individualiad, de creación de un discurso verdadero acerca de uno mismo, de la constitución del sujeto como autoconciencia, en una situación en que se da una relación de poder esencial para esa constitución subjetiva: “la confesión es un ritual de discurso en el cual el sujeto que habla coincide con el sujeto del enunciado (…) La escritura autobiográfica podría considerarse una forma más de lo que Foucault llama las tecnologías del yo, las cuales “permiten a los individuos efectuar por sus propios medios o con la ayuda de otros operaciones sobre sus propios cuerpos o almas, pensamientos, conducta y forma de ser, con el fin de autotransformarse para alcanzar cierto grado de felicidad, pureza, sabiduría, perfección o inmortalidad”. (Loureiro, 1993: 43-44)

 

 

 

n    María Zambrano:

            Aunque más adelante, en el apartado sobre las modalidades de la escritura autobiográfica, estudiaremos la modalidad de la confesión partiendo del estudio de María Zambrano La confesión, género literario, en este punto presentamos las ideas esenciales sobre la concepción del lenguaje y su capacidad para expresar, comunicar y construir a la persona humana que defiende la filósofa escritora. Seguiremos para esta primera exposición sobre el pensamiento de María Zambrano el artículo de María Luisa Maillard de 1993:

 

            “María Zambrano ha eludido, a la hora de transmitirnos sus ideas, el claro camino de los conceptos. Frente a la actividad definidora, ha preferido la sugerencia de la actividad simbólica y la tropológica. Frente a la semántica, ha preferido la estilística. Se trata de una elección que busca elevar a la conciencia los mecanismos de poeticidad que encierra el lenguaje. Arranca de un toma de postura inicial muy semejante a los planteamientos de Jacques Derrida (búsqueda de ese momento lírico anterior a la actividad logocéntrica). Sin embargo, la apuesta de María Zambrano es de esperanza. si la filósofa reclama lo poético a la luz de la conciencia, es precisamente por se confianza en la facultad simbólica del lenguaje como una forma de conocimiento más próxima a la vida que la de la violencia de los conceptos, patrimonio de la cultura occidental desde Aristóteles”. (Maillard García, 93: 281)

 

 

2. La autobiografía no se puede mover más allá de su propio texto hacia un conocimiento del yo y del mundo.

 

n   Paul de Man

       Para sintetizar las teorías de Paul de Man sobre el discurso autobiográfico, utilizaremos el estudio de John Eakin; hemos escogemos la síntesis de este autor porque, al defender él las ideas contrarias a la posición de De Man, se fija en las cuestiones que nos interesan especialmente en este punto:

“Paul de Man, en su ensayo sobre el discurso autobiográfico, plantea un ataque frontal basado en la presunción de que la autobiografía pertenece “a un modo más simple de referencialidad”, de este tipo, que “parece depender de hechos reales y potencialmente verificables de una manera menos ambivalente que la ficción”. En la epistemología de de Man, la aspiración de la autobiografía de moverse más allá de su propio texto hacia un conocimiento del yo y su mundo, se funda en la ilusión, ya que “el modelo especulativo  de la cognición”, en el cual “el autor se declara a sí mimo el sujeto de su propio entendimiento”, “no es ante todo una situación o un hecho que pueda localizarse en una historia, sino… la manifestación, al nivel del referente, de una estructura lingüística” La base referencial de la autobiografía es, pues, inherentemente inestable, UNA ILUSIÓN PRODUCIDA POR LA RETÓRICA DEL LENGUAJE. De Man se centra en la figura de la prosopopeya, el tropo dominante tanto en el epitafio como en la autobiografía, “mediante el cual el nombre de uno se hace tan inteligible y memorable como una cara”; “ficción de la voz desde más allá de la tumba” (…) De Man concluye: “hasta tal punto el lenguaje es figura (o metáfora o prosopopeya) es realmente no la cosa misma, sino la representación, la imagen de la cosa, y, como tal, es silencioso, mudo como las imágenes”(…) La destrucción del discurso autobiográfico es ahora completa; despojada de la ilusión de la referencia, la autobiografía vuelve una vez más a inscribirse en la cárcel del lenguaje”. (Eakin, 91: 82)

e) Identidad  Autor-Narrador-Personaje

 

El yo del escritor queda plasmado en la escritura como un signo de referencia de su propia existencia”. Éste es el primer rasgo de la escritura autobiográfica que Romera Castillo (1981) subraya.

Después de la polémica de la que hemos dejado constancia arriba sobre la capacidad del discurso autobiográfico para ser representativo del yo del autor, trataremos en concreto de esta relación que se sitúa en la base de la escritura autobiográfica: la relación (o, tal vez, indentidad) entre el autor del texto, el narrador (ente ficticio que narra) y el personaje.

“El sujeto del discurso se plantea como tema la narración sincera” (Romera, 1983: 14). El rasgo básico de la literatura autorrepresentativa es la intención (sincera) del autor. Recoge Lejeune (1994:  ) la definición que en 1876 hacía Vaperau de la autobiografía: “obra literaria, novela, poema, tratado filosófico, etc., cuyo autor tuvo la intención, secreta o confesada, de contar su vida, expresar sus ideas o expresar sus sentimientos”. Se pregunta Lejeune, tras esta definición de diccionario, ¿quién decidirá la intención del autor? Y responde sin dudarlo que es el lector el que decide si una obra ha sido elaborada con una intención autobiográfica o no.

Y es que lo que interesa para el género autobiográfico no es si responde o no la verdad, sino si el lector, que es quien re-crea la obra al leerla, la descodifica como escritura autobiográfica, es decir, si utiliza para la interpretación las claves que le proporciona el que sea el discurso autobiográfico un referente de la vida o del “yo” del autor.

Como dirá Darío Villanueva, leemos con una intención de realismo, aun las obras que consideramos plenamente ficticias (Villanueva, 92 y 93).

La insistencia en el punto de vista del lector (característica, por otra parte, de la teoría y la crítica literaria actuales, sobre todo, a partir de la Estética de la Recepción) es una constante en los trabajos de Philippe Lejeune sobre la autobiografía, como lo es también en el estudio de Georges May (1979). Aunque la crítica norteamericana, y la teoría deconstruccionista en particular, opine de estos estudios que suponen posiciones tradicionales y superadas (¿?) respecto a la escritura autobiográfica.

May  dedica un capítulo de su libro al punto de vista del lector, en el que elabora un estudio interesantísimo de la perspectiva de la recepción en la escritura autobiográfica:

n    Al lector no le importa si la autobiografía es auténtica o no (él lee con intención realista).

n    La escritura autobiográfica gusta al lector porque se identifica, de alguna manera, con el “yo” que se autoexpresa y esa identificación le sirve para tranquilarze: encuentra que a otras personas le han pasado cosas parecidas a las que a él le han ocurrido, capta ideas que le parecen importantes sobre el sentido de la vida, etc.

n    “Lo íntimo es el camino más seguro hacia lo universal y lo general”. “El autobiógrafo -que sabe hundirnos en las profundidades de su memoria para buscar la unicidad de sus propios recuerdos- nos facilita, sin saberlo siempre, el acceso a nuestra intimidad más estricta”. (May, 79: 129)

 

            Sin embargo, las teorías de Lejeune y May, que se asemejan a la posición de Romera Castillo (1983), son las que últimamente han retomado los críticos; destacan, en el ámbito hispano, las opiniones de Darío Villanueva (1991 y 1993) y Pozulelo Yvancos (1993).

            Se trata de colocar el eje del estudio de la autobiografía (o escritura autobiográfica)  en el lector y en las consideraciones pragmáticas. Lo estudiaremos con más detenimiento en el apartado g): “Soluciones semiológicas y pragmáticas. La Estética de la Recpeción”.

 

            Continuemos ahora con la proposición de Lejeune en el pacto autobiográfico (1994:   ) “para que haya autobiografía es necesario que coincidan la identidad del autor, del narrador y del personaje”. Respecto a esta cuestión de la identidad Autor-Narrador-Personaje, en El pacto autobiográfico, bis (1994:   ), Lejeune apunta. “Siempre tuve la idea de que el centro del campo autobiográfico era la confesión”.

            La confesión del autor, es decir la intención (sincera o no) de que el que dice “yo” en el texto corresponda al “yo” del autor.

            La idea de la importancia de la confesión en la escritura autobiográfica aparece también en María Zambrano (1995)[6]. María Luisa Maillard García lo estudia en su artículo de 1993. La consideración de la confesión como género literario sirve a María Zambrano para establecer la diferencia entre novela y la confesión propiamente dicha (la escritura autobiográfica que cumple una serie de condiciones): “María Zambrano subraya las diferencias entre novela y confesión: pues ambas son expresiones de seres individualizados a los que se les concede historia (…) La confesión no partiría de un tiempo virtual, sino de la confusión e inmediatez del tiempo real, para ir a la búsqueda de otro tiempo, no por imaginario menos real: aquel capaz de dar cuenta de la unidad hallada de una vida” (Maillard García, 1993: 283).

            Nos encontramos en este punto abocados, a través de las ideas de María Zambrano, a tratar el tema del tiempo y la narratividad como expresión de la vida, pero este tema lo dejaremos para más adelante.

 

            Siguiendo con la cuestión que nos ocupa en este epígrafe (identidad Autor-Narrador-Pesonaje), retomamos la exposicón de Fernando Cabo Aseguinolaza (1993). Nos parece acertada la postura que propone. A la intención del autor, él la llama “voluntad de identificación” del autor con el narrador y el personaje.

Todas las características de la forma autobiográfica, dice Fernando Cabo “hacen de ella un lugar de privilegio para la reivindicación desde y para la teoría de la literatura de la figura y el concepto de autor; y no sólo como una noción accesoria o meramente instrumental, ni como una presencia incómoda difícil de situar en el entramado conceptual de una teoría, sino como un elemento ineludible en un entendimiento dialógico del hecho literario. En lo que se refiere a las autobiografías, sean o no de las que se conocen como ficticias, hay una primera circunstancia de necesario reconocimiento: el yo no puede ser entendido en ningún caso como expresión inmediata del autor. Pero ello no debe impedir, por otro lado, que admitamos con todas sus consecuencias que el yo de las autobiografías, llamémosles reales, se construye sobre una voluntad de identificación.(…) A mi juicio, este proceso de identificación constituye la principal dimensión retórica de la autobiografía, y como tal se fundamenta sobre la pretensión de un efecto y la confianza en un determinado ethos autorial. En este orden de cosas, lo más llamativo en el artefacto autobiográfico es la presencia de una voz de apariencia autoconstituyente que trata de imponerse a sí misma como enunciadora de un determinado discurso y busca delimitar su propio contorno desde la base de un esfuerzo de identificación”. (1993: 136)

 

 

 

f) Autor-narrador en la obra literaria

 

Buscando las conexiones entre la escritura autobiográfica y la novela (o relato fictivo) que señalábamos en la Introducción, creemos oportuno dedicar un epígrafe a las relaciones entre autor y narrador en las obras literarias, especialmente las narrativas. Y no sólo porque nos queramos centrar en la literatura propiamente de ficción, sino también porque entendemos que el género autobiográfico y el género de las obras de ficción de forma autobiográfica sufren (ambos) un fenómeno de ósmosis:

1.   La literatura autobiográfica de ficción toma las formas, los temas, las preocupaciones de las obras autobiográficas (las que tienen intención -sincera o no- de tener como referente al autor).

2.   La escritura autobiográfica por ser un género literario y pertenecer, por tanto, a la literatura, no escapa de las creaciones fictivas que supone el lenguaje literario.

3.   La literatura de ficción, sobre todo en la actualidad, como apuntaba Lejeune (1994: 83), está tiñiéndose, cada vez más del llamado por él “espacio autobiográfico”. Los autores dan pie para que se interprete su obra como un espacio autobiográfico (mediante entrevistas, artículos, escritos autobiográficos…). Y al lector le gusta rastrear en las obras de ficción las claves autobiográficas de los autores.

 

            Presentamos a continuación, en síntesis, las aportaciones que sobre la relación Autor-Narrador de dos teóricos de los textos narrativos: Isabel Román Gutiérrez y Antonio Garrido Domínguez.

            Isabel Román Gutiérrez en la primera parte de su libro sobre la novela del siglo XIX (1987) presenta datos básicos sobre la teoría de la narratividad, que interesan para entender tanto la novela del siglo XIX como la novela contemporánea, y, por extensión, también nos ayudan a acercarnos con mayor claridad a la escritura autobiográfica. Veamos su estudio sobre el Narrador-Autor:

 

“Se hace necesario establecer quién es el narrador de la novela. En principio hay un cierto paralelismo con la diferencia antes mencionada entre el mundo real y el mundo novelesco. Vimos cómo este último adquiría entidad propia al margen de la realidad externa. De igual manera, el escritor no tiene necesariamente que identificarse con el narrador de la novela en sus distintas manifestaciones. Existe la misma oposición ficción‑realidad. Quede bien claro que no pretendo negar las relaciones e influencias que el escritor como hombre pueda ejercer sobre la ficción novelesca, sino afirmar que ésta es una realidad artística distinta al entorno real. Es inevitable separar las vivencias del escritor de su creación artística.

         Como expone Roland Barthes, qui parle (dans le récit) n'est pas qui écrit (dans la vie) et qui écrit n'est pas qui est, diferenciando claramente el hombre que existe como tal ("qui est"), el escritor ("qui écrit") y el narrador («qui parle"), personaje ya desligado de las anteriores situaciones puesto que entra a formar parte de ese otro mundo constituido por la creación literaria. De la misma forma que un elemento de la realidad no puede ser trasladado idénticamente a la obra lite­raria, el narrador no puede corresponder al autor, hombre real.

         Escribe Fran­cisco Ayala queel autor queda ficcionalizado dentro de la estructura literaria que él mismo ha producido, aun en el caso de que aparezca en ella ostentando los caracteres de la más comprobable identidad personal”(Ayala,  1970: 27).

         Walter Mignolo, por su parte, distingue el "acto de enunciar" del autor, que es verdadero, del acto ilocutivo del narrador, que es simulado o pretendido”.

                                                        (Román Gutiérrez, 1987: 25-26)

 

 

 

 

            Antonio Garrido Domínguez en su libro sobre los textos narrativos habla de la relación entre el narrador y la cuestión del autor en los siguientes términos:          

           

“En el relato tradicional el autor hace frecuentes actos de presencia (de forma claramente ostentosa) para opinar sobre el desarrollo de la acción, evaluar el comportamiento de los personajes, etc. Esta cuasi-omnipresencia -o mejor, prepotencia- del autor contribuyó de forma notoria a su descrédito hasta el punto de que a finales del siglo XIX y, muy en especial, en el XX se observa un denodado esfuerzo por parte de los creadores tendente a dismular o escamotear cada vez más su presencia. Se llega así a la asepsia narrativa, al relato que parece que se cuenta a sí mismo. El texto no precisa al autor para explicarse de puertas adentro. En cuanto el proceso productor del relato se pone en marcha, el autor cuenta con una imagen vicaria y una voz delegada que es la del narrador.

Aunque tratándose de seres de papel, los únicos elementos con prerrogativas dentro del universo narrativo son el narrador y los personajes. Para entrar en el relato el autor recurre a una serie de máscaras a través de las cuales intenta mantener a salvo su credibilidad y la verosimilitud de la historia. La primera y más importante es la del narrador. (hay otras: transcriptor, editor de papeles encontrados… fuente oral o escrita). Empeñado en lograr la máxima credibilidad ante los ojos del lector, el autor recurre a otros ardides también consagrados por la tradición literaria: optando por una forma autobiográfica- de cuyo pacto fundacional él es el principal garante y beneficiario- acudiendo a los factores convencionalmente asociados a la verosimilitud como la deixis de espacio y tiempo o, en suma, presentándose como testigo directo o investigador de los acontecimientos narrados.

El autor en el texto: autor implícito:

Por instinto el lector tiende a identificar con relativa frecuencia narrador-autor. E incluso, cuando se trata de la autobiografía, con el personaje-protagonista.

Foster y Booth trataron de salvar los fueros del autor. El resultado fue la elaboración de un nuevo concepto: autor implícito, que se distingue del autor real como del narrador. Según Booth, el autor implícito es la imagen que el autor real proyecta de sí mismo dentro del relato. Se trata de una realidad intratextual -aunque no siempre explícitamente representada- elaborada por el lector a través del proceso de lectura, que puede entrar en abierta contradicción con el narrador. El autor implícito sienta las bases, las normas -según Booth, de carácter moral- que rigen el funcionamiento del relato y, consiguientemente su interpretación. Llámese alter ego  o  segundo yo, la misión principal del autor implícito consiste en hacer partícipe al lector implícito de su sistema de valores (morales). (Ligado al sentido general, profundo, del texto). El planteamiento retórico que subyace en esta doctrina (implica un esfuerzo comunicativo) reclama explícitamente la presencia de un receptor en cuanto destinatario de la persuasio pretendida por el autor implícito (capaz de hacerse con el sentido global, siempre de orden ideológico de la obra).

Batjín y Leujeune:

El autor -que en ningún momento debe confundirse con el narrador- domina todo el universo del relato y, por consiguiente, trasciende ampliamente el ámbito del personaje. Esta situación de privilegio se corresponde no sólo con un control absoluto de todos los resortes del relato sino de su orientación general. Esto quiere decir que en cada momento el autor adopta una actitud hacia el objeto de la narración y, en especial, hacia el héroe, que permite ver en éste un trasunto de la visión del mundo del autor.

Lejeune: Lo que diferencia a la autobiografía de otros géneros es la instauración de un pacto, en virtud del cual el lector establece espontáneamente una relación de identidad entre autor, narrador y personaje a través de la forma discursiva yo y la firma (el nombre propio) estampada por el autor en la portada del libro. El que dice yo , sea narrador o personaje es al mismo tiempo el que vive realmente en el mundo objetivo, el que cuenta su vida y el que ha vivido determinados acontecimientos en un tiempo anterior. El autor se objetiva, pues, en el relato, mientras que narrador y personaje cuentan con un referente externo que se convierte en garantía de su credibilidad. (Lejeune, 1973).

Sin embargo, es preciso alertar contra la tendencia a identificar narrador y autor real. Kayser: el narrador es sólo un papel, el procedimiento habitual que asume el autor para convertirse en locutor y responsable de un mensaje narrativo; un ser de ficción.”

                                          (Garrido Domínguez, 1993: 111 ss )

 

 

           

                       

3.2.2. Relato y narratividad. Existencia pasada. Narratario.

 

            Nos detenemos ahora en los rasgos 3 y 4 de los señalados por Romera Castillo (1981) como diferenciadores de la escritura autobiográfica:

 

 

3.   El relato debe abarcar un espacio temporal suficiente para dejar rastros de la vida (la extensión es libre: puede ocupar varios volúmenes o una página).

 

4.   El discurso empleado, en acepción de Todorov, será el narrativo, como corresponde a unas acciones en movimientos (el retrato, sin incluirlo en la dinámica actancial, sería por sí solo una des­cripción estática).

 

5.   El sujeto del discurso se plantea como tema la narración sincera (si no en su plena integridad, sí parcial­mente) de su existencia pasada a un receptor (testigo nece­sario de le discursividad de la literatura intimista).

 

 

            Aparecen aquí, aparte de las ya apuntadas, unas cuantas cuestiones importantes de la escritura autobiográfica:

           

a)   La consideración de la escritura autobiográfica como relato (historia que se cuenta).

b)  La cuestión del tiempo y la narratividad (de la vida y del relato).

c)   El tema de la vida del autor (y de la vida que se cuenta en el relato).

d)  La presencia de un receptor interno (narratario).

 

            Tendríamos que partir de la definición -tantas veces citada y criticada- de Lejeune sobre la autobiografía como relato en prosa retrospectivo. Explicar si nos estamos refiriendo a una de las modalidades de la escritura autorrepresentativa, concretamente a la autobiografía. Además de explicar, como acertadamente explicaba Romera (1981) designa el hecho de contar una historia y que no tiene por qué manifestarse en prosa.

            Muchos de los estudiosos de la escritura autobiográfica están de acuerdo en que la modalidad más utilizada es la autobiografía y quizá por ello los demás subgéneros toman de ella, aclimatándolas a sus formas, muchas o algunas de sus características.

            Pero en este punto pienso que es conveniente hacerse eco del pensamiento del filósofo Paul Ricoeur, que considera la narratividad como caracterísitica esencial de  la vida humana. Y, como veremos más adelante, el vivir la vida como narratividad y el apremio de contarla se conecta con la necesidad de un narrador interno, llamado en teoría narrativa narratario.

           

El narratario:

            Respecto al narratario, es, quizá, conveniente referirnos a la figura del destinatario, ya no sólo interno (como lo es el narratario) sino al lector (como lector implícito y también como lector real.

            Recordemos lo que Garrido Domínguez explica sobre estos elementos del texto narrativo: el lector implícito, el narratario y el lector real:

 

Las tres categorías que aluden al responsable del mensaje han encontrado su correlato en el marco del enfoque comunicativo, en la Estética de la Recepción. Han ido surgiendo los conceptos de lector implícito, narratario y lector real.

El Lector implícito: se corresponde con el autor implícito y alude al hecho de que todo mensaje permite reconstruir la imagen del lector en términos de sistema de valores al que se dirige. El mensaje selecciona un tipo de lector específico. Puede estar o no representado en el texto y es reconstruible únicamente a través del proceso de lectura. El lector implícito se encuentra siempre presente en la mente del autor real, hasta el punto de convertirse en uno de los factores que dirigen su actividad.

El narratario: se corrresponde con el narrador. Puede disponer o no de signos formales, aunque simrpe es una realidad cuya presencia se hace notar. Es uno de los procedimientos mediante los cuales el autor implícito orienta al lector real sobre cuál es la actitud más adecuada ante el texto. Prince: el narratario es el destinatario del mensaje narrativo, aunque no siempre se encuentra formalmente representado en él. Se encuentra siempre en el mismo nivel diegético que el narrador y puede haber más de uno en el texto (en el diario: el propio narrador). Su misión es la de funcionar de intermediario entre el narrador y el lector; hacer progresar la intriga; poner en relación ciertos temas; determinar el marco narrativo; actuar de portavoz moral….

Los signos formales del narratario son múltiples: desde el tú, querido lector, pasando por las construcciones interrogativas, expresiones afirmativas, etc.

                                               (Garrido Domínguez, 1983: 118 )                

 

            En la escritura autobiográfica el destinatario, que reúne las figuras del narratario, el lector implícito y el lector real, tiene un papel decisivo:

n    Igual que la novela requiere un lector individual y silencioso, la escritura autobiográfica, por su propia naturaleza, habla directamente a un lector que lee en silencio y que compara instintivamente lo que está leyendo sobre el “yo” del autor con su propio ser personal.

n    El narratario funciona dentro del texto como la imagen intratextual de ese lector que está realmente leyendo el texto.

n    Como el autor no puede conocer al lector real (y en la mayoría de los casos ni le interesa) plantea su obra literaria a partir de la imagen que tiene del lector (lector ideal) y para esa imagen escribe.

n    La concepción que un autor tiene de su lector pude ser “parcialmente configuradora de un género” (Tacca, 1975: 148ss). Aunque Óscar Tacca pone como ejemplo la literatura fantástica, nosotros podemos decir que puede configurar un género como el autobiográfico.

 

La narratividad como constitución del mundo

 

Un sujeto, el sujeto de la enunciación, que narra, cuenta una historia sobre su propio “yo”. Desde el presente expone un discurso sobre el pasado, de tal manera que el “yo” de la enunciación es el que resulta construido por el texto. Se trata de una “construcción lingüística”, “una construcción textual del yo” (Pozuelo Yvancos, 1993:   ).

La búsqueda del propio “yo” mediante el texto que se escribe, “la búsqueda de una identidad insasible” es nuclear en la escritura autobiográfica, pero también podemos decir que “toda la literatura es una forma autobiográfica” (Pozuelo Yvancos, 93), por lo que tiene de expresión y comunicación del propio autor aún a través de los mundos de ficción que construye.

Dice Pozuelo Yvancos que “a partir del siglo XVIII comienza la narración de sí mismo a ser también un proceso de salvación personal”. Esta convicción que ha sido plasmada y utilizada en la literatura se ubica hoy en la médula de la filosofía contemporánea.

Paul de Ricoeur afirma que el tiempo humano tiene un lugar privilegiado para esclarecerse, y éste lugar es el relato, pero no un relato específico, sino, de forma genérica, la configuración de la trama narrativa que no es sino “el medio privilegiado donde configuramos nuestra experiencia temporal”. (Maillard García, 1993: 283).

Juan Oleza (1994), en el artículo en que relaciona la Ficción y la Historia, resume de esta forma las ideas de Ricoeur sobre la Ficción y la Historia, el tiempo y la narratividad:

 

“Para Ricoeur la constatación de una cierta diferencia, si bien limitada y relativa, entre relato de ficción y relato histórico, basada en la “pretensión de verdad” de este último, no impide establecer firmemente la identidad estructural de ambos, su condición narrativa. Se trata en principio de dos formas diferentes de una misma exigencia de verdad, y ambas ponen en juego el carácter temporal de la experiencia humana. “El mundo desplegado por toda obra narrativa es siempre un mundo temporal (…) el tiempo se hace tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo” (Ricoeur, 1985, I: 41). O dicho de otra forma más definitiva: “entre la actividad de narrar una historia y el carácter temporal de la existencia humana, existe una correlación que no es puramente accidental, sino que presenta la forma de la necesidad transcultural” (I:47). En última instancia la diferencia entre narración histórica y narración ficcional pertenece a la fase final de la mímesis narrativa, la que Ricoeur denomina mímesis 3, y radica en la operación de lectura. El lector es su clave. Por el contrario, en las dos primeras fases de la mímesis, en la captación del lo real o mímesis 2, el historiador y el novelista operan de la misma forma básica”.

                               (Oleza, 1994: 87-88)

 

Donde aparece la palabra Historia podemos poner escritura autobiográfica y donde Oleza o Ricoeur utilizan el término “historiador” podríamos escribir “autobiógrafo”.

 

Villanueva (1991) concede, en la misma línea, un papel de primer orden al tiempo en la narración autobiográfica. Afirma que “la problemática del tiempo es tan decisiva en la autobiografía como la de la propia enunciación e identidad del yo”.

El sujeto de la enunciación interpreta la existencia vivida a mediante el poder reconstructivo, esclarecedor, incluso creador de la memoria.

“Me parece fundamental para el estatuto de la autobiografía la existencia de un cierre rotundo, que más allá de su función compositiva trasciende al plano de lo significativo.” (Villanueva, 1991: 103).

 

Nos detenemos por último en el pensamiento de María Zambrano, en la importancia que le concede al tiempo:

 

 Si de alguna manera se puede afrontar la vida es en relación al TIEMPO, ésta es la línea de pensamiento de Husserl, Heidegger y Ortega que sigue María Zambrano.

Piensa la filósofa que sólo el tiempo nos proporciona la posibilidad de vivir humanamente; ya que al hombre se le da la vida, pero no el vivir, el hombre ha de hacer su propia vida, y esa peculiarísima acción, se produce en el tiempo. En principio, en el sucesivo de la conciencia, cuya forma más evidente será el tiempo histórico; pero también, dado que el mero transcurrir entre la vida y la muerte se “llena” de acciones concretas, estas acciones tenderán a encontrar un sentido, y habrá un tiempo que dé cuenta de él. Un tiempo que hallará en la confesión el medio favorable para manifestarse. (Maillard García, 1993: 283).

Continuaremos esta reflexión de María Zambrano en torno al género de la confesión y al tiempo en el apartado de las Modalidades de la escritura autobiográfica.

 

 

 

 

 

3.2.3. Identificación narrador-héroe.