Introducción
1.
Historia y vida en Nietzsche
2.
Memoria, capacidad de recordar,
historia
La
concepción de la memoria. La síntesis y los fenómenos
originarios
3.
La voz intempestiva de Nietzsche. La
síntesis originaria
4.
La protesta airada de Nietzsche: una
historia que enseñe a vivir
Recordar y olvidar:
la memoria que construye
La sentencia
del Dios Apolo
Análisis
filosófico. Síntesis originaria
5.
El interés, antes del razonamiento y
después del querer
6.
Provocando a los partidarios de la razón
Instintos, sentimientos. Voluntad.
Pensamiento. Voluntad
7.
El poder de la voluntad
Qué es la finalidad
El interés transformado en
voluntad
El poder de un hilo apenas
perceptible
7.
El modelo de sujeto humano adecuado a
la nueva racionalidad
Los principales rasgos de la
acción humana
8.
Juego, diálogo, pre–juicios y
presuposiciones
La
función de las normas y los valores
“La
sentencia del dios délfico es un símbolo para nosotros”.
“Cada uno ha de organizar el caos que tiene dentro de sí”.
(Nietzsche: Sobre la utilidad y los perjuicios de la
historia para la vida, cap. 10)
“Por más
egoísta que se pueda suponer al hombre,
existen
evidentemente en su naturaleza algunos principios
que le hacen
interesarse por la suerte de los otros,
y hacen que la
felicidad de éstos le resulte necesaria,
aunque no
derive de ella nada más que el placer de contemplarla".
(Adam Smith,
La teoría de los sentimientos morales")
Introducción
La importancia del
tema de la historia en Nietzsche reside en el papel
originario que otorga a la vida y en la asociación de lo
vital con el tiempo, de tal manera que la vida, y el ser con
ella, se convierte en formación, desarrollo y
transformación. De hecho, esta Segunda Intempestiva
fue una de las obras más influyentes en la concepción de la
historicidad del ser de Heidegger.
El tiempo en la noción de historia de Nietzsche comienza a
tener un peso diferente, según la densidad de la vida que se
ha vivido en él. Es un tiempo, además, que descubre un
rostro nuevo: ya no es simple ni principalmente lineal.
En mi opinión, en el concepto
de memoria, reside la unión de la filosofía de la historia
con el estudio del cuerpo (ya que todavía no podemos
decir del yo). Por este camino llega, como consecuencia,
la relación entre el cuerpo y la crítica de la cultura.
Con Nietzsche y su crítica de la cultura da comienzo el
análisis y la revisión de los sistemas conceptuales: un
filtro a través del cual vemos el mundo y que nos impone
subrepticiamente una serie de normas y valores que coartan
la libertad y matan la vida, así los piensa Nietzsche.
Aunque ésta es la visión habitual que tenemos del filósofo
del martillo. Habrá que revisar, por un lado, en qué sentido
es cierta y, por otro, si las normas y los valores poseen
también una función en la racionalidad (al igual que el
punto de vista histórico y el no–histórico que analiza el
joven Nietzsche en esta obra que sirve de base a nuestro
estudio).
Las investigaciones sobre los
nuevos modos de racionalidad en la ciencia y sobre las
herramientas y el método que utilizan tienen mucho que decir
en el análisis de la formación, desarrollo y mantenimiento
de las normas sociales y de los valores, de su importancia
para la racionalidad, así como de su relación con la
autonomía, la libertad y las libertades concretas. El peso
de la crítica a la cultura de Nietzsche y también de Freud,
no nos permiten comprobar, en bastantes ocasiones, que
también las normas y valores pueden actuar en sentido
positivo en la construcción de la racionalidad y que, de
hecho, son necesarios, tanto para la toma de decisiones
individuales como para un avance de las ciencias que haga
posible el desarrollo de las libertades concretas y, por
tanto, de la justicia.
Es necesario
aprender una síntesis
entre el modo de vida histórico y el no–histórico. Una
síntesis que aglutine la capacidad de recordar y la
capacidad de olvidar en armonía. La posición extrema en uno
de los dos polos acarrea terribles consecuencias. Tanto
recordar como olvidar han de estar equilibrados, y ambas
acciones han de servir, por necesidad, a la vida. En la
dirección de este equilibrio tiene que haber una fuerza,
organizando y revisando que la vida no se resienta:
Nietzsche la llama “la fuerza plástica” de un individuo, de
un pueblo, de una cultura. Nietzsche incorpora en conexión
con esta fuerza, sin nombrarla, la noción de
“memoria”, que había aprendido de Goethe: la capacidad
de transformar y revisar el presente, de rectificar, a la
luz del pasado, el ser en desarrollo, en formación (Bildung).
La memoria a veces aparece como opuesta a la fuerza
plástica, pero Nietzsche insiste, desde el principio al fin
en esta obra, que es necesario buscar el equilibrio).
“Por lo demás me es
odioso todo aquello que únicamente me instruye, pero sin
acrecentar o vivificar de inmediato mi actividad”. El
comienzo de la Segunda Consideración intempestiva
deja la voz a Goethe, de nuevo. Apunto una hipótesis: esta
obra de Nietzsche, en la que critica la forma de elaborar la
historia en su época, en la que se revuelve contra la
filosofía de la historia de Hegel y en la que pone los
cimientos de toda su crítica de la cultura, es, en esencia,
un buceo apasionado por la síntesis originaria del ser y una
puesta en desarrollo del método genético–sintético de
Fichte. Nietzsche se levantaría de su tumba al oírme hacer
esta afirmación, especialmente volvería a desmantelar el
mito de lo originario. Tendría que dialogar con él, si es
que pudiéramos conseguir una forma de salvar la casi
imposible traducción de conceptos y nociones a través de las
épocas y de los sistemas conceptuales, también las
categorías racionales que van unidas a la propia
idiosincrasia personal de Friedrich Nietzsche. En el diálogo
sería esencial esclarecer el sentido del adjetivo
“originario”. En su intento iconoclasta de luchar contra
todo lo especulativo, Nietzsche, en mi opinión, dio un salto
hacia atrás y arrojó sobre Kant todas las críticas que éste
había lanzado contra los dogmáticos.
Los instintos son los que producen
el sentido, afirma Nietzsche en los Fragmentos póstumos.
“Es preciso seguir su movimiento pulsional a partir del
cual el pensamiento discurre. Pues es siempre la
actividad infraconsciente de los instintos la que produce el
sentido”.
El filósofo habla en estos fragmentos de forma visceral,
también, queriendo llamar la atención sobre un hecho
constatable: la influencia de los instintos, de las
sensaciones en la producción de los pensamientos y los
conceptos. La cuestión está en si son sólo ellos los
productores de pensamientos y de sentido, y en qué los
instintos, emociones (incluidas las pasiones) y sentimientos
forman parte de la racionalidad.
Si Nietzsche, en
sus obras posteriores, no hubiera estado tan ocupado en
mostrarnos los retazos y descosidos del sujeto y, del mismo
modo, si no hubiera asimilado tanto –de forma oblicua– las
enseñanzas de Hegel respecto a la unidad de todo, su
filosofía habría mostrado de manera más explícita el hilo
que, aunque tenue, une al sujeto fragmentado.
Es éste un camino abierto para reinterpretar a Nietzsche, y,
a pesar de sus propias palabras (califica a la filosofía de
Kant como “escolástica espantosa”), poner en conexión el
poder de la voluntad en Kant y la voluntad de poder en
Nietzsche. Es cuestión de conectar historias casi
incomensurables, haciendo una labor de investigación activa,
de reformulación, de re–traducción, re re–interpretación dos
discursos filosóficos históricos (con el tercero, que es el
nuestro). Quizá así descubriremos en qué consiste el poder
de un hilo apenas perceptible, dónde y cómo está la síntesis
originaria.
“Conócete a ti
mismo”. Organiza el caos. Toma posesión de ti mismo. La
sentencia del dios délfico “es un símbolo para nosotros”.
“cada uno tiene que organizar el caos que tiene dentro de
sí”. Tal vez estas palabras de Nietzsche, correspondientes a
la primera etapa de su producción, nos ayuden a interpretar
el sentido de la filosofía nietzscheana, “su cara más
probable y presentable”.
El ser humano es un sujeto
fragmentado, retazos que casi olvidan adónde pertenecen,
pero un hilo que da unidad al yo. Ésta es la conclusión a la
que llega Diego Sánchez Meca en su interpretación de la obra
de Nietzsche: nociones como la del autodominio del yo, el
continuo ejercicio de lucha no son las que habitualmente nos
llegan como referidas al pensador de lo dionisíaco. Ocurre
que, en muchas ocasiones, hemos leído sus obras a través de
otras interpretaciones, y no hemos realizado un ejercicio de
hermenéutica, desde nosotros mismos, respecto de su discurso
–que está recogido en textos concretos de una historia y
contexto concreto–. Conquistar la identidad, desde la
naturaleza que constituye a este sujeto y de la que está
rodeado, siendo crítico y consciente, en la medida de lo que
cada vez va siendo posible, de las redes culturales, de su
influencia negativa, pero también positiva.
Es nuestro poder para
“dominar el caos y reconducir a la unidad”. La clave
está en dominar, no en reprimir; para esta acción Sánchez
Meca utiliza el término “sublimar”, acción que recoge de
forma acertada el paso entre el deseo y la voluntad. Es la
que concede el poder, principalmente por una causa: porque
no pierde de vista de donde nace, y, por tanto, su
limitación.
Habría que estudiar también la
relación entre lenguaje y pensamiento –que enlaza con la
identificación en Hegel entre pensar y ser–, pero este
interesante análisis habrá de ser objeto de otro estudio. De
todas formas, hemos de decir que la identificación o
relación total entre lenguaje y pensamiento pone bastante
difíciles las cosas al sujeto como identidad autónoma y
libre. (También será el camino de la crítica de la razón
poética). La construcción del sentido y el valor, el
concepto crítico que “no se somete a la estructuras del ser
de la metafísica”, parece que reniega de unas supuestas
categorías kantianas, entendidas como “a prioris fijos”,
pero, y dejo la pregunta abierta, por ahora, “¿quién pone
las estructuras del ser en el sujeto del pensamiento
crítico?
Procedamos ahora a hacer un
intento de diálogo a través del tiempo y la cultura.
Llevamos en las alforjas las palabras de Sánchez Meca:
“El término
Aneignung tiene además otras connotaciones. Una de las
finalidades de la historia de la filosofía es combatir la
distancia cultural que separa los pensamientos de épocas
distintas. Esta lucha puede entenderse, en términos
puramente temporales, como una lucha contra el alejamiento
secular, o, términos propiamente hermenéuticos, como una
lucha contra el alejamiento del presente respecto de los
mundos de pensamiento que las obras contienen. En este
sentido, la interpretación histórico–filosófica es la
encargada de acercar, de hacer contemporáneo lo que es
pasado, hacer propio lo que es extraño”.
1.
Historia y vida en Nietzsche
Germán Cano en su artículo “El parto del ‘Centauro’.
Historia y vida en el joven Nietzsche”
subraya la importancia del tema de la historia en la obra
de Nietzsche. Aunque está analizando la primera parte de
su producción y especialmente su obra de juventud El
origen de la tragedia, Germán Cano piensa que en estas
primeras obras está ya en germen lo fundamental de la obra
nietzscheana. El eje vertebrador y motivador sería la
aspiración a convertirse en crítica de la sociedad y la
cultura de su tiempo. Criticar el presente a la luz de
una nueva lectura de la historia y ofrecer, por ese camino,
una opción de futuro.
“Puede decirse
que el tono concreto que recibe en la experiencia filológica
nietzscheana la crisis del conocimiento histórico va a
condicionar decisivamente el problema de la verdad a lo
largo de su pensamiento y a llevar asimismo su reflexión al
centro de toda su filosofía de la cultura”.
La insatisfacción del joven Nietzsche ante la actitud y el
método de la filología “erudita” de su época es una de las
causas que le conducen a reflexionar sobre los límites de
la racionalidad, sobre “la profunda resistencia de la
cultura occidental a todo posible “diálogo” con los límites
de la racionalidad, aunque estos límites fueran establecidos
desde dentro
y como radicalización de la propia cultura ilustrada”
El Nietzsche que habla en estas
obras sobre la historia en contra de la ciencia, va a
significar el germen de un hallazgo que será fecundo tanto
en la ciencia como en la filosofía de la ciencia: la
veracidad en oposición a la verdad. El desarrollo de esta
idea se puede rastrear desde la necesidad de refutación en
Karl Popper, pasando por el Wittgenstein de Desde la
certeza hasta el extremo del escepticismo de Feyerabend.
“Desde luego,
la “veracidad” de la mirada nietzscheana distaba mucho de
ser esa ascética renuncia a toda interferencia “subjetiva”
reivindicada orgullosamente por Wilamowitz. Aunque tal vez
para su extravagante propósito de medir la ciencia
moderna desde la óptica de la vida, era ya necesario
comprender el grado de “injusticia” de esa objetividad
ajustada a criterios positivistas..
Atender al lenguaje, preguntarle a los textos, poner en
contacto las culturas de las distintas épocas a base de
investigar, reflexionando, qué significaba entonces aquel
término, aquel concepto. Reconsiderar las categorías de una
época de oposiciones y escisiones. Justamente el
desvelamiento de las supuestas seguridades, la fuerte
crítica ante las separaciones (lo cognitivo y lo normativo;
la ciencia y la filosofía) llevó a Nietzsche a subrayar la
totalidad fragmentada.
2.
Memoria, capacidad de recordar,
historia
El profesor Diego Sánchez Meca, en
su libro El nihilismo, hace referencia a Goethe y
habla sobre el significado que el yo y el tiempo tienen en
la obra del escritor y pensador alemán:
“Para
Goethe el yo no es, como para el idealismo, un principio de
autorreflexión subjetivo que produce las formas y domina el
mundo a través de ellas, sino que es formación (Bildung), o
sea, forma que participa del movimiento metamórfico de la
naturaleza, vida que se desarrolla asumiendo y desechando
una serie de posibilidades. No obstante también el nihilismo
se anuncia en su pensamiento en la medida en que, con ese
concepto de formación, obliga a tomar conciencia de la
situación trágica de la existencia y de la ausencia de un
sentido predeterminado que guíe el desarrollo de la cultura.
En un mundo que no camina hacia ninguna meta, que no
constituye un orden unitario ni sistemático susceptible de
ser conocido como verdad, existir es dejar a cada momento de
ser lo que se es para convertirse en otro, en nosotros y en
los otros. Y esto es lo que Goethe entiende por
formación: por un lado, pérdida y disolución continua de uno
mismo, aunque por otro, al mismo tiempo, liberación
incesante de las delimitaciones rígidas que limitan y
estabilizan al yo permitiéndole acceder una y otra vez a
un ser nuevo”.
Habría que subrayar en la
definición del concepto de formación el papel decisivo de la
memoria y la reconstrucción del pasado [así como el poder
creador de la mirada hacia el futuro (la esperanza)]. Aunque
en este texto se subraya la posibilidad de ser otro distinto
en un momento determinado porque “queremos”, olvidando lo
que hemos sido antes (y creíamos que nos había ido
constituyendo poco a poco). Es como si los fragmentos
tomaran vida y dirección propia. Pero, además, es necesario
tener en cuenta el débil pero certero hilo de unidad que
justamente lo proporciona tanto la memoria como la esperanza.
En la memoria, el
tiempo, paradójicamente, cobra una dimensión diferente;
también la reconstrucción cambia su sentido. Sánchez Meca
nos diría que la cuestión está en el yo y en el tiempo; que
Nietzsche ha seguido la estela de Goethe y ha repensado la
noción de sujeto, analizándola, diseccionándola hasta que se
encuentra con miles de haces de luz y sombra, que son el
signo de la vida.
En mi opinión aquí, en el
concepto de memoria, reside la unión de la filosofía de la
historia con el estudio del cuerpo (ya que no podemos
decir del yo). Por este camino llega, como consecuencia,
la relación entre el cuerpo y la crítica de la cultura.
La concepción
de la memoria. La síntesis y los fenómenos originarios
“Mientras tanto me he
hecho spinozista”, decía Schelling en una carta a Hegel. El
hacerse spinozista significó para Schelling profundizar en
la natura naturans, y hacer de ella el Absoluto: la
naturaleza con capacidad de crear vida.
También Goethe siente
atracción por Spinoza:
“En el pequeño
ensayo titulado Estudio sobre Spinoza, desarrolla
Goethe la idea de participación de los seres particulares en
lo infinito para terminar afirmando que justamente eso en lo
que cada ser participa de lo infinito es en lo que le
constituye propiamente como ser. En consecuencia con esto,
Goethe define el ser del hombre como un momento del proceso
infinito de creatividad y metamorfosis de la naturaleza. No
obstante el ser humano tiene una diferencia específica
propia: es conciencia de sí, y, en cuanto tal,
autoconciencia de la naturaleza. Es decir, el hombre es
autoconciencia de esa escala que la naturaleza sigue para
crear y cambiar las formas”.
En el pensamiento de
Goethe aparecen una serie de puntos que serán claves tanto
para el desarrollo de la filosofía nietzscheana, como para
la hermenéutica, después:
– La participación de los seres
particulares en la totalidad de la naturaleza, de tal
manera que lo que constituye la esencia de esos seres es
justamente la participación en la naturaleza.
– Por tanto, la naturaleza (en la
herencia de Spinoza y en conexión con la filosofía de
Schelling) se muestra como un ente capaz de crear, de
autocrearse y de transformarse.
– El hombre es un ser especial
dentro de la naturaleza: es consciente de sí mismo y parece
que presta su autoconciencia a la naturaleza; aunque según
el primer punto, el hombre tiene que recibir, de alguna
manera, su autoconciencia de parte de la naturaleza.
Crear y cambiar formas;
autocrearse y transformarse. Ha entrado en la escena
filosófica la importancia del tiempo en su desarrollo; un
tiempo que a su paso, produce cambios y transformaciones.
Un tiempo que, aun siendo lineal para nuestra
conciencia, va tejiendo una red de interconexiones entre los
distintos tiempos fragmentados que son operantes por medio
de la memoria y de la capacidad de autotransformación. De
ahí la importancia que cobra en Goethe el yo autobiográfico.
Pero, además de la narración,
Goethe utiliza su reflexión sobre asuntos físicos y
biológicos para apuntalar su pensamiento sobre el desarrollo
y la transformación. En especial, tiene importancia su
teoría de los colores; en ella presenta la noción de
“fenómeno originario”. Al igual que en las plantas la
forma está en el devenir, van creciendo y
transformándose, no porque algo abstracto dirija su forma,
sino que “el movimiento ascendente de composición de los
distintos órganos […] se da en virtud de una referencia
continua a lo sensible, que es la que impide que desaparezca
en ella el impulso de la vida”.
El “fenómeno originario”
consistiría en la síntesis entre lo ideal y lo sensible.
Parece ser que lo que esta expresión significa, en opinión
de Sánchez Meca
es la estructura básica de una sucesión. En alusión a
determinados experimentos, especialmente aquellos en los que
la luz cruza un medio opaco y el ojo humano mira a través de
él, Goethe explica que se trata de fenómenos “originarios”
porque “nos permiten descender gradualmente de ellos hasta
el caso más común de la experiencia diaria”.
Sánchez Meca en este estudio sobre
Goethe avisa del error de los que atribuyen a la noción de
“fenómeno originario” de Goethe significados metafísicos
“fantásticos”, y ofrece la referencia de un trabajo de
Eichorn.
A mi juicio, hay una forma de explicar este concepto de
fenómeno originario en relación a Fichte de Jena y al Kant
de la Crítica del Juicio, pasando por Hegel, claro
está. Y en esta relación no opino que haya significados
“metafísicos fantásticos”, sino teoría del conocimiento
hecha ontología y reconocimiento de nuestra limitación y de
nuestro enraizamiento en la naturaleza (también en el mundo,
en la cultura, como dirá Nietzsche), de tal manera que somos
sobre todo cuerpo, organismo vivo. Más adelante
desarrollaremos estas cuestiones.
Veamos ahora hasta qué punto
desarrolla Nietzsche la idea del desarrollo y la
transformación, aunque no podremos en este trabajo analizar
cómo es interpretado y en qué sentido es desarrollado (y
cambiado) por los filósofos posteriores y las distintas
corrientes de pensamiento. Apunto, solamente, que no
comparto la interpretación que Foucault hace del sentido de
la historia en Nietzsche. Foucault subraya el
perspectivismo, arremete contra la objetividad. Concluye que
la mirada objetiva es incompatible con el ser histórico.
Pero no creo que sea ésa la enseñanza fundamental de
Nietzsche (aunque, lógicamente, desarrollando por un
determinado punto de vista su filosofía, se puede llegar a
esas conclusiones). Creo que nos queda una vía abierta por
Nietzsche que, aunque él no quisiera aceptarlo, aprendió en
Hegel: se trata de la importancia de la historia y de la
sucesión del tiempo para la vida, también para la vida
humana. A la vez, también, la multiplicidad de los tiempos.
Sólo que Nietzsche sigue las
huellas de Hume en la destrucción de la unidad del yo, y, en
consecuencia, la rememoración y la reconstrucción gracias al
pasado, se le vuelven a transformar en fragmentación.
“El
continuo actuar de la vida es por eso el idealismo absoluto”,
había dicho
Hegel en su filosofía de la naturaleza recogida en la
Enciclopedia. La vida es lo primero, eso lo aprendió,
quizá inconscientemente, Nietzsche de Hegel, la diferencia
es que para Hegel lo sensible, todo lo finito, se
transformaba en Idea, en Infinito, en un proceso
genético–sintético. Y Nietzsche quiere que lo sensible sea
el principio y, de alguna manera también el fin.
El
poder de la vida y el arraigo en la naturaleza son
fundamentales en la obra de Nietzsche, y esto lo aprendió de
Goethe:
“Nietzsche recibe también de Goethe la
inspiración básica de su concepción de la cultura y del
hombre integral que puede servir de contraimagen al
nihilismo. Ese problema en Goethe era el de determinar cómo
el naturalismo exuberante e impetuoso puede refinarse y
sublimarse hasta alcanzar las formas elevadas del gran
estilo, es decir, de la mesura y serenidad griegas. Y
Nietzsche ve cumplirse en el propio Goethe las condiciones
básicas de este proceso de elevación: “no se desligó de
la vida sino que se introdujo en ella…, combatió la desunión
entre razón, sensibilidad, sentimiento, voluntad
(desunión provocada con una escolástica espantosa, por Kant,
el antípoda de Goethe); se impuso una disciplina de la
totalidad; se creó a sí mismo; en medio de una época de
sentimientos irreales, fue un realista convencido”.
Nietzsche estaba
demasiado cerca para ver la influencia que había recibido él
mismo de Hegel, como próximo anímicamente a Goethe –y hostil
al kantismo– como para no darse cuenta de que Goethe bebió
su unidad de la naturaleza antes que de la Introducción a
la filosofía de la naturaleza, (1787) de Schelling, de
la Crítica del Juicio teleológico de Kant. Nietzsche
confundió a Kant con el kantismo. Hay, por cierto, un
artículo sugerente de José Luis Villacañas en el que
establece paralelismo entre el Kant de la última Crítica
y el clasicismo de Goethe: “Naturaleza y razón: Kant, el
filósofo del clasicismo”.
Dejo para más adelante el análisis de esta conexión Kant–Goethe
y mi crítica a Nietzsche por estas afirmaciones respecto a
la “desunión provocada por una escolástica espantosa”.
La importancia
del tema de la historia en Nietzsche reside en la unión de
esta potencia de la vida y la introducción decisiva del
tiempo en la formación, desarrollo y transformación del ser.
De hecho, la Segunda Intempestiva fue una de las
obras influyentes en la concepción de Heidegger, tanto de su
obra Ser y tiempo como de la más tardía Tiempo y
ser. Si Nietzsche no hubiera estado tan ocupado en
mostrarnos los retazos y descosidos del sujeto y, del mismo
modo, si no hubiera asimilado –vuelvo a decir de forma
oblicua– tanto las enseñanzas de Hegel respecto a la unidad
de todo, su obra habría mostrado de manera explícita el hilo
que, aunque tenue, une al sujeto fragmentado.
La
función del tiempo en la construcción, revisión y
transformación de la vida; un tiempo que comienza a tener un
peso diferente según la densidad de la vida que se ha vivido
en él. Un tiempo, además, que descubre un rostro nuevo: ya
no es simple ni principalmente lineal.
3. La voz intempestiva de Nietzsche. La
síntesis originaria
“Por lo demás me es
odioso todo aquello que únicamente me instruye, pero sin
acrecentar o vivificar de inmediato mi actividad”. El
comienzo de la Segunda Consideración intempestiva
deja la voz a Goethe, de nuevo. Me dispongo a apuntar una
hipótesis: esta obra de Nietzsche, en la que critica la
forma de elaborar la historia en su época, en la que se
revuelve contra la filosofía de la historia de Hegel y en la
que pone los cimientos de toda su crítica de la cultura, es,
en esencia, un buceo apasionado por la síntesis originaria
del ser y una puesta en desarrollo del método
genético–sintético de Fichte. Nietzsche se levantaría de su
tumba al oírme hacer esta afirmación, especialmente volvería
a desmantelar el mito de lo originario. Tendría que dialogar
con él, si es que pudiéramos conseguir una forma de salvar
la casi imposible traducción de conceptos y nociones a
través de las épocas y de los sistemas conceptuales, también
las categorías racionales que van unidas a la propia
idiosincrasia personal de Friedrich Nietzsche. En el diálogo
sería necesario esclarecer el sentido del adjetivo
“originario”. En su intento iconoclasta de luchar contra
todo lo especulativo, Nietzsche, en mi opinión, dio un salto
hacia atrás y colocó a Kant todas las críticas que éste
había lanzado contra los dogmáticos.
Pero
hablemos de “lo originario”. En el pensamiento de Kant lo
originario, lo espontáneo, se refiere a la síntesis que está
presente y que es real, que está antes de que el filósofo se
ponga a reflexionar y a analizar. Con el análisis, se van
separando los distintos elementos para poder examinarlos
bien, de tal manera que lleguen a nuestra conciencia; sin
embargo, al final del análisis, el filósofo descubre que hay
una síntesis previa, y que, por supuesto, es necesario
conocerla y tenerla en cuenta, que no es una síntesis
elaborada por él (en cuanto apercepción “transcendental” o
crítica), sino que estaba ya en la realidad. Por tanto, es
necesario recordarle a Nietzsche que lo originario no se
refiere a lo previo, no en un sentido temporal considerado
como línea de la historia, sino en cuanto anterior a la
reflexión, previo al análisis, constituyente de la realidad.
Esta síntesis originaria que Kant descubre no es un ser
acurrucado en el regazo del más allá, tranquilo en una edad
dorada a la que se ha de regresar. Se trata de la
síntesis entre naturaleza (cuerpo, mundo) y subjetividad.
Entendiendo “subjetividad” a la manera que nos enseña el
pensamiento crítico y que está, por otra parte, bastante
empañada con críticas y nociones contaminadoras, que no
dejan entender el significado del término: habría que
desbrozar el camino para que los discursos no se conviertan
en historias inconmensurables sin posibilidad de diálogo.
Más
adelante incluiremos un anexo en el que resumiremos el
sentido de la noción de subjetividad en el idealismo
transcendental, así como el significado de “lo a priori”
en Kant. Otro concepto también mal entendido, y que nos
desorienta a la hora de ir borrando la inconmensurabilidad
de los distintos discursos de la historia de la filosofía.
Si
Nietzsche no hubiera tenido que presentar un frente hostil
contra los filólogos y el ambiente cultural y científico de
su época, se habría apercibido de que su filosofía
complementaba la de Kant. En la tarea del análisis le
faltaba a Kant introducir de manera específica la función de
la memoria y de un tiempo que rompía la estructura lineal,
para hacerse “más vivo” en unos momentos que en otros. Quizá
a Kant le faltó tiempo y época para el desarrollo de la
filosofía de la historia que empezó a esbozar, en especial
aquello que sobre la historia dice al final de la tercera
Crítica. De todas formas, también le faltaba a Kant la
elaboración que vino después, por parte de Fichte, del
método genético–sintético, la unión definitiva de filosofía
teórica y práctica –que Fichte elaboró en sus años de Jena–,
y sus ideas sobre la importancia ontológica del sentimiento,
y del sentir originario.
Aunque al seguir a
Hegel –de manera no consciente–, y haber roto, con el todo
que se cierra sobre sí mismo, la capacidad del sujeto de ser
autónomo y de liberarse, su autonomía, su libertad, el hilo
de la unidad del sujeto se hace casi imperceptible. Y la
autonomía y la libertad, por ésta y otras causas que
mencionaremos no encuentran el camino adecuado.
Por otro lado,
también le faltaba tanto a Kant como a Fichte la aportación
de la ciencia. A Kant le sucedió con la ciencia como a
Nietzsche con la tradición recibida: con el afán de luchar
en contra de los errores, no aprehendieron el camino abierto
que había por debajo. En el caso de la ciencia faltaba,
desarrollo, investigación y desarraigo de un cierto tipo de
racionalidad que no contaba con la realidad del sujeto
agente humano. En el caso de la razón, después de descubrir
sus principales tipos y cuál era el primordial, era
necesario seguir analizando qué elementos esenciales del ser
participan en la racionalidad, para contar con un tipo de
razón abarcadora, que cada vez conozca más sus límites, pero
también que sea consciente de sus posibilidades.
4. La protesta airada de Nietzsche:
una historia que enseñe a vivir
Con las
mismas palabras de Nietzsche, recordaremos el comienzo y el
final de esta Segunda Intempestiva, porque ahí
aparecen, a mi juicio, las claves tanto de la obra en sí
como los elementos que me interesa destacar en mi trabajo.
Recordar y olvidar:
la memoria que construye
“Es cierto que nos
hace falta la historia… Es decir, necesitamos la historia
para la vida y la acción, no para apartarnos cómodamente de
la vida y de la acción, y menos para encubrir la vida
egoísta y la acción vil y cobarde”.
“Que
sentido podría tener la filosofía clásica en nuestro tiempo
si no es actuar de una manera intempestiva, es decir, contra
el tiempo y, por tanto, sobre el tiempo y, yo así lo espero,
a favor del tiempo venidero”.
“El
animal vive de modo no–histórico”, no recuerda, olvida, para
él cada instante muere y desaparece para siempre. “Pues se
funde en el presente como número que no deja sobrante
ninguna extraña fracción”.
Sin
embargo, a pesar de la importancia de recordar el pasado,
Nietzsche quiere enseñarnos que es importante el modo de
vida no–histórico. Y enlaza este modo de vida con la
felicidad:
“La
capacidad de olvidar […], la capacidad de sentir de forma
no–histórica mientras la felicidad dura. Quien no es capaz
de instalarse, olvidando todo el pasado, en el umbral del
momento, el que no pueda mantenerse recto en un punto, sin
vértigo ni temor, como una Diosa de la Victoria, no sabrá
qué cosa sea la felicidad y, peor aún, no estará en
condiciones de hacer felices a los demás”.
Es
necesario aprender una síntesis entre el modo de vida
histórico y el no–histórico. Una síntesis que aglutine la
capacidad de recordar y la capacidad de olvidar en armonía.
La posición extrema en uno de los dos polos acarrea
terribles consecuencias: si no sabes recordar, pierdes pie
en el constante devenir que fluye sin cesar, nos
disolveríamos como existencia borrada en “una multitud de
puntos móviles”. Si, por el contrario, no sabemos olvidar,
perdemos la tranquilidad del sueño, la paz del animal. Al
final de este fragmento, Nietzsche redefine su concepto de
felicidad de manera oblicua: si pretendemos llevar hasta el
extremo las ganas de ser felices y permanecer rumiando
tranquilos, sin recordar nada, olvidado todo, la vida se
resiente (y recordemos que la vida y aprender a vivir era el
primer objetivo que buscábamos en esta crítica intempestiva
a la cultura en su vertiente de “constructora” de la
historia). Dice Nietzsche en un subrayado que recuerda a un
educador serio y con valores morales (no “un moralista”) que
se preocupa por la vida y la formación de sus alumnos:
“Existe un grado
de insomnio, de rumiar, de sentido histórico, en el que lo
vivo se resiente y, finalmente, sucumbe, ya se trate de un
individuo, de un pueblo o de una cultura”.
Tanto
recordar como olvidar han de estar equilibrados, y ambas
acciones han de servir, por necesidad, a la vida. En la
dirección de este equilibrio tiene que estar organizando y
revisando que la vida no se resienta una fuerza: Nietzsche
la llama “la fuerza plástica” de un individuo, de un pueblo,
de una cultura. En este momento aparece, sin nombrarla,
la noción de “memoria”, que Nietzsche había aprendido de
Goethe: la capacidad de transformar y revisar el
presente, de rectificar, a la luz del pasado, el ser en
desarrollo, en formación (Bildung):
“Me
refiero a esa fuerza para crecer desde la propia esencia,
transformar y asimilar lo que es pasado y extraño,
cicatrizar las heridas, reparar las pérdidas, rehacer las
formas destruidas […]. Cuantas más fuertes raíces tiene la
íntima naturaleza de un individuo, tanto más asimilará el
pasado y se lo apropiará.”.
“La
serenidad, la buena conciencia, la actitud gozosa, al
confianza en el porvenir –todo eso depende tanto en el
individuo como en un pueblo, de que existe una línea que
separa lo que está al alcance de la vista y es claro, de lo
que está oscuro y es inescrutable, de que se sepa olvidar y
se sepa recordar en el momento oportuno”.
La sentencia del
Dios Apolo
¿Cómo volver a
ser seres humanos, y no “agregados que se parecen a
los hombres”? Antes de escuchar la respuesta de Nietzsche,
quiero llamar la atención sobre el hilo de unidad de sujeto
que andábamos buscando. Posiblemente aquí la traducción nos
juegue una mala pasada, porque ante la ausencia del texto
original, no sabemos si “agregados” recuerda a los rebaños
de los que había hablado antes Nietzsche (los que no se
dejan guiar por su fuerza plástica, autónoma, sino que
siguen los dictados de otros, en especial de las normas y
conceptos, pesados, del pasado). Pero también se puede
referir a “conglomerados”: en el sentido de un conjunto de
fragmentos inconexos a los que falta el hilo de la unidad
del sujeto. Con suerte en el texto original podemos
encontrar una de esas “palabras de la lengua alemana”, de
las que hablaba Hegel, que tienen dos sentidos, casi
contradictorios.
“Conócete a ti mismo”. Organiza el caos. Toma posesión de ti
mismo. La sentencia del dios délfico “es un símbolo para
nosotros”. “cada uno tiene que organizar el caos que tiene
dentro de sí”.
Tal vez
estas palabras de Nietzsche correspondientes a la primera
etapa de su producción nos ayuden a interpretar el sentido
de la filosofía nietzscheana, “la cara más probable y
presentable”, en palabras de Sánchez Meca, de su filosofía.
Diego Sánchez Meca no estaba hablando de la sentencia del
dios Apolo cuando hizo este comentario, ni de la historia en
Nietzsche, sino del posible significado de lo dionisíaco
nietzscheano.
Análisis
filosófico. Síntesis originaria
Si Nietzsche se hubiera dado
cuenta de que le movía el mismo interés fundamental que a
Kant, si no lo hubiera leído a través de los ojos de Hegel,
quizá no habría invertido tantos esfuerzos en desmantelar lo
kantiano. Tal vez era necesario poner en evidencia los
vicios de un kantismo que había retrocedido, en algunos
casos, hasta volver a ser dogmático. Otra vez me refiero a
la síntesis originaria. Decíamos que Kant había insistido
una y otra vez en la necesidad de análisis que tenía nuestra
razón: es necesario separar, desmenuzar, diferenciar para
poder comprender; pero que el filósofo nunca podía perder de
vista la síntesis originaria, lo que somos y nos constituye
antes del proceso de razonamiento, aunque lleguemos darnos
cuenta de nuestra realidad, la mayoría de las veces, después
de un proceso de análisis. Comparemos estas ideas kantianas
con las palabras de Nietzsche en la Segunda Consideración
Intempestiva:
“Habría,
pues, que considerar a la facultad de ignorar hasta cierto
punto la dimensión histórica de las cosas como la más
profunda e importante de las facultades, en cuanto en ella
reside el fundamento sobre el que puede crecer lo que es
justo, sano, grande, verdaderamente humano. Lo ahistórico
es semejante a una atmósfera protectora, únicamente dentro
de la cual puede germinar la vida y, si esta atmósfera
desaparece, la vida se extingue. Es cierto: tan solo
cuando el hombre pensando, analizando, comparando,
separando, acercando, limita ese elemento no histórico; tan
solo cuando, dentro de ese vaho envolvente, surge un rayo
luminoso y resplandeciente, es decir, cuando es
suficientemente fuerte para utilizar el pasado en beneficio
de la vida y transformar los acontecimientos antiguos en
historia presente, llega el hombre a ser hombre. Pero un
exceso de historia aniquila al hombre y, sin ese halo de lo
ahistórico, jamás hubiese comenzado ni se hubiese atrevido a
comenzar. ¿Qué hechos hubiese sido capaz de realizar sin
antes haber penetrado en esa bruma de lo ahistórico?”.
En realidad, si
dejamos por un momento la dicotomía entre
histórico–ahistórico, y nos centramos en la cuestión de la
vida, vemos que ambos, Kant y Nietzsche sitúan en la raíz
una fuerza básica que nace de dos elementos íntimamente
unidos: la naturaleza y lo incondicionado o autónomo. Dicho
en palabras de Kant: el modo de ser naturaleza y el modo de
ser libertad. Recordemos que una de las motivaciones
principales de Nietzsche fue el luchar contra el poderío y
la forma de actuar de la ciencia y la tecnología de su
época. Como nos recuerda Sánchez Meca:
“Todas estas consecuencias no positivas del
proceso de modernización se pueden reconducir, en
definitiva, a una determinada situación de doble alienación
del hombre, por un lado respecto a la naturaleza externa y
por otro respecto a su propia naturaleza interna. Porque, al
ser objetivo prioritario del desarrollo moderno de las
ciencias y de la técnica convertir al hombre en una fuerza
capaz de dominar el mundo, eso sólo podría lograrse bajo dos
condiciones: Primera, el desencantamiento de la naturaleza,
la disolución de su misterio y su reducción a pura máquina.
Y, segunda, el extrañamiento del hombre respecto al propio
cuerpo, convirtiéndose él mismo también en mero artefacto o
máquina. Para constituirse en poder, la razón analítica y
dominadora necesita liberarse de sus “impulsos” y
“sentimientos”, reprimir la parte sensible–afectiva de su
ser imputada al cuerpo. O sea, le es necesario, como lo
empieza expresando ejemplarmente el pensamiento de
Descartes, aislar su yo pensante y calculador y separarlo de
su propio cuerpo. Con lo que este yo cartesiano, convertido
en pura res cogitans, contempla entonces y analiza su
cuerpo como una forma externa, como un objeto similar a los
demás objetos de su entorno. […]
La dominación sobre una naturaleza externa objetivada y una
naturaleza interna reprimida constituye el signo
característico del proceso de Ilustración europeo, cuyas
consecuencias se saldan en el desenlace aporético al que
Nietzsche nombra como nihilismo”.
Pero la
razón que defiende Kant no es la analítica calculadora, ni
Kant pretende separar el cuerpo de la racionalidad. La forma
de tratar al cuerpo que defendía Descartes está originada
por el modo de ser de la cosa. Antonio Damasio en su libro
El error de Descartes analiza desde un punto de vista
científico y reflexivo los fallos de este tipo de
racionalidad que no incluye el papel de las emociones y la
función del cuerpo en nuestros procesos racionales.
Escuchemos a Kant hablando sobre la vida y el cuerpo:
“Pero ¿qué
es la vida? Un reconocimiento físico de su existencia en
el mundo y de su relación con las cosas exteriores; el
cuerpo vive porque reacciona a las cosas exteriores, las
considera como su mundo y las utiliza para su fin sin
preocuparse más allá por su esencia. Sin cosas exteriores
este cuerpo no sería un cuerpo vivo, y sin capacidad de
acción del cuerpo las cosas exteriores no serían su mundo.
De igual modo sucede con el entendimiento. Sólo gracias a su
encuentro con las cosas exteriores surge este mundo; sin
cosas exteriores estaría muerto, pero sin entendimiento no
habría ninguna representación, sin representaciones ningún
objeto y sin éstos tampoco el mundo del entendimiento; de
igual modo que con otro entendimiento habría también otro
mundo, lo cual es claro en el ejemplo de los locos. Luego el
entendimiento es el creador de sus objetos y del mundo que
forma; pero de manera que las cosas reales son las causas
ocasionales de su acción y por tanto de las
representaciones”.
5.
El
interés,
antes del razonamiento y después del querer
La noción de “interés” puede
responder a distintos sentidos. Principalmente aparece en la
ética utilitarista y en la ciencia –y filosofía de la
ciencia– cuando, tradicionalmente, se ha utilizado, como
modelo de racionalidad, un tipo de racionalidad substantiva–
para referirse a la causa fundamental que rige la acción del
sujeto agente en una determinada decisión o acción. Podemos
distinguir varias modalidades de ‘interés’, en especial: el
interés egoísta, el interés que procede del autoengaño (ver
Gigerenzer y Selten)
y el interés que supone el sentimiento del anhelo hacia lo
bueno: un sentimiento de aspiración. Los primeros se sitúan
dentro de lo que Fichte llama el “sentimiento de
limitación”, una de las hojas de las tijeras de H. A. Simon,
la trama en la concepción de racionalidad entretejida de J.
F. Álvarez.
El segundo tiene que ver con un fin que no se consigue del
todo y al que se busca en el proceso, está claramente
relacionado con la esperanza y con el sujeto limitado que
busca, en tensión, perfeccionarse. Para analizar estos
distintos tipos de ‘interés’ tenemos que dar cabida a la
racionalidad, y tener en cuenta la síntesis originaria que
nos constituye.
El sentimiento y la verdad, la
realidad y la validez objetiva. La adaptación de las
preferencias
Fichte relaciona el sentimiento
con la representación de la realidad: la realidad es puesta
por nosotros como consecuencia del sentimiento. “el
sentimiento está en nosotros y es transferido al objeto que
está fuera de nosotros; el objeto externo es interpretación
de nuestro sentimiento (o sentir)”.
Es decir, de nuestro sentimiento
en un momento determinado –inmerso en unas circunstancias
individuales, sociales y de entorno concretas– surgirá un
interés, determinado también, que supondrá nuestra verdad,
realidad, validez. Fichte utiliza esta idea para dar
categoría de verdad y validez a los conceptos sin entidad
real concreta que nacen de representaciones de nuestro
sentimiento, concretamente del sentimiento del anhelo: los
conceptos morales, el concepto de Dios, aunque no posea una
realidad fáctica, tiene validez objetiva, verdad, porque
procede de nuestro sentimiento de anhelo y supone armonía
con nosotros mismos:
“Del estado de
sentimiento se sigue una cierta intuición y eso es verdad;
pero cuando yo ideo algo ficticio, entonces el estado de
sentimiento y de la intuición van cada uno por su lado, en
esa medida lo ideal y lo sintiente están desgarrados el uno
del otro, y entonces no hay ninguna verdad en mi
representación.
Verdad es
concordancia con nosotros mismos, armonía.
Este concepto
de verdad va mucho más allá; a nuestras representaciones de
Dios, moralidad, derecho, etc., les corresponde validez
objetiva, de igual modo que a nuestras representaciones del
mundo. Ambas se fundamentan en el sentimiento”.
No nos vamos a centrar
ahora en la posible validez objetiva de estas
representaciones sin entidad fáctica. Nos detendremos en la
“creación de cierta verdad”, que podríamos llamar subjetiva
(no en un sentido transcendental, sino en sentido
psicológico) que originan los sentimientos nacidos de la
limitación. A este juego del escondite producido por los
sentimientos, que originan representaciones y nos
“convencen” de que una verdad es “objetiva” los filósofos de
la ciencia los llaman “la adaptación de las preferencias”.
Algunos de ellos han utilizado la fábula adaptada por
Samaniego sobre la zorra y las uvas: “Miró, saltó y anduvo
en probaduras, / pero vio el imposible ya de fijo. /
Entonces fue cuando la Zorra dijo: / «No las quiero comer.
No están maduras». Si no
puedo conseguir lo que quiero en principio, me convenzo,
mediante subterfugios, más o menos conscientes, de que no es
lo adecuado, que no me gusta, que no es bueno, que no lo
quiero. Desde luego este cambio en la representación de la
validez lo ha ocasionado un sentimiento de limitación.
Para este tránsito
entre el sentimiento de limitación y el sentimiento de
anhelo, Fichte recurre a la acción. “En medio está el
actuar”. Sobre la raíz del sentimiento y el deseo se sitúa
el querer. La acción del querer es real, y supone un
acto originario de libertad. El sentimiento y el deseo
forjan nuestros intereses, es la base, la raíz que nos une a
la naturaleza y al mundo, pero sobre ellos se sitúa,
genéticamente, el querer: una acción real que lleva consigo
la autonomía y la libertad.
Ya en la Crítica
del Juicio, Kant había hablado de la diferencia entre el
deseo y la voluntad. Allí el paso entre deseo y voluntad
está unido al concepto de finalidad, ya que la finalidad
supone limitación, finitud, un mundo real dado. En el
sentimiento, en el deseo, en nuestro cuerpo propio se unen
el modo de ser de la naturaleza y el modo de ser de la
libertad –una unidad sintética, que estaba en el origen y el
filósofo crítico descubre después de su análisis–. El paso
de la naturaleza a la libertad es una exigencia subjetiva:
llegar a la acción originaria que supone la libertad, y que
se eleva sobre las leyes deterministas propias de la
naturaleza: estamos ante la aspiración a lo incondicionado.
Sin embargo, como nos recuerda repetidamente Rivera de
Rosales, esta acción trascendental de la libertad no se da
sin mundo (no es un objeto aparte del mundo), sino que el
mundo, la naturaleza son la conditio sine qua non de
su realización.
Para el tema que nos
ocupa: sin deseo, sin sentimiento, sin interés no habría
anhelo, aspiración a la plenitud, tensión hacia el
desarrollo de la libertad.
Sobre este interés nacido del
deseo y del sentimiento, se apoya la acción real del querer,
que podríamos llamar voluntad. Esta acción es también
función porque existe a causa de una finalidad: “su
destino o deber es configurar dicho mundo según sus
propias exigencias, como una fuerza originaria que ha de
instaurar un nuevo orden y sentido. El deber es una
llamada de la libertad a la libertad que, siendo a la vez su
conciencia de ser independiente ya autónoma, la liga de
nuevo al mundo, pero esta vez según el modo de ser
propio de la libertad, sin desvirtuarlo y cosificarlo por
miedo o por pereza, lo cual requiere del sujeto una
revolución interior”.
La racionalidad es una
cuestión de subjetividad, entendida ésta desde el
pensamiento crítico (de la filosofía transcendental). La
acusación de formalismo a la ética kantiana se difumina si
miramos el deber de la libertad desde esta exigencia
ontológica, claramente intersubjetiva y que plenifica
purificándolo el interés y por tanto el sentimiento de
bienestar del sujeto. Aquí deber se identifica con destino y
con función, con finalidad que configura; constituye al Yo
teniendo en cuenta el ser del otro. Y en esto la filosofía
transcendental ha aprendido de Hegel, pero manteniéndose en
su línea fundamental: partir del sujeto que se pone a sí
mismo.
6. Provocando a
los partidarios de la razón
Escuchemos a Nietzsche provocando
a los partidarios de la razón:
“Incluso al
pensamiento más sutil corresponde un entramado de instintos.
Las palabras son, por así decir, un teclado de instintos y
los pensamientos (convertidos en palabras) son los acordes
que sobre él se tocan” (NF,
otoño de 1880, 6 (264))”
“Las palabras son signos sonoros para conceptos. Pero los
conceptos son grupos más o menos definidos de sensaciones
que se repiten y se asocian. Para que se los comprenda
no basta con que se empleen las mismas palabras para la
misma clase de experiencias interiores. Y es preciso que se
tengan esas experiencias en común” (NF, abril–junio de 1885,
34 (86))”.
Instintos, emociones,
sentimientos. Voluntad. Pensamiento. Voluntad
“Es preciso seguir
su movimiento pulsional a partir del cual el pensamiento
discurre. Pues es siempre la actividad
infraconsciente de los instintos la que produce el sentido”.
Los instintos son los que producen el sentido, afirma
Nietzsche en los Fragmentos póstumos. El filósofo del
martillo habla en estos fragmentos de forma visceral,
también, queriendo llamar la atención sobre un hecho
constatable: la influencia de los instintos, de las
sensaciones en la producción de los pensamientos y los
conceptos. La cuestión está en si son sólo ellos los
productores de pensamientos y de sentido.
Para avanzar, propongo de nuevo
volver al punto en el que dejó Kant su filosofía
transcendental: la analítica del concepto de fin. Comienza
Kant su análisis del concepto de fin reflexionando sobre
la facultad de desear de la que había tratado
ampliamente en la Crítica de la razón práctica. Pero
esta vez no lo hace situando en primer lugar las
implicaciones éticas ni subrayando el aspecto formal de las
leyes morales, sino que, al analizar el concepto de fin,
va a definir de la voluntad, de tal manera que ésta
se convertirá en el eje de la facultad de desear, pero
no simplemente como consecuencia de una ley moral (que, aun
asumida y autónoma, y libre, nos ofrece su versión
formalista). Aquí la voluntad se coloca como instrumento
imprescindible en el tejido de una ontología: una
ontología que piensa al ser de forma teleológica. Sin
embargo, habremos de liberar nuestro pensamiento de los
prejuicios que interpretan la teleología como una fuerza
exterior que nos guía a manera de providencia secularizada.
¿De dónde nace la finalidad?
Kant está elaborando
filosofía, concretamente filosofía transcendental, pero se
muestra aquí también como un conocedor de la antropología y
la psicología. Detengámonos en la observación empírica que
hay detrás de esta afirmación.
Los deseos, los fines. Aquí
aparecen ya destilados de las connotaciones egoístas,
particulares, ciegas que podrían conducir al capricho, a la
adaptación de las preferencias (“…las uvas no están maduras,
por eso no las quiero”), incluso a la pasión descontrolada.
En lugar de fines, tendríamos que utilizar para este caso,
el término “interés”, intereses particulares y egoístas. Los
deseos estarían aún sin amasar por la voluntad, no se han
dejado organizar por una levadura que los haría fermentar
con un fin.
Kant nos hubiera dicho hoy:
escuchemos las investigaciones sobre las emociones, las
pasiones, y su relación con la formación del pensamiento y
la racionalidad; escuchemos estas investigaciones realizadas
desde la ciencia biológica, neurológica, desde la
psicología, y también las investigaciones sociológicas. Y
después reflexionemos desde el pensamiento crítico (a la
manera transcendental) sobre ellas.
La primera enseñanza para esta
reflexión posterior es que no podemos olvidar, tampoco para
la ciencia la subjetividad (entendida como sujeto
transcendental), y, por tanto, tampoco la finalidad.
Ya estemos escuchando que “los
conceptos son grupos más o menos definidos de sensaciones
que se repiten y se asocian”, que “incluso al pensamiento
más sutil corresponde un entramado de instintos”, como
aseguraba Nietzsche; ya se afirme que “la emoción de la
vergüenza no constituye sólo un apoyo para las normas
sociales, sino el apoyo”, según afirma Jon Elster,
habremos de pasar estas afirmaciones por la criba del
pensamiento crítico.
Instintos, sensaciones, intereses,
emociones, normas sociales y un largo etcétera influyen en
la construcción de la racionalidad y, como dice Elster, en
la formación de las normas sociales (o en los valores en
general), pero el ser humano dispone de una facultad (que
posiblemente estaba –está– en germen en la naturaleza), que
le hace capaz de sobreponer a esta influencia la influencia
de la libertad; capaz de tomar estos materiales que lo
constituyen y elaborar en torno a un interés
último (que no significa transcendente, sino unificador,
superador, liberador) un proyecto. Se trata de la facultad
de la voluntad, que supone una acción real, la acción del
“querer”.
Es decir, la voluntad nos capacita
para pasar del modo de ser condicionado que somos como
objetos del mundo al modo de ser incondicionado de la
libertad. Es la voluntad como organizadora de los fines:
“La voluntad ha
de ser pensada como una actividad real e ideal a la vez.
Real en cuanto ha de gobernar las causas instrumentales en
pro de su propósito. E ideal en cuanto conciencia (o
concepto) autoconsciente, en cuanto proyectante. Se trata de
una voluntad, esto es, un querer real que es acción,
no mero deseo vano e inoperante.”
6. El
poder de la voluntad
Qué es la
finalidad
Podemos apuntar una posible
definición de ‘voluntad’ con los materiales que tenemos
hasta ahora: la finalidad sería la elaboración
emocional–racional de un proyecto por parte del sujeto, que
tiende a la realización del mismo con una fuerza interna,
nacida, en principio, de las vísceras, los instintos y
que está matizada y reconvertida por la racionalidad
integradora: ecológica (adaptada al entorno), expresiva (que
tiene en cuenta los elementos que corresponden al individuo
como agente; y que, por tanto, le puedes llevar a conseguir
la autonomía y la libertad personal), acotada (que conoce
sus limitaciones y las aprovecha).
El interés
primero es pulsional y luego se hace racional, aunque esta
racionalidad que transforma al interés ha de contar con una
acción que es a la vez ideal y real: ideal porque surge del
razonamiento reflexivo elaborado, idealmente, por el sujeto;
real porque nace de la naturaleza que somos. Es preciso
analizar las cuestiones temporales de esta relación
primero–luego (ya que pueden afectar –y de hecho lo hacen
habitualmente– casi al mismo tiempo, interfiriéndose);
también necesitamos comprender la corriente de ida y vuelta
entre pulsiones y racionalidad: por ejemplo, sabemos que una
emoción puede causar, a la larga un valor o un
comportamiento social (de inmediato, claro está, puede dar
lugar a una acción de apariencia racional o bien totalmente
irracional). Del mismo modo, podemos constatar que hay
valores y normas sociales que pueden causar emociones (las
producidas por la sensación o la acción efectiva de premio o
castigo, etc.).
Bien, si nos quedamos
aquí, estamos en un círculo de ida y vuelta en donde el
sujeto, como agente –en su calidad de autónomo–,
prácticamente ha desaparecido. Sin embargo, podemos leer
este proceso de influencia mutua con el dato que echamos de
menos: la presencia efectiva de una subjetividad (no
de un subjetivismo) que intenta ser autónomo desde su
posición efectiva, y que, al mismo tiempo, no quiere
quedarse ligado a su propia perspectiva, y, por eso, busca
un tipo de objetividad (una objetividad posicional).
El interés transformado en
voluntad
Cuando el interés se
transforma en voluntad, ésta se convierte en poder;
no por la cantidad de fuerza que es capaz de utilizar en la
acción, sino por lo conseguido para el sujeto humano en
ese estado. Volvamos a escuchar a Nietzsche en la
Segunda Consideración Intempestiva:
“Dejemos
imágenes de lado y acudamos, para ilustración, a un ejemplo.
Imaginemos a un hombre al que empuja y arrastra una
ardiente pasión por una mujer o una gran idea. ¡Cómo
cambia su mundo para él! Mirando hacia el pasado se siente
como ciego; prestando el oído a su entorno percibe lo ajeno
como un ruido sordo carente de sentido. Pero lo que ahora
percibe, jamás lo percibió antes con esa viveza: tan
palpablemente cercano, tan coloreado, tan resonante, tan
iluminado como si lo percibiera con todos sus sentidos a la
vez. Sus evaluaciones todas están para él cambiadas y
privadas de valor; hay tantas cosas que ya no puede valorar
porque él ya apenas las siente; se pregunta si no ha sido
hasta entonces víctima de frases ajenas, de opiniones de
otros, se admira de que su memoria gire incansablemente
dentro de un círculo y se siente muy débil y agotado para
dar un solo salto y salir de ese círculo. Es el estado
más injusto del mundo, limitado, ingrato hacia el pasado,
ciego a los peligros, sordo a las advertencias, un pequeño
torbellino de vida en medio de un océano congelado de noche
y olvido. Y, no obstante, ese estado -ahistórico,
absolutamente anti-histórico- es no solo la matriz de una
acción injusta, sino también, y sobre todo, de toda acción
justa, y ningún artista realizará su obra, ningún general
conseguirá la victoria, ningún pueblo alcanzará su libertad,
sin antes haberlo anhelado y pretendido en un estado
ahistórico como el descrito. Como el hombre de acción,
en expresión de Goethe, actúa siempre sin conciencia,
también actúa siempre sin conocimiento; olvida la mayor
parte de las cosas para realizar solo una; es injusto hacia
todo lo que le precede y no reconoce más que un derecho: el
derecho de lo que ahora va a nacer. Así pues, el hombre de
acción ama su obra infinitamente más de lo que esta merece
ser amada, y las mejores acciones se realizan siempre en una
exaltación de amor tal que, aunque su valor pueda ser
incalculable en otros respectos, no son, en todo caso,
dignas de ese amor”.
Vivir
en el presente, tomando las energías de sí mismo, de la
propia síntesis que somos, nos concede fuerza, un tipo de
poder, que puede causar las acciones más justas y las más
injustas. Cuando a esa energía privilegiada le sumamos,
nuestra capacidad cognitiva y, con ella la voluntad,
obtenemos el auténtico poder.
Sin embargo, Nietzsche –en su
momento histórico, con la fuerte motivación crítica que lo
empuja– no puede dejar de poner en tela de juicio la
filosofía de la historia kantiana y el sentimiento de anhelo
de Fichte:
[A los
hombres históricos] “el espectáculo del pasado los empuja
hacia el futuro, inflama su coraje para continuar en la
vida, enciende su esperanza de que lo que es justo puede
todavía venir, de que la felicidad los espera al otro lado
de la montaña hacia donde encaminan sus pasos. Estos
hombre históricos creen que el sentido de la existencia se
desvelará en el curso de un proceso y, por eso, tan
solo miran hacia atrás para, a la luz del camino recorrido,
comprender el presente y desear más ardientemente el futuro.
No tienen idea de hasta qué punto, a pesar de todos sus
conocimientos históricos, de hecho piensan y actúan de
manera no-histórica o de que su misma actividad como
historiadores está al servicio, no del puro conocimiento,
sino de la vida”.
Pero, sí que tenían
idea; una idea bien formada, que les hacía comprender que la
fuerza de esa voluntad, nacida de los sentidos, preparada en
el sentir originario y sublimada por una racionalidad
integradora y por la voluntad –que no olvida la raíz de la
que recibe sabia–, no les consigue lo que desean, del todo,
en el presente.
Y no sólo podemos
traer a colación el sentimiento del anhelo y la esperanza
–con su esencial proceso–, hay una razón más interesante
ahora con la que podríamos “salvar distancias” y poner a
dialogar al idealismo transcendental con Nietzsche: la
diferencia entre lo real y lo ideal, nuestra constitución
como organismo, nuestro proceso de conocimiento y, por
tanto, la dirección de nuestra racionalidad. Mediante la
actividad ideal que tiene lugar en el proceso de
conocimiento no somos capaces de “ver” al yo (sólo
observaríamos fragmentos, estados dispersos y
contradictorios, influencias en lucha…). Sin embargo, hay
una acción real con la que sí podemos llegar al yo:
podemos sentirlo: “En el sentimiento se halla todo el yo
no dividido”, dice Fichte. En el sentimiento captamos
sintética y vivamente, esto es, real e idealmente a la vez,
los dos componentes básicos del yo, la acción y la
limitación. El sentimiento es fácticamente lo primero y lo
originario”, y de ahí partirán todas las demás
representaciones.
“El sentimiento es el estado
más básico “al cual se liga todo lo demás”, toda otra
reflexión. “El sentimiento es una “conciencia necesaria e
inmediata a la cual podemos ligar la serie de las demás
conciencias”. “El sentimiento es el objeto primero e
inmediato de nuestra reflexión”, de nuestra actividad ideal.
Una intuición, un concepto o una acción son mías gracias a
un sentimiento, mediante el cual soy consciente de la
ligazón; no basta la Apercepción intelectual kantiana, dice
Fichte”.
Ahora bien, el
sentimiento puede engañar a nuestra reflexión: movido por el
interés instintivo, puede adaptar nuestras preferencias,
incluso hasta sumergirnos en una realidad ficticia, es
decir, puede desconectar de la realidad. Por eso, el
sentimiento necesita la acción real–ideal del querer, que
hace surgir la conciencia del sujeto: ¿Qué propicia la
acción ideal de la conciencia? Un acción real: el acto de
querer (estamos según Kant en la facultad de desear). Este
acto de querer se manifiesta en la razón, como nos dice
Rivera de Rosales, “en su inalcanzable exigencia teórica de
lo absoluto”.
“Ese acto de
querer se articula en dos grandes momentos en los que la
subjetividad se ha reconocido al recorrerse idealmente
gracias a la actividad teórica: la sensibilidad–pasividad y
la razón (en sentido genérico)–actividad.
El
primer querer está configurado por los deseos (las
inclinaciones en términos kantianos) […]. El deseo es un
querer permanecer en mi objetualidad de mundo, en mi
individualidad objetiva de yo empírico. &nbs