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Revista Lindaraja nº 13, octubre de 2007
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Yo nací en un caserío navarro que tiene nombre vasco porque linda con la frontera de Guipuzcoa, se llama Belzunce y la traducción del euskera es "cabra negra". Supe luego que la cabra es un uno de los arquetipos a los que se refiere más la magia, y quiero indicar que por más que la cabra del caserío fuera negra, la magia a la que se puede referir el nombre de Belzunce, fue siempre blanca y diáfana, como la infancia de mis cinco mágicos años primeros de vida. Allí Freud me hubiera podido contemplar como niño feliz, trasportando a mi inconsciente las mejores hogazas de pan blanco y una leche pura de vaca que sabía a prados de brumas y pastos verdes. Mi memoria infantil siempre colocó en el caserío lo óptimo de las cosas y la vida. Con avaricia guarda mi memoria el olor de las manzanas agrias, entremezclado y confundido con el olor del nogal que encontraba tan penetrante, el ruido mullido y acompasado de los carromatos cargados de heno, arrastrados por soberbios y rojizos bueyes. Todo allí olía a primera vez y a extremo, que eso debe ser la infancia. Cuando mis padres, sin aviso previo, me sacaron del placer de aquella fiesta infantil y primitiva, como en el caserío hacían con las lechugas, y me trasplantaron a la capital, Pamplona se convirtió en el "principio de realidad" que diría Freud , y que tenía que ver con las letras de la escuela, las divisiones y multiplicaciones de "párvulos mayores", y en general con todo el malestar de la cultura y la necesaria represión normativa de la ciudad. El paraíso siempre se llamó Belzunce, y como pasa con los paraísos yo también perdí el mío.
En las puertas de aquel paraíso perdido me sentí extranjero, un tanto apátrida y delante de mis compañeros de "párvulos mayores" de la clase de la señorita Amparo, me sentí como un marciano reciclándome.. Pero quiero contar más cosas del caserío. Mi tío Antonio, cuando yo hacía pillerías mientras él labraba, me decía muy serio que "el hombre del saco" vendría y con toda probabilidad me llevaría para venderme en el próximo pueblo a gente muy mala. Nunca sabrá mi tío, la cantidad de fantasmas que depositó para siempre en mi fantasía infantil. Hasta el día de hoy guardo el presentimiento de que un día es posible vuelva "el hombre del saco". Cuando en situaciones de la vida me he visto maltratado, automáticamente he convertido a quien así se comportaba conmigo, en el horrible hombre del saco a punto de venderme. Yo me llamo Domingo como mi abuelo. Cuando mi tío se ponía más impertinente de la cuenta llegaba mi abuelo blandiendo su bastón y le gritaba. "calla, deja al chico". Mi abuelo sólo tenía sacos llenos de trigo. Era como los patriarcas bíblicos, custodio y amo de todo. Recuerdo que los dos, solos, en rito confabulador, enterramos a un grandioso y manso perro de San Bernardo, podría señalar el lugar exacto de su tumba. También mi abuelo fue el primero en enseñarme qué era un libro. El inmenso pasillo del salón-comedor del caserío lo recorría una alargada biblioteca alineada con ristras de libros mal encuadernados, que enseñaban las tripas del lomo mal cosidos, mal encuadernados y con las tapas llenas de maceraciones y rotos. Un libro en mi infancia era un objeto al alcance de la mano, encuadernado en rústica y que estaba ahí en el caserío formando un disciplinado pelotón.
Años después, en mi adolescencia, cuando volvía a pasar un verano en el caserío, me di cuenta que mi abuelo tenía encuadernadas la revista diocesana "La Verdad", y también "El Kempis", "Las confesiones de San Agustín" – Filomena , la hija mayor del abuelo y tía mía, era agustina recoleta - San Agustín presidía desde una lámina aquel comedor. No puedo memorizar ahora títulos de novelas alamacenadas en la biblioteca de mi abuelo pero recuerdo "Genoveva de Bramante" que hacía llorar a mi hermana mayor, de la que me reía cruelmente y también recuerdo todavía el rinconcito donde estaban, encuandernadas, las primeras colecciones que devoré en mi vida, "Roberto Alcazar y Pedrín", "El guerrero del Antifaz", "Flechas y Pelayos". En el goce de aquellas lecturas adolescentes, una tarde me sobresalté. Descubrí en la biblioteca de mi abuelo un libro con un sacrílego título: "Dios ha muerto", de un autor difícil de pronunciar por el exceso de consonantes. Le pregunté al abuelo quién había escrito aquello. Sin inmutarse pontificó la respuesta: "lo ha escrito un alemán y los alemanes ya se sabe...Lo compré en una libreria de viejo". Ya no me atreví a preguntar a mi abuelo por qué, él que leía "La verdad diocesana" tenía ese libro en su biblioteca. Hasta hoy mantengo la duda de si mi abuelo había leído el "Así hablaba Zaratustra" de Nietzsche, que era el subtítulo de aquel libro y que estaba editado en Buenos Aires.
El "hombre del saco" de mi tío Antonio produjo en mi infancia, como ya dije, verdaderos fantasmas, y el libro de Nietzsche de la biblioteca alineada en pelotón de mi abuelo, despertó en mi la curiosidad más grande por leer y dejarme provocar, desde entonces, por autores marginales, y títulos provocativos e inéditos... Me inició mi abuelo en el vicio de la lectura, y sin quererlo, en el vicio de celebrar citas con los libros en las librerías de viejo que me recuerdan los viejos libros de mi abuelo. Me estoy refiriendo ahora a mi adolescencia, y en ese momento de mi vida yo era alumno del colegio de los salesianos de Pamplona. Allí viví momentos felices y recuerdo con verdadero entusiasmo la venida al colegio del carismático misionero Mons. Carreño, que había llegado de Madrás. Era un un rapsoda que nos embelesaba con narraciones de poblados fantásticos, los templos y los muchos dioses de la India, con sus santones y todos los ritos de purificación en los ríos indios, que para ellos eran sagrados como el agua misma, pues en la India todo era pobre pero sagrado . Había que hablarles a los indios del verdadero Dios y dejar que sus innumerables dioses se fueran muriendo poco a poco, en discreta agonía. Mons. Carreño se convirtió de repente en mi imaginario adolescente, en una revelación o hierofanía, acababa de romper la preocupación más grande que tenía: el libro que podía haber leído mi abuelo, no trataba del verdadero Dios, el nuestro; el "Dios ha muerto" de la biblioteca de mi abuelo, hacía referencia a alguno de los dioses de los indios, allí eran tan pobres que se morían todos, hasta los mismísimos dioses. Mi abuelo podía haberlo leído. Mi abuelo, que era lo que más quería en el mundo, no se iba a condenar en el infierno, mi abuelo volvía a ser como un inmenso totem plantado en el mundo de mis ideas más perfectas, y respiré tranquilo. Pero Mons. Carreño era incombustible e inabarcable. Los salesianos tenían en la India mil obras geniales, todos los parias de la India parecían caber en los colegios que habían organizado en Madrás. Era todo lo que nos contaba grandioso. El apoteosis llegaba, cuando habíendo acabado de hablar, cogía su acordeón y nos enseñaba cantos sentimentales de entrega desinteresada a los indios tan pobres ellos, de despedidas de misioneros que dejaban a su madrecitas tan tristes y melancolicas, "no llores más madrecita que tu hijo volverá... o cairí o cairá". Mons Carreño que rompió mis dudas sobre la muerte de Dios y el pecado de mi abuelo, incendió mi corazón adolescente con el fuego fortísimo de la vocación misionera. Se lo dije en seguida al abuelo. No era de muchas palabras. Me miró cómo quien mira un regalo deseado y me dijo, "el ajuar te lo pago yo", y me fui a Barcelona al seminario de los salesianos. Cogí el tren y aquí llegué a Barcelona. Eran los años posteriores al Congreso Eucarístico Internacional. Un viejo amigo hace unos cuantos años regaló a mi esposa una botella de Rioja, reserva especial del año 1952. Ella sabía que había llegado yo a Barcelona ese mismo año. Ella que había nacido entre los viñedos de San Sadurní de Anoya, le costó poco regalarme la botella de la competencia riojana. Yo le prometí no abrirla en vida, y la botella de vino "Berberana cosecha especial del 1952", se ha convertido para la familia en un tabú y en un fetiche.
No abriré la botella y tampoco quiero aburrirles con mis andanzas personales. Me seguía preparando para poder llegar a ser misionero. Y siendo seminarista de filosofía, me vuelvo a encontrar con Nietzsche. Yo leía libros de Cabodevilla, Martín Descalzo, "Nada" de Carmen Laforet, y claro libros de filosofía sobre todo filosofía tomista. Y allí en la pequeña biblioteca, mucho mejor encuadernado y catalogado que en la librería de mi abuelo, estaba Nietzsche presente, con su "Así hablaba Zaratustra". Todo Belzunce, el hombre del saco y todo el ejército de fantasmas que me persiguieron durante tiempo, volvieron a herir mi memoria, y me di cuenta que vivía un poco más porque ya era capaz de poder narrar desde experiencias atravesadas. Me fue fácil desculpabilizarme, volviendo a pensar con Mons Carreño que los dioses de la India se irían muriendo poco a poco y a esos se refería Nietzsche. Pero yo nunca fui de misionero a la India, en el año 80 estuve un verano de turismo. Me pasó como a Nietzsche que también dejó el seminario, y no cumplió el deseo de su madre. Yo no cumplí el deseo del abuelo. Pero ya no le he imitado a Nietzsche en más cosas. No somos del mismo club pero somos amigos. Sé leerlo sonriéndome y muchas veces, me sigue sorprendiendo hasta la perplejidad, por su necesidad prometeica de vivir y pensar tan en los límites de la vida y de la crítica de casi todo. Pero es un poeta músico y, yo también estoy convencido con su amiga Lou Andreas Salomé, que era un "animal religioso" que quiso componer la dionisiaca sinfonía de un dios a su medida.
Paradójicamente, al tiempo que hablaba de los derechos de su Zaratustra, no dejó que el Dios cristiano tuviera también los derechos a realizarse y manifestarse con "sus derechos". Es amigo provocativo y ,como pocos, sabe contestar siempre. Mi amigo Nietzsche sólo hizo silencio cuando enloqueció. Otra vez también hizo silencio, cuando Lou Andreas Salomé le negó el matrimonio y al poco tiempo creaba Nietzsche, en unos cuantos días de inspiración dionisiaca, el libro que revolucionó parte de mi existencia: "Así hablaba Zaratustra". __________________________________________________
© Domingo Cía Lamana, 2007
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