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REALIDAD
Y FICCIÓN
LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN
Web de la profesora Mercedes Laguna |
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COMENTARIO DE TEXTO
—Indícame dónde está el Sur y yo te conduciré. Mientras yo viva, nadie impedirá que llegues a él. Se acercaron aún más a las almenas y atisbaron la tierra que se extendía a su alrededor. En aquel momento Aranmanoth se dio cuenta —y ella también, puesto que lo miraba asombrada— de lo mucho que habían crecido desde la última vez que subieron a la torre. Contemplaron el mundo y sus miradas se perdían en el horizonte, deseando quizá ir más allá, más allá de cuanto habían sido sus vidas hasta aquel momento. Un gran silencio emanaba de cuanto alcanzaban sus ojos. Era el silencio que a veces se apodera de la tierra y de las gentes que la habitan, hasta de la hierba y de las diminutas criaturas que la recorren. Era un silencio tan grande que parecía desprenderse del cielo y eternizarse o desaparecer en el parpadeo de un niño o en la irreversible soledad de la vejez y los recuerdos. Windumanoth rompió el silencio que pareció quebrarse como el cristal. Pero no fue su voz lo que provocó el estallido, sino su brazo desnudo, que señalaba un camino confuso y oscuro. Dirigía su brazo y su mano abierta hacia algún punto remoto, más allá de los bosques que les rodeaban: —Allí... Aranmanoth, allí está el Sur. Una súbita alegría detuvo el temblor del miedo que antes la aprisionaba y se adueñó de los corazones de los dos muchachos que miraban extasiados hacia lo lejos, en busca del camino de sus deseos: el camino que les llevaría al Sur. —Te doy mi palabra de guardián, y de amigo: te conduciré hasta allí —dijo Aranmanoth. Y ninguno de los dos pensaba en aquel momento en Orso, ni en el matrimonio de Windumanoth, ni en el joven poeta de ojos negros. Ni siquiera pensaban en las mujeres que hilaban en las ruecas o en las voces y advertencias que brotaban de sus historias. Sólo eran ellos dos, de pronto libres, como si en lugar de abandonar las almenas y, corriendo, descendieran las escaleras de la torre, hubieran podido navegar sobre el aire y la luz que les empujaba.
Aquel mismo día llegaron los vencejos y las golondrinas. Todo el aire se llenó de gritos, de una alegría, quizá imperceptible para muchos, pero no para Aranmanoth. Él era capaz de comprender el lenguaje de los pájaros, y ahora el cielo se llenaba de mensajes que él recogía y descifraba naturalmente. En aquel momento, la alegría lo era todo: el olor del aire, los ruidos de la casa, la voz de los sirvientes, los aullidos de Aranwin, e incluso los humos y olores de la cocina y las risas de las campesinas que llevaban pan a los hombres que trabajaban los campos. Todas las cosas que hasta aquel momento parecían cotidianas y vulgares se transformaban en alegría. La tristeza se ovillaba en un rincón; se agazapaba, acaso dormitaba, pero no moría. Aranmanoth se había olvidado de ella y le alegraba cada paso que daban sus pies, y de cada grito, de cada voz que percibían sus oídos, y de cada nube que, por pequeña que fuera, cruzaba el cielo. En este fragmento Ana María Matute toca los temas del viaje de los dos protagonistas hacia la tierra añorada de Windumanoth, a la vez que describe los sentimientos por fases: primero silencio y tensión hasta que Windumanoth dice la dirección en la que está el Sur, y después alegría porque deciden marcharse. También llega la primavera, lo que da lugar a un mayor ambiente de alegría. Estos temas se enlazan con la sutil manera de Ana María Matute de describir el nacimiento del amor entre estos dos jóvenes (la descripción de que los dos habían crecido), que va aumentando conforme la novela progresa. Este tema es en la novela, junto a los lazos afectivos que une a la gente, el más importante de la novela, y ella los describe muy bien, con un progreso sutil al principio, después un cambio un poco drástico, y el cúlmen cuando los dos se dan cuenta de su amor y están en el manantial. Debido a que la autora vivió la guerra y la posguerra, y supongo que perdió gente con la que la unían fuertes lazos afectivos, también se tratan los temas de lo que la guerra puede destruir, viendo uno de sus lados más cruentos. También está el tema de lo que los lazos afectivos (o la ausencia de éstos) puede provocar: alegría, decepción, amargura, o incluso odio; algo que ya está ocurriendo en la realidad de hoy día, que cada vez hay menos lazos afectivos que unan a la gente. Resaltando el tema del amor, al final del libro es el tema que más destaca, y se ve que el más importante para Ana María Matute, pues sólo los que hayan amado o deseen de verdad hacerlo podrán ver la cabeza de Aranmanoth en el lago. La autora trata estos temas con gran delicadeza aunque, debido a su naturaleza, tienen un final trágico y drástico, a pesar de ir progresando muy sutilmente, y es este final lo único que me ha decepcionado -¿debería decir decepcionado?- o lo que me ha disgustado de esta novela.
Antonio Castillo
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