De-Lectio. Revista de filosofía, literatura y estética. ISSN: 2445-0316 
 

 

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Juan José Acero

Universidad de Granada

 

Qué dice Juan José Acero sobre los componentes de la vida afectiva

Un texto que sirve como presentación del autor para

la Revista De-Lectio

 

 

 

 

 

EMOCIONES, ESTADOS DE ÁNIMO Y RASGOS DE CARÁCTER

Juan José Acero 

En el cuarto capítulo de El concepto de lo mental, dice Ryle, se propone demostrar que bajo el rótulo «emotividad» se incluyen, por lo menos, tres o cuatro diferentes tipos de cosas” (pág. 74). Esa aparente vacilación, “tres o cuatro”, se explica por el hecho de que, si bien menciona cuatro tipos de cosas, motivaciones, estados de ánimo, conmociones y sentimientos (o sensaciones), sólo las tres primeras aparecen en su cartografía final. La herramienta decisiva de su análisis es la distinción entre sucesos (acontecimientos, eventos) y disposiciones. A la categoría de motivación pertenecen formas de la emotividad como la vanidad o la avaricia, pero también el patriotismo y la bondad. Son “propensiones hipotéticas generales de cierto tipo y [las oraciones por medio de las cuales las atribuimos] no pueden ser interpretadas como narrando episodios categóricamente” (pág. 76). Por los ejemplos, no hay duda de que Ryle usa el término ‘motivación’ para hablar de rasgos de carácter, de “peculiaridades más o menos duraderas del carácter [de una persona]” (pág. 76). Así entendida, la categoría de las motivaciones la conforman disposiciones, no sucesos o acontecimientos. La envidia, el resentimiento, el orgullo o los celos son también rasgos de carácter; disposiciones, por lo tanto. Pero nadie debe confundir un arrebato de celos, de envidia o de compasión, un suceso con una duración temporal limitada, con la condición del celoso, del envidioso o del compasivo. Aquello es un suceso, esto un rasgo de carácter.

También la categoría de los estados de ánimo la integran disposiciones, pero se trata de “inclinaciones a corto plazo” (pág. 89). Hallarse deprimido o sentirse feliz, comunicativo, inquieto o melancólico son estados de ánimo. El énfasis que pone Ryle en la extensión del lapso temporal es indiscutible: “Únicamente cuando un estado de ánimo es crónico usamos palabras referentes a estados de ánimo como descripciones de su carácter” (pág. 88). Cuando no es crónico, el período de tiempo en el que el ánimo está como está no da lugar a que el estado se haga constitutivo del carácter de la persona. Así, pues, si la depresión se alarga en el tiempo, el sujeto se hace un depresivo; y si el resentimiento perdura, la persona se convierte en una resentida. Esta acotación del territorio de los estados de ánimo por medio de un criterio de duración temporal es sólo parte de la historia. Los estados de ánimo son disposiciones a actuar y reaccionar de cierta manera, pero también a no hacerlo de otras. Así, por ejemplo, si el ánimo está alegre, “[la persona] está dispuesta a hacer más bromas que de ordinario, a gozar las bromas de los demás, a solucionar problemas importantes sin sentir ansiedad, a entusiasmarse con juegos intrascendentes, y cosas similares” (pág. 88).

Algo distingue, entonces, las motivaciones de los estados de ánimo. Pero algo tienen en común. Ryle insistió en la necesidad de distinguir las motivaciones y los estados de ánimo de los sentimientos y las sensaciones, pese a que tanto en unas como en otros la presencia de sentimientos y sensaciones sea constante y sobresaliente. La persona que tiene cierta motivación o rasgo de carácter, escribe Ryle, “se inclina a hacer cierto tipo de cosas, a efectuar determinado tipo de planes, a dejarse llevar por su imaginación y también, por supuesto, a experimentar en situaciones determinadas, cierto tipo de sentimientos” (pág. 82). Algo parecido puede decirse también de los estados de ánimo. Los nombres que damos a los estados de ánimo y los conceptos bajo los que los agrupamos no son ni nombres ni conceptos de sentimientos, “aunque tener un estado de ánimo es, entre otras cosas, estar en situación de experimentar ciertos tipos de sentimientos en determinadas situaciones” (pág. 92).

Esta manera de relacionar las categorías de las motivaciones, los estados de ánimo y los sentimientos es menos clara de lo que podría parecerle al lector en lengua castellana. El término que utiliza Ryle es el de ‘feeling’; y si se lo traduce al castellano mediante ‘sentimiento’, se corre el riesgo de perder justamente la lección que Ryle considera importante, a saber: que motivaciones y estados de ánimo son disposiciones que conllevan, entre otras cosas, la propensión a experimentar sensaciones determinadas. El que está alegre —un estado de ánimo— tiene la disposición a experimentar alegría, júbilo o gozo —un sentir—. El vanidoso —el que según Ryle tiene una determinada motivación— está inclinado a experimentar orgullo o resentimiento —un sentir—. Pero los sentires no son, en otro sentido del término, sentimientos. Los sentimientos son motivaciones o rasgos de carácter. Una persona bondadosa es alguien de buenos sentimientos; una persona, resentida o envidiosa, alguien de malos sentimientos. La categoría de los sentimientos, por lo tanto, comprende cosas bien distintas. Hay sentimientos, podríamos decir, que son sentires; y hay sentimientos que son sentimientos, es decir, rasgos de carácter. Los primeros, los sentires, son sucesos; los segundos son disposiciones. Por lo tanto, la categoría de los llamados sentimientos es equívoca. Y la asociación que Ryle trazaba entre motivaciones y estados de ánimo, de una parte, y sentimientos, de otra, podemos enunciarla así: quien tiene una motivación y quien se encuentra en un estado de ánimo determinado tiene la inclinación a experimentar tales o cuales sentires: tales o cuales sucesos.

¿Qué hay, finalmente, de las llamadas conmociones? Según Ryle, su relación con los sentires es intrínseca. Un arrebato de ira o un subidón de júbilo son conmociones; y las sensaciones o sentires que experimentamos en cada caso son signos de esas conmociones, “de la misma manera que el dolor de estómago es signo de indigestión” (pág. 95). Y lo mismo hay que decir de los episodios de miedo, tristeza, ira o disgusto. En cada ocasión en que sentimos alguna de estas cosas experimentamos una conmoción o una agitación. Somos parte implicada, afectada, de un suceso: algo nos pasa, algo sufrimos (miedo, tristeza, y demás). Dada, entonces, la íntima relación entre sentires y conmociones, resulta natural del todo reconocer los vínculos que unen a las conmociones tanto con los estados de ánimo como con las motivaciones. Una forma escueta de decirlo es ésta: que las formas de emotividad que pertenecen a estas categorías son disposiciones a sufrir o a experimentar conmociones. Una persona alegre —una forma de ser— tiene la disposición a sentir alegría —una conmoción— en condiciones favorables; y lo mismo hay que decir de la persona que no siendo alegre sí que se halla en ese estado.

En definitiva, al hablar de emociones Ryle distingue las motivaciones de los estados de ánimo y de las conmociones. En los dos primeros casos estamos ante disposiciones o inclinaciones psicológicas; en el tercero, ante acontecimientos o sucesos psicológicos. Es indiferente a qué apliquemos la palabra ‘emoción’ —una palabra que se incorpora al léxico de la lengua castellana en tiempos relativamente recientes—. Podemos darle una función genérica, permitiéndonos referirnos por igual a motivaciones, estados de ánimo y conmociones. Sin embargo, cabe también la posibilidad de usar ‘emotividad’ como rótulo del dominio general y servirnos de ‘emoción’ para designar alguna de las categorías subordinadas. Dada la etimología del término, así como el uso que ha venido adquiriendo en los escritos de filosofía de la psicología —sin duda debido a la influencia de los escritos en lengua inglesa—, se reservará la palabra ‘emoción’ para hacer referencia a lo que Ryle denomina conmociones. Una ventaja de esta convención es que así distinguimos los estados de ánimo de sus advenimientos. Los primeros son disposiciones, mientras que los segundos son, como he dicho, sucesos. Al obrar de esta forma deshacemos el equívoco a que da pie, por ejemplo, el Diccionario de la RAE, que entiende las emociones como estados de ánimo.

 

Continuación del artículo

Acero, J. J.: (2004): “Emociones, estados de ánimo y rasgos de carácter”. Universidad de Granada. Departamento de Filosofía I. Web del profesor Juan José Acero: http://www.ugr.es/~acero/


 

 

 

 

 

 

Un estado de ánimo puede estar latente y no manifestarse más que cuando las condiciones de la situación en que se halle el agente sean muy especiales. Así, Ethan Edwards, el personaje principal de la historia que narra la película de John Ford The Searchers (Centauros del desierto), está decidido a matar a su sobrina, raptada años atrás por los comanches Nauyeki y convertida en esposa del jefe Cicatriz. Una vez muerto éste, y en su arrebato, la levanta en sus brazos para aplastarla contra el suelo. Pero en esa condición, en medio de la tormenta de odio acumulado por los años —“Ya no son blancos; son comanches.”—, el peso del cuerpo de Debbie reaviva las viejas sensaciones de ternura experimentadas cinco años atrás, cuando la levantó en sus brazos al reencontrarse con su hermano y con la esposa y los hijos de éste. Y en ese estado esta emoción anula todo lo demás. Una susceptibilidad de Ethan, que Ford ha mantenido oculta, se manifiesta en el momento culminante de la historia”.

 

Acero J.J. 2004. "Emociones, estados de ánimo y rasgos de carácter". Universidad de Granada. Departamento de Filosofía I. Web del profesor Juan José Acero: http://www.ugr.es/~acero/

 

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Lugar de edición: Granada

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