De-Lectio. Revista de filosofía, literatura y estética. ISSN: 2445-0316 
 

 

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Álvaro Vallejo Campos

Universidad de Granada

 

Qué dice Álvaro Vallejo Campos sobre la palabra creadora

Un texto que sirve como presentación del autor para

la Revista De-Lectio

 

 

 

 

 La determinación retórica del ser

 La retórica y la crítica platónica de la dóxa

      En el título de este trabajo se ponen en relación dos conceptos que rara vez, a mi entender, aparecen vinculados. Se trata, efectivamente, de la retórica y el ser. En mi análisis de esta cuestión voy a centrarme mayormente en la Repúbli­ca de Platón, pero creo que a partir de esta obra podemos sacar consecuencias no solo para el pensamiento filosófico platónico, sino para una buena parte de la reflexión filosófica, que, inspirada en una ontología como la platónica, con­sidera la existencia fáctica de las cosas como algo inesencial al ser. Es verdad que la palabra retórica o sus derivados tienen escasa presencia en esta obra (cfr. 548e5), pero no faltan referencias indirectas a ella, como veremos ensegui­da. Sin embargo, podría decirse que todo el diálogo constituye una situación retórica, pues se trata de persuadir, a los interlocutores de Sócrates o a los lectores, de toda una serie de principios que constituyen el núcleo doctrinal del pensamiento político de Platón. En realidad, como le dice Sócrates a Glaucón, a propósito de su disputa con Trasímaco, que centra ya todo el marco de la discusión posterior, se trata de que nos constituyamos en «jueces y oradores»  para llevar a cabo una labor de persuasión (348a). Y esto es justamente lo que pide Glaucón a Sócrates, al principio del libro II, quedar «verdaderamente persuadido» de que es mejor la justi­cia que la injusticia. Adimanto toma la palabra después de su hermano, para exponer el realismo moral de la sociedad ateniense que cuestiona todos los discursos en defensa de la justicia. En su opinión si «desde niños hubiésemos sido persuadidos» (367a1-2) de los efectos beneficiosos de esta, no hubiese sido necesario andar vigilándonos y basar en la coerción social los fundamentos de la moralidad. De manera que toda la obra se abre con una exigencia de persua­sión y la tarea que se divisa en el horizonte ante Sócrates es verdaderamente hercúlea, pues se trata nada menos que de abandonar muy arraigadas creen­cias sobre la moral y la justicia y sustituirlas en el ánimo de los interlocutores por otras mejor fundadas filosóficamente, como si el lector tuviera que consti­tuirse en un juez que hubiera de juzgar el mérito de los discursos.

Difícilmente podría negarse que Platón tenga plena consciencia sobre la naturaleza retórica del escenario literario creado en su obra. En otros diálo­gos, como el Gorgias y el Fedro, reflexiona deliberada y explícitamente sobre la naturaleza de la retórica. Sin embargo, tenemos que reconocer que en la República hay escasas referencias explícitas al tema. Parece como si se hubiese contentado con crear un espacio retórico y dejara para otro momento la re­flexión explícita sobre la naturaleza de la técnica retórica tan concienzudamen­te analizada en otras obras. Sin embargo, Platón sabía que los fundamentos del discurso utópico sobre los que iba a levantar los cimientos de la ciudad ideal, tenían que apartarse del núcleo teórico sobre el que se apoyaba la retórica y a esta cuestión, desde luego, sí que se hacen referencias explícitas y decisivas. 

Me refiero naturalmente al tema de los defensores de la dóxa. Platón forja, efectivamente, la palabra1 philódoxos (480a6 y 12) para hacer referencia a «los amantes de la opinión» en unos textos donde se aborda precisamente la figura del filósofo gobernante, como la clave de bóveda que ha de soportar el edificio de la ciudad ideal. Constituye, como es sabido, la tesis más paradójica de la filosofía política de la República. Después de tratar de la igualdad de hombres y mujeres en las tareas de gobierno, y de la comunidad de mujeres e hijos, «la tercera ola» desencadenada por Sócrates es la figura del filósofo gobernante, que aparece como condición de posibilidad para la existencia de la ciudad ideal (V 473d). Sin embargo, esta tesis, que consiste en confiar el gobierno del esta­do a los filósofos, se aparta de una manera tan estridente del sentido común (cfr. 473e-474a), que Sócrates teme hacer el más grande de los ridículos…  

Continuación del artículo

 

Revista PENSAMIENTO, UPCO, vol. 70 (2014), núm. 262, pp. 19-37

 

 

 

 

 

   
 
 
   

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