De-Lectio. Revista de filosofía, literatura y estética. ISSN: 2445-0316 
 

 

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Mercedes Laguna González

Investigadora en la Universidad de Granada

 

Qué dice Mercedes Laguna sobre la palabra creadora

Un texto que sirve como presentación del autor para

la Revista De-Lectio

 

 

 

 

La magia de la palabra: ficción y realidad

 

 

Vida y literatura. El modo de conocimiento que supone la literatura.

     

Don Quijote era un buen lector: leía con asiduidad, leía “con afición y gusto” y leía convirtiendo la ficción de las historias en palabras verdaderas para él. Sin embargo, el hidalgo de la Mancha (el idealista universal) pisó y pasó la línea fronteriza que separa la ficción y la realidad (una realidad tan contundente, en principio, como los molinos de viento). Y rompió la norma fundamental del juego: la de tener presente que se trataba de un fruto de la imaginación; por eso le creían loco.

     Cervantes en la novela de este valeroso y utópico caballero, aparentemente ridículo,  juega a su vez con el lector; juega a que él, el autor, es un estudioso de los anales de la Mancha, de las páginas traducidas de Cide Hamete Benengeli, de los distintos autores que a este caso se refieren. Habla de lo que importa poco o mucho para “nuestro cuento”, y de que su objetivo es “no salirse un ápice de la verdad”. La separación, y la mezcla a la vez, entre la ilusión de las historias ficticias y la vida “real” es la columna vertebral de El Quijote, y don Miguel la enhebra en torno al principio clásico (y moderno) de la verosimilitud.

   Cuando los estudiosos, los profesionales de la Filosofía o de la Literatura, investigan y reflexionan sobre los límites de la realidad y la ficción en los textos literarios (y, por extensión, en todos los textos, porque todos están construidos a base de palabras), encuentran un callejón al que unos llaman “sin salida”, otros algo así como “flujo de comunicación” y otros “Juego”, con mayúsculas.

    Este tema de los límites (o el diálogo) entre la realidad y la ficción nos conduce a plantearnos el modo de conocimiento que supone el texto literario, su escritura y su lectura. La literatura, es al mismo tiempo conocimiento y juego. Conocimiento del hombre y  del mundo, y juego como acto lúdico para el que escribe y para el que lee.

     El texto literario puede suponer para el lector un vehículo que le ayude a interpretar la realidad, una explicación de este mundo, presente y pasado, y una aproximación al conocimiento de otros mundos posibles. Una obra literaria que consigue ser para el lector un “proceso de conocimiento” necesariamente ha sido creada por una persona capaz de ver de manera privilegiada el mundo.

El texto literario es un hecho artístico y significa la capacidad que tiene el ser humano para crear, para inventar posibilidades que no se dan en la vida “real”, mundos, situaciones que la inteligencia humana, creadora, es capaz de pensar que podrían existir.

José Antonio Marina (1993) “ha puesto en primer plano el hecho de que la inteligencia humana se define sobre todo por la desconcertante función de inventar posibilidades. Es creadora no sólo en la medida que conoce la realidad -lo que es- sino también y sobre todo porque avanza constantemente hacia la irrealidad -lo que no es, lo que será, lo que podría ser o lo que habría sido-, y ese avance lo ejecuta en el límite constantemente abierto de un futuro de posibilidades que imagina en relación con unos fines y metas desplegadas un poco más allá… (…) el arte ha sido, es y será uno de los espacios privilegiados para el despliegue de tal inteligencia creadora.” (Pozuelo, 1996: 98) 

 

José María Pozuelo Yvancos en un interesante artículo que sintetiza su línea de investigación respecto a la ficcionalidad del texto literario, analiza las relaciones entre realidad y ficción subrayando que se trata de una relación dialéctica y permeable entre sí.

     “La relación entre ambos códigos modelizadores (…) es siempre dialéctica y permeable entre sí, de modo que el universo de nuestras realidades está constantemente penetrado por ficciones de modo tan persistente como al contrario: las ficciones se han construido con trozos o fragmentos del universo de la realidad y tienen una decidida vocación de referir a ella. (…) El juego ficcional es siempre un juego creativo con vocación de realidad” (Pozuelo, 1996: 99).

       Este fenómeno de osmósis (de permeabilidad, como dicen los críticos y subrayan a menudo los escritores) entre la realidad y la ficción ha sido en varias ocasiones señalado respecto a la que se considera unánimemente la primera gran novela moderna: El Quijote. John Jay Allen (1996:11) cuando estudia los aspectos autobiográficos del Quijote, indica cómo sobre todo ciertos pasajes de la obra “manifiestan la más honda compenetración de vida y literatura. Don Quijote crea una vida a base de literatura; Cervantes hace literatura basándose en su vida”.

       Pero no se trata solamente de “su vida”, sino, sobre todo, de lo que él ha visto de la vida, la visión privilegiada de la vida que tenía Cervantes (genial, como es genial la de todos los buenos escritores). Así El Quijote se nos presenta como un fantástico baúl repleto de libros y lecturas con todas sus historias, con la sabiduría que desprenden y, al mismo tiempo,  el placer que produce el leerlos. Aunque, por supuesto, El Quijote no solamente está tejido de referencias a textos cultos, a su crítica o a la metanarración, sino que don Miguel se deleita en levantar a la categoría de buena literatura las costumbres, las aficiones, los sueños y los lugares de evasión. Por este camino, Cervantes da carta de ciudadanía en su inmortal novela a otro tipo de literatura, más denostada, en la época y después, a lo largo de los siglos,: la literatura de tradición oral. Los refranes, los cuentos populares, las “consejas”. Una literatura si cabe más anclada en la vida, porque nace de ella. Así, por ejemplo, don Quijote, contagiado ya de la forma de hablar de Sancho, se convence de que en la literatura oral también hay sabiduría (como la hay en los libros); el caballero utiliza refranes en sus diálogos y dice de ellos que encierran sabiduría porque nacen de la experiencia.

       Literatura y vida se dan la mano en los orígenes del género narrativo que vino a llamarse novela. Como toda la literatura, la novela requiere una participación activa del lector; pero se trata de un género literario que, de forma especial, invita al establecimiento de un pacto[1] entre autor y lector, un pacto de lectura por el que el que lee juega a creerse la historia que se narra.

       Una novela, o cualquier historia narrada, nos gusta y disfrutamos con ella cuando jugamos a creernos lo que cuenta. En la medida que nos sumergimos en la historia, jugando a convertir los personajes en personas, sus sentimientos ficticios en sentimientos reales, en esa medida saboreamos la lectura porque nos hemos puesto a jugar al juego de la creación, allí donde se revela la sabiduría más profunda del ser humano[2]. Hay, sin embargo, una regla: no perder de vista que se trata de un juego y de un ámbito de ficción.

 

 

El juego creativo

       La importancia del juego como creación y de la creación como juego ha sido destacada por numerosos autores desde Aristóteles. Lotman (1970) explica la relación entre realidad y ficción señalando que el juego es un modelo de realidad de tipo particular. El juego “reproduce aspectos de la realidad traduciéndolos al lenguaje de sus reglas”. (Pozuelo, 1996: 99)

       Alfonso López-Quintás define el juego en su Estética de la creatividad como “una actividad corpóreo-espiritual libre”, como una actividad que impulsa el poder creador del individuo que la realiza. Al no perseguir en sí mismo ninguna finalidad práctica, el juego actúa como “una fuente de gozo espiritual para quien la practica. El artista, la persona que crea es para López-Quintás aquel que puede “tornar fácilmente accesible lo que para la mayoría es recóndito (…) Todo gran artista se constituye en lugar de revelación de lo profundo, punto viviente de inserción de lo insólito y lo cotidiano, lo arcano y lo manifiesto”. (López-Quintás, 1987: 40)

       Carmen Martín Gaite había dicho en su primer libro sobre la creación literaria que escribir es, según su experiencia,  “el juego más consolador que se ha inventado nunca” (La búsqueda de interlocutor, 1982[3]: 32). En Retahílas, Martín Gaite apunta que los interlocutores más perfectos son los niños, porque saben escuchar y apreciar la belleza de lo contado, sin plantearse problemas de deslinde entre la realidad y la fantasía” (Retahílas, 1996: 94). Y en la novela que analizaremos después, El cuarto de atrás, nos da una de las síntesis más válidas sobre la esencia de la literatura:

     “…es incalculable lo que puede ramificarse un relato cuando se descubre una luz de atención en otros ojos, él seguramente también tendría ganas de contarme cosas, se sentaría a mi lado, nos pondríamos a cambiar recuerdos como los niños se cambian cromos y la tarde caería sin sentir, saldría un cuento fresco e irregular, tejido de verdades y mentiras, como todos los cuentos”. (El cuarto de atrás, 1997: 72).

 

 

Capacidad para traer lo profundo a la superficie, y ofrecerlo

 

       Las obras literarias son, pues, el lugar donde se hacen sensibles y visibles los secretos de las realidades más hondas en las se ha podido sumergir el poeta, filósofo, el narrador, el autobiógrafo… todos los que han alcanzado el poder mágico de la palabra, y que poseen “una capacidad singular para traer lo profundo a la superficie y ofrecerlo con espontaneidad a los demás hombres” (López Quintás, 1987:40).

Es la capacidad de “ver” y de “mirar” del escritor que había sido señalada por Émile Zola como una de las características esenciales de la buena literatura.

       Ana María Matute en su Discurso de ingreso a la Real Academia el 18 de enero de 1998 nos presentó a los señores académicos y a todos sus lectores una honda y emotiva reflexión sobre el oficio de escribir:

“ESCRIBIR es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. (…)  Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mi persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayuda a alcanzar la plenitud: ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse  “tu” o “yo”.”

 

            La filósofa María Zambrano, uno de los mejores ejemplos de la feliz unión (que ella consideraba necesaria) entre filosofía y literatura, nos revela en sus escritos autobiográficos cuál siente y sabe que es su vocación:

            “Mi verdadera condición, es decir, vocación, ha sido la de ser, no la de ser algo, sino la de pensar, la de ver, la de mirar, la de tener la paciencia sin límites que aún me dura para vivir pensando”(Zambrano, 1987:70)

 

            Carmen Martín Gaite insiste en varias ocasiones en que el escritor quiere comunicar a través de su obra aquello que él ha descubierto:

            “El escritor … quiere crear, decir lo suyo, nuevo o viejo. Y cuanto más suyo lo haya hecho antes de decirlo, cuanto más lo grite desde su limitación y soledad, desde su subjetividad insatisfecha, más fuerza tendrá para atravesar un día esa muralla opresora que le sofoca.” (La búsqueda de interlocutor…1982: 32)

 


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[1] Utilizamos la palabra “pacto” recordando el significado que le dio P. Lejeune (1993) refiriéndose al “contrato” que se realiza entre el autor y el lector en otro género literario: la autobiografía (en donde los límites entre la realidad y la ficción muchas veces se tornan invisibles).

[2] Ver Darío Villanueva, 1992. Teorías del realismo literario.

[3] Las fechas son de las ediciones que manejamos (no corresponden al años de publicación de la obra).

 

Bibliografía

 

- López Quintás, A. 1987.  Estética de la creatividad. PPU, Madrid.

- Martín Gaite, C. 1982. La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas. Destino, Barcelona.

- Pozuelo Yvancos, J.M. 1996. Poética de la ficción. Síntesis, Madrid. (primera edición, 1993).

- Zambrano, M. 1987. La confesión: género literario. Barcelona, Siruela.

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© Mercedes Laguna González, 2005

LINDARAJA. Revista de estudios interdisciplinares.

Foro universitario de Realidad y ficción.

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

De-Lectio

Revista de Filosofía, Literatura y Estética

Lugar de edición: Granada

Editada por el Grupo de Investigación: Leer, interpretar, crear

(compuesto por los autores del consejo de dirección-redacción de la Revista)

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