De-Lectio. Revista de filosofía, literatura y estética. ISSN: 2445-0316 
 

 

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Sixto Castro Rodríguez

Universidad de Valladolid

 

Qué dice Sixto Castro sobre la palabra creadora

Un texto que sirve como presentación del autor para

la Revista De-Lectio

 

 

 

 

LITERATURA Y EXISTENCIA

La estructura estética del discurso filosófico

        Desde antiguo ha existido una querella entre filosofía y literatura, o al menos ese es el modelo que ha canonizado Nietzsche en su lectura de Platón, una vieja lucha entre filosofía y arte, entre sabiduría y sentidos, entre la razón y lo irracional. Bajo esa idea de enfrentamiento late una cierta consideración del parangón entre ambas realidades. Platón mismo, famoso por desterrar a los poetas en su República, es uno de los mayores poetas. Ciertamente, Platón tiene infinidad de razones para llevar a cabo esa expulsión, tanto ontológicas, como epistemológicas, éticas o políticas, que tienen que ver con su comprensión de la mímesis, que da a las artes (dicho en términos generales) “vacaciones ontológicas”, como ha dicho algún autor, en la medida en que considera que la obra de arte está dos grados alejada de la realidad, porque es copia de copia. En el fondo hay una lucha por la supremacía de un tipo de razón, que resulta en que el arte sea tratado como enemigo, construido por fuerzas oscuras y confusas, sombras, ilusiones y sueños.

Casi en el mismo momento fundacional de esta supuesta querella, Aristóteles emparenta la universalidad de la filosofía con la universalidad de la poesía, que contrasta con la particularidad y concreción de la historia. Esta universalidad, que supone una apertura a todos los mundos posibles en tanto que posibles, contrasta con el interés que la ciencia o la historia tienen en este mundo posible particular. Y así, Aristóteles abre la senda para la consideración de la poesía, en cuanto modelo de todas las artes, como sabiduría, universal, despojada de la dependencia de la particularidad de los hechos. Esa lectura quedará consagrada por Kant y sus intérpretes, donde lo bello (en Kant) o el arte (en ciertas lecturas postkantinas de la Crítica del Juicio) apelan a un sujeto trascendental despojado de su carácter de individuo.

La modernidad “descubre” una nueva región de juicios sintéticos a priori (en célebre expresión de Kant en una de sus cartas, donde da cuenta de la redacción de la Crítica del Juicio). Este territorio específicamente estético, en el que los sujetos dejan de ser cognoscentes puros y se convierten en juzgantes, se ha convertido en una especie de koiné para los autores contemporáneos, que plantean las cuestiones más diversas en parámetros estrictamente estéticos, al menos tal como los entiende Kant. Tal es el caso, por ejemplo, de la teoría habermasiana de la acción comunicativa1. Kant propone una clase de consenso espontáneo profundo construido sobre nuestras facultades, cuyo máximo ejemplo es el juicio estético de gusto. Y así como el gusto está por entero al margen de restricciones, la comunidad discursiva de Habermas, orientada naturalmente al acuerdo, ha de quedar libre, en la medida de lo posible, de todos los poderes e intereses manipuladores, para depender únicamente de la fuerza del mejor argumento. La comunidad habermasiana es fundamentalmente estética en su estructura y, si esto es así, parece claro que el mejor argumento no tiene por qué ser un argumento metódico o analítico, sino que puede ser un argumento estético, literario que, por supuesto, también es un argumento racional.

Rompemos así, desde la misma modernidad kantiana, con un paradigma también moderno, que ya mostraba sus insuficiencias en su época. Vico es quien se opone a la reducción cartesiana de la razón, puesto que hay diversos tipos de razón. Está el poder de distinguir lo verdadero de lo falso, al que Descartes llama buen sentido, y está el discernimiento en situaciones de incertidumbre, que depende del sentido común. El olvido de esta diferencia por parte del método triunfador conduce a formar doctos imprudentes que, pretendiendo ir directamente de lo verdadero en general a las verdades particulares, fuerzan su paso a través de las tortuosidades de la vida. El cartesianismo es, desde su misma fundación referente a ideas claras y distintas, el ámbito antiartístico por excelencia. La claridad y distinción cartesianas excluyen la modelización y la elección que es propia de la prudencia, que es, a su vez, territorio del arte. Como afirma Finkielkraut, “se puede estar dotado de sophía y desprovisto de phrónesis”.

Continuación del artículo

Thémata. Revista de Filosofía. Número 45. 2012

 

 

 

 

 

 

   
 
 
 
 
 

 

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Lugar de edición: Granada

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Editora:

Mercedes Laguna González