De-Lectio. Revista de filosofía, literatura y estética. ISSN: 2445-0316 
 

 

Retórica  Filosofía  Literatura  Herm. filosófica  Creación  Teoría Literatura  Herm. literaria  Arte. Estética  Retórica filosófica  Filosofía Leng  Ética   Ricoeur  Narratividad

 
   
 

Mª Antonia  González Valerio

Universidad Autónoma de México

 

 

Qué dice Mª Antonia González Valerio sobre la palabra creadora

(Un texto que sirve como presentación del autor para

la Revista 'Leer, interpretar, crear')

 

 

 

 

Un tratado de ficción. Ontología de la mimesis

Introducción (fragmento)

Lenguaje, arte y filosofía

¿Qué quiere decir preguntar por el lenguaje? ¿Desde dónde hemos de asirlo? No hay lugar no lingüístico desde el cual preguntar por el lenguaje, se trata de un círculo consumado. Desde el lenguaje preguntamos entonces por el lenguaje, ¿qué es esa cosa en la que nos movemos y en la que somos? La phrónesis y el sensus communis pueden servir de guía en el camino que abre la pregunta. La crítica nietzscheano-heideggeriana a las pretensiones cientificistas de la filosofía nos guarda de precipitarnos en esa dirección.

El lenguaje no es el sistema de la lengua ni mucho menos las relaciones en el cuadrado semiótico greimasiano, no es la suma de palabras sueltas en el diccionario; el lenguaje es más bien una experiencia, una experiencia cotidiana e innegable en la que vamos siendo. ¿No será entonces necesario comenzar a preguntar por la cotidiana existencia? Esa es la vía corta de Heidegger, según la ha calificado Ricœur, que se desarrolla, sobre todo, en Ser y tiempo. Preguntar por el modo de ser del ser-ahí en la cotidianidad de término medio para encontrar allí el lenguaje como un existenciario. Ese es un camino posible.

También está ya abierto el camino en el que al preguntar por el ser, se halla el lenguaje como manifestación del ser. Otra posibilidad más consiste en invertir el camino, preguntar directamente por el lenguaje para ahí hallar al ser, al mundo y a nosotros en la existencia cotidiana o más allá de ésta. Esa es la vía larga emprendida por Ricœur, que sitúa a la ontología como culminación del proceso, Heidegger y Gadamer la sitúan como el punto de partida.

Tomaré el camino largo de Ricœur para preguntar por el lenguaje. Falta aún una decisión, preguntar por el lenguaje desde el nivel ontológico o bien desde el nivel óntico. Si el lenguaje indiferenciado ontológicamente tiene una función ontológica primordial, la tiene también diferenciado ónticamente. La cuestión radica en el siguiente punto. El lenguaje actúa como espejo del mundo y de nosotros, a eso se refiere Gadamer con la “estructura especulativa del lenguaje” al derivar “especulativo” de speculum-espejo. Por ejemplo, si el lenguaje es histórico y finito, el mundo y nosotros también.

Sabemos ya que al preguntar por el lenguaje preguntamos tam­bién por nosotros y por el mundo, ¿qué sucede si en vez de pregun­tar por el lenguaje indiferenciado ontológicamente, preguntamos por sus diferenciaciones ónticas? Este espejo se diversifica en múl­tiples reflejos, cada manifestación lingüística reflejará una visión del mundo y un modo de estar en el mundo. Es indudable que el mundo no se desoculta igual desde el lenguaje científico que desde el lenguaje poético, y lo mismo sucede con nosotros, podemos ser desocultados como impulsos eléctricos o como alma de profundidad insondable. Una hermenéutica que piense el lenguaje del mito re­velará visiones del mundo y de nosotros diferentes a las de una hermenéutica que piense el lenguaje cotidiano. Por supuesto que esta diversificación opera no sólo así, también lo hace en sentido histórico, cultural, etc., así como en manifestaciones lingüísticas distintas a las verbalizadas.

De la multiplicidad de manifestaciones lingüísticas elegiré ex­clusivamente una: el relato de ficción. Más que ensayar una justifi­cación de la elección (que no sería más que la búsqueda de un matiz teórico para ocultar el juicio de gusto que se esconde detrás de este tipo de elecciones), intentaré mostrar las posibilidades ontológicas que se despliegan en el relato de ficción. Por relato entiendo de primera instancia: “la construcción progresiva, por la mediación de un narrador, de un mundo de acción e interacción humanas, cuyo referente puede ser real o ficcional7 y por relato de ficción, siguien­do a Ricœur, entiendo además de lo anterior una obra literaria ex­presada en términos narrativos y que excluye la poesía lírica y el drama.

Preguntar por el relato de ficción implica justificar el porqué elegir la perspectiva del arte.

La filosofía históricamente ha creado una división, por momen­tos antagónica, entre el arte y la ciencia. Arte y ciencia representan dos modelos de creación y descubrimiento de la realidad (la dialéctica creación-descubrimiento es expresión de Ricœur) que han ope­rado con sus propias reglas y con distintos fines. El surgimiento de la filosofía y su autopostulación como episteme implicó un exilio de las artes del reino de la verdad, condenándolas a “vivir en los arraba­les”, en palabras de María Zambrano. La filosofía necesitaba diferen­ciarse del discurso poético y afirmar su autonomía y soberanía, para ello expulsó a los poetas de la república, devaluó el arte ontológica-mente (a triple distancia del Ser, sentenciaba ya Platón) y epistémicamente, a lo sumo le reconoció verosimilitud, pero no verdad (como lo hace Aristóteles).8

El saber, el único saber, sería la filosofía, la ciencia. El sabio, el virtuoso, el feliz sería el filósofo. Nada estaría más cerca del Ser que la filosofía, las artes serían las puras sombras, las apariencias, el devenir, lo telúrico y la locura (inspirada por las Musas). El arte, particularmente la poesía, sería la expresión de sentimientos, pasiones y apetitos: “la poesía [...] Ciertamente es inmoral. Es inmoral como la carne misma.”9 La filosofía prístina, aséptica, solar, luminosa luz de la razón se elevaría de este sepulcro hacia aquel reino sin devenir, sin finitud y sin muerte, todo colmado de Ser.10

Durante siglos ocupó la filosofía tal lugar privilegiado y reinó sobre Occidente sin conocer rival. El reinado habría de culminar. El surgimiento de las ciencias modernas representaría para la filosofía la pérdida del baremo de la verdad y del discurso verdadero; ésta no decidiría más qué era verdad y qué era mentira. El camino fraguado por la filosofía iba a ser recorrido por las ciencias con mayor segu­ridad y certeza. ¿Qué ha de hacer la filosofía, convertida en castillo de naipes y en arena de debates, frente al avance certero de la física y las matemáticas?, se preguntaba Kant en la Crítica de la razón pura. Emulación del método científico; si la emulación fracasa, en­tonces hay que crear un método propio de las ciencias del espíritu, pero tan válido como el de las ciencias naturales, decía Dilthey un siglo después.11

Finalmente no fue ni la emulación ni la pregunta por el método, como único medio para acceder a la verdad, el medio que encontra­ría la filosofía para redignificarse. Tendría que sacudirse toda y gol­pearse con el martillo nietzscheano, golpear tan fuerte que hiciera cimbrar los pilares del conocimiento, que hiciera cimbrar a la mis­ma razón y sus certezas. Todo se desmorona. Nietzsche duda mejor que Descartes (así lo dice en Voluntad de poder); duda incluso de la razón, de la ciencia, de la verdad, de la certeza: se anuncia, en un frenesí menádico (el hombre frenético del parágrafo 125 de La gaya ciencia) la muerte de Dios.

Si la Tierra había perdido su Sol, ¿qué legitima a la ciencia como el parámetro único y último de la verdad y el conocimiento?, ¿qué legitima al sujeto moderno y su inmaculada razón? (La risa del super­hombre se escucha como eco de estas preguntas, ser ríe de la nostal­gia del fundamento último expresada en el ansia de legitimación).

Ha surgido la crisis de la razón y con ella ha caído el paradigma de la ciencia. Ha habido siempre algo que ha escapado a la seduc­ción de la ciencia y de la razón instrumental y que ésta no pudo apresar, ni calcular, ni predecir, ni reducir a objeto de conocimiento: el arte.

La filosofía voltea a ver el arte y su verdad que no se deja apre­hender en conceptos (como Hegel hubiera querido). Se transfor­ma, así, el paradigma científico en paradigma estético. Sea, pues, la transformación: Hegel y su “grandiosa” estética (en palabras de Gadamer) que reconoce el arte en su historicidad y su verdad como manifestación del espíritu; el movimiento romántico (o revolución romántica en términos de Isaiah Berlin) y su exaltación de la poesía como forma íntima de conocimiento del alma; Nietzsche y sus ins­tintos artísticos –Apolo y Dionisos– y el poder del ser humano como ente primordialmente creador que revela Zaratustra y la voluntad de poder como arte; Heidegger y su habitar poéticamente en esta tierra para hacerla nuestra morada, el lenguaje como casa del ser, siendo que todo arte es poesía y toda poesía es lenguaje, la obra de arte como sitio de acaecer de la verdad; Marx y la escuela de Frankfurt que enarbolan el arte como resistencia y crítica frente al capitalis­mo, que ven en el arte un poder de emancipación; Gadamer y su recuperación de la pregunta por la verdad del arte como punto ini­cial para la fundación de la hermenéutica filosófica, la experiencia del arte como modelo de la experiencia hermenéutica; María Zambrano y su razón poética que es tanto crítica como recuperadora de la tradición racionalista, razón poética como reconocimiento del pro­fundo conocimiento que se encuentra en el arte, particularmente en la literatura; Ricœur y su defensa del poder ontológico de la metáfo­ra y del relato de ficción, más la postulación de la configuración de la identidad personal a partir de la narración, la identidad narrativa.

El paradigma estético ha implicado para la filosofía no sólo la recuperación del estatuto ontológico del arte y de su verdad, sino también la búsqueda en las manifestaciones artísticas de un conoci­miento distinto al de la ciencia. Porque no sólo hemos sido sujetos de conocimiento, también hemos sido creadores de sueños y espe­ranzas que han sido plasmados con toda su fuerza en el arte.

El arte se ha convertido, así, en una de las vías privilegiadas para que la filosofía transite tras la crisis de la razón. Esta vía le ha permitido a la filosofía re-pensarse y también re-fundarse.

                                                              Texto completo. Introducción del libro

María Antonia González Valerio

Un tratado de ficción. Ontología de la mimesis.

Ed. Herder. México, 2010.

Introducción

 

 

 

 

 

 

 
 
 

De-Lectio

Revista de Filosofía, Literatura y Estética

Lugar de edición: Granada

Editada por el Grupo de Investigación: Leer, interpretar, crear

(compuesto por los autores del consejo de dirección-redacción de la Revista)

 

___________________________________________________________________________________________

Editora:

Mercedes Laguna González