De-Lectio. Revista de filosofía, literatura y estética. ISSN: 2445-0316 
 

 

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Rosa María Aradra Sánchez

UNED. Dpto de Literatura española y Teoría de la Literatura

 

Qué dice Rosa Mª Aradra sobre la palabra creadora

Un texto que sirve como presentación del autor para

la Revista De-Lectio

 

 

 

 

 

La recepción de Cicerón en la teoría retórica del siglo XVIII

[…] La España del XVIII tuvo fácil acceso al Cicerón de las epístolas y discursos, pero no sucedió así con su obra retórica. Es más, las pocas referencias localizadas fueron traducciones del latín al francés. De hecho, será a Menéndez Pelayo a quien debamos en las últimas décadas del XIX la traducción de todas las obras retóricas del Arpinate como parte de sus Obras completas. Anterior a su traducción, el polígrafo santanderino mencionó tan solo la traducción parcial de Alonso de Cartagena y la de Enrique de Villena, perdida. Este dato no evitó, sin embargo, que Cicerón fuera el modelo por ex­celencia de la retórica del Setecientos y la autoridad más citada en la gran ma­yoría de las obras.

Durante buena parte del siglo XVIII la retórica española se caracterizó por la sostenida conjunción de intereses clásicos y nacionales magníficamente re­presentada e impulsada por Mayans y Siscar. Pero, ¿qué ocurrió con el resto de la producción retórica?

Es curioso que en el escueto panorama teórico de la primera mitad del XVIII sobresalga la traducción de una retórica italiana de corte marcadamente ciceroniano. Nos referimos al Compendio de retórica (1748-49) del predicador, retórico y jurista italiano Giovanni Angelo Serra, conocido en España como Fr. Juan Ángel Cesena, que fue traducido al español por el fraile mercedario Raimundo José Rebollida. El texto italiano, que gozó de gran popularidad y contó con numerosas ediciones a lo largo del siglo (ARADRA 1997: 184-85), ofrecía un detallado panorama de la retórica clásica, con especial atención a Cicerón. Fragmentos de sus obras ilustraban las distintas figuras retóricas y otros aspec­tos del discurso, además de servir de soporte teórico de primer orden, y todas las afirmaciones teóricas, que atendían también a la oratoria religiosa, iban acom­pañadas de ejemplos de autores clásicos en latín. Por eso, tras la explicación de algunos artificios oratorios de Cicerón daba algunas orientaciones para los pre­dicadores que quisieran utilizar sus reglas en los sermones.

En este sentido, uno de los aspectos fundamentales de esta obra fue la im­portancia de la autoridad ciceroniana en la articulación global del tratado, au­téntico modelo en el uso de los ornamentos del lenguaje y referencia indiscuti­ble en el concepto amplio de elocuencia de la época. En las primeras páginas se dejaba muy claro que calificar de "elocuente" a Cicerón tenía un significado mucho más lato que el que algunos pretendían, ya que no tenía que ver solo con las "mezquinissimas doctrinas que se enseñan en la Elocucion", sino que afec­taba con más razón a las otras dos partes: la invención y la disposición (CESENA 1748-49: I, 14-15). Cicerón era el referente de la verdadera elocuencia, de tal manera que, como pensaba Quintiliano, cualquiera que se dedicara al arte de la oratoria sabría que había aprovechado su estudio cuando comenzara "a entender y saborearse en Ciceron, y gustar mucho de él" (CESENA 1748-49: I, 272). No extraña, por tanto, que en el conjunto de la obra Cicerón fuera la máxima auto­ridad, seguido por el P. Señeri, y que quedaran muy por debajo Aristóteles, Quintiliano y Demóstenes.

La decadencia de una retórica conceptista y elocutiva, restrictiva en el sen­tido más limitado de la retórica barroca, vio en estos estadios del XVIII cómo desde la influencia del racionalismo cartesiano la invención y la disposición re­cibieron un nuevo impulso en el marco general del constructo oratorio. Pero también desde la integración de res y verba, de fondo y forma, característica de la doctrina retórica ciceroniana. La insistencia en una fundamentación lógico-ra­cional de la disciplina, la crítica a la degeneración de los métodos escolásticos, el  peso creciente del ejemplo —literario y oratorio— como procedimiento prácti­co de aprendizaje, o su progresiva castellanización, fueron algunos de los as­pectos que marcaron la historia de la retórica en esta época que deben ponerse en relación con las recepciones internas que la articulan.

Siguiendo esta línea, tal vez una de las declaraciones más contundentes a la hora de recomendar a Cicerón sea la de un gran admirador de Cesena. Nos referimos a Leonardo Soler de Cornellá, catedrático de Filosofía y Teología ali­cantino, para quien el restablecimiento del antiguo esplendor de la oratoria pa­saba necesariamente por la restitución de Cicerón como modelo, no sólo en la práctica oratoria, sino también teórica. Así se desprende del seguimiento que hizo de las ideas del teórico latino a lo largo de su extenso Aparato de elocuencia (1788-90), seis volúmenes que reunían lo más relevante en oratoria sa­grada. Desde su admiración hacia Cicerón, el magisterio de Cesena le hizo primar su atención a la invención y a la disposición como partes fundamentales de la retórica, frente a la elocución, relegada a un segundo plano.

Cicerón y la retórica escolar

En el contexto didáctico cada vez más orientado a los niveles inferiores en el que se desarrolla el grueso de la producción retórica dieciochista, la imbricación de los estudios retóricos en los de Latinidad y Primeras Letras afianzó sobremanera las deudas de estos materiales escolares con los textos de Cicerón, Quintiliano o Aristóteles, en menor medida, a los que se recurrió constantemente, y en muchas ocasiones de manera literal. Es lo que sucedió en la segunda mitad del XVIII en las retóricas de Pabón Guerrero (1764), Saiz (1766), o Martínez Jordá (1788), entre otros.

[……….]

 PARA FINALIZAR

A lo largo de estas páginas hemos intentado acercarnos a la recepción de Cicerón como aportación a una historia de la recepción retórica pendiente por hacer en la actualidad, en la que es fundamental un conocimiento riguroso de las fuentes. El estudio de una de las figuras más asentadas en la tradición retórica como es el caso de Cicerón, nos ha permitido centrarnos no tanto en el proceso de instauración de un canon, sino en los cauces de su mantenimiento y de su prolongación institucional, de tanto o mayor interés teórico.

Como hemos visto, la escasez de traducciones al castellano de la obra retórica de Cicerón no eximió de su conocimiento, aunque sí lo condicionó por la necesidad de recurrir a las fuentes originales latinas o a ediciones foráneas y secundarias, mientras su producción oratoria alcazaba una mayor difusión. Fue precisamente la enseñanza de las humanidades la que justificó en buena medida la reedición de traducciones áureas que cubrieron parte del vacío existente, y muchas de estas ediciones, que fueron a su vez selección y compendio de obras más completas, sirvieron para poner al alcance de preceptistas y profesores un corpus oratorio especialmente rentable. La prolongación de Cicerón como referente teórico y oratorio vino de la mano de ese otro rescate de los humanistas españoles del XVI, que desde las tempranas reivindicaciones del joven Mayans se materializó en una sólida política editorial de difusión de estas fuentes, deudoras directas de la clasicidad.

El repaso de la retórica escolar de la segunda mitad del XVIII ha mostrado cómo las obras de Cicerón fueron un recurso muy socorrido, que sirvió tanto para las clases de retórica y gramática latina, como para su ejercitación a través de la traducción y la imitación en los niveles más elementales. De ahí que consolidara su influencia en un contexto de creciente castellanización de la enseñanza. Traducción e imitación fueron los dos ejercicios, los dos medios principales de la estética neoclásica que potenciaron su difusión. Los dos podían entenderse desde los planteamientos más elementales a los más elaborados.

Por otra parte, las ventajas de su prosa sencilla y clara para los niveles educativos más elementales, favoreció su prolongación desde una estética que reclamaba la virtud de la claridad, la naturalidad, el equilibrio y la interdisciplinariedad como valores nucleares. Aunque no olvidara una atención importante a los aspectos persuasivos de la elocución y de la compositio, Cicerón sirvió de referente interesado a quienes reclamaron la prioridad de los componentes conceptuales y estructurales del discurso (inventio y dispositio) frente al protagonismo concedido por la retórica barroca a la elocutio. Así lo hemos comprobado en Cesena o en Soler de Cornellá. Fuera de estos casos, el equilibrio entre res y verba que reclama en sus escritos fue asumido de manera generalizada.

Capitaneando las referencias clásicas de buena parte de los tratados de retórica publicados en España durante el siglo XVIII, su atención disminuyó en la misma medida en que creció la atención a las fuentes modernas y foráneas en particular, como es evidente en las Lecciones de Blair, de la misma manera que se incidió en matices diferentes de su producción oratoria. Son significativos los paralelismos que proliferaron entre Demóstenes y Cicerón y cómo determinados rasgos del primero prevalecieron en los incipientes cambios prerrománticos. El estudio de la recepción de Cicerón corrobora en qué medida cada época hace su lectura de la tradición y rescata los valores que mejor responden a sus demandas estéticas e institucionales.

Al lado queda la lectura ideológica que hizo la Ilustración de su vida y obra, su correspondencia con el ideal de hombre público y hombre de letras, que exigiría un estudio aparte.

 

Rosa Mª Aradra Sánchez

 

"Cicerón ilustrado.

La recepción de su obra en la retórica español del siglo XVIII".

Revista de Estudios Latinos, 11, 2011, 185-205

 

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Lugar de edición: Granada

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(compuesto por los autores del consejo de dirección-redacción de la Revista)

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